domingo, 30 de mayo de 2010

Amigos no perecederos


María Carolina
Nos quisimos con todo el corazón.
Vivíamos en casas lindantes y, desde la infancia, solíamos optar por juegos muy diferentes. Ella con las tacitas y todo lo que la convirtiera en una excelente anfitriona y ama de casa. Según las opciones, yo podía elegir muñecas, rompecabezas, disfraces o libros de cuentos. En la variedad está el gusto, dicen.
En la adolescencia, ella eligió al primer rubio de ojos claros que la sedujo con su pose artificial de príncipe azul, tipo película de Disney. Se llevó al más lindo del colegio. Yo, fiel a mi proceder, caía siempre en las redes de los más verseros y fabuladores, y no me decidía por ninguno. Pero siempre, ella estaba ahí, dispuesta a acompañarme y demostrándome lo distintas que éramos.
Apenas habíamos pasado el umbral de los veinte, cuando un día Daniela golpeó la puerta de casa. Escuché que preguntaba por mí. Apenas me vio largó la noticia que venía a traerme: “me caso el mes que viene”.
Ya no vivimos en casas pegadas pero la suelo cruzar. La veo venir con el changuito del súper, con los hijitos a ambos lados (rubios y carilindos como sus padres), desarreglada y sin el brillo que siempre irradió. Cuando me ve venir, ensaya su mejor sonrisa de madre de familia feliz. Y yo jamás dejo de sorprenderme ni alcanzo a comprender como pudo ser tan tonta de pensar que la vida era como jugar con las tacitas de té.


María Julia
Entré y la ví; estaba sentada en un rincón con su pantalón escocés rojo y negro; arriba tenía una remerita oscura de mangas largas y en los pies sus inconfundibles zapatillas de colores.
Con la cabeza apoyada en la pared y la mirada media perdida, daba una ojeada a los que entraban por la puerta. Aunque no aparentaba sus casi 33 años hoy, más flaca que nunca, parecía que la vida se le caía encima.
Me acerqué despacio y sólo atiné a abrazarla; no había palabra que pudiera calmar el dolor que tenía y no había forma en la que yo pudiera expresar cuanto lo sentía.
Ella, para hacerme más grato ese momento, me dijo tranquila: -Pensar que el domingo hacíamos planes para salir hoy, a conocer hombres.
Yo sólo pude sonreír y agarrarle más fuerte la mano; no me salían las palabras y el nudo que tenía en la garganta empezaba a aumentar sus dimensiones.
Quería gritar que no era justo, quería poder cargar yo con un poco de todo ese dolor, quería encontrar las palabras justas que calmaran su llanto. Pero sólo pude quedarme ahí, abrazándola y diciéndole que la quería.


María del Pilar
Pueden pasar meses sin vernos. Semanas sin contactarnos, días enteros sin saber nada uno del otro. Nuestras conversaciones en el chat son efímeras, casi frías, en las cuales yo hablo y hablo, y él solo atina a escribir si, no, ja, ups. Siempre fue monosilábico y sacarle una risa es cuestión de estado.
Cuando viene a casa de visitas pasa lo mismo. Yo le cuento vida y obra de los ex compañeros, los vecinos, los conocidos. Él me mira, a veces se sonríe, casi siempre opina distinto, pero prefiere suspirar fuerte y seguir tomando el mate, o concentrarse en el tablero de ajedrez.
Hace años que no nos abrazamos. Es más, creo que nunca lo hicimos. Es raro que nos saludemos con un beso o nos digamos cuántos nos extrañábamos.
Nuestros hijos se llevan mal. Huerto odia que Augusto escuche sus Cds cuando ella no está, y todo el tiempo le recuerda lo molesto que es. Él no le hace caso y sube el volumen al máximo.
Yo me preocupo, no quiero que se peleen, pero después entiendo que la genética es más fuerte que todo.
Cuando estoy con él, me cuestiono cómo una persona que nada tiene que ver conmigo pueda ser a la vez quien más me conozca. Soy vulnerable a su mirada, y él se da cuenta que sus ojos son capaces de convencerme para que cambie cualquiera de mis decisiones. Pero yo sé también que soy una de las mujeres que más lo ha bancado durante 30 años, que aunque se crea autosuficiente me tiene más en cuenta que a muchos, y a pesar de que nunca lo va a reconocer, yo soy su verdadera amiga del alma. Y él es, obvio, mi otro yo.


María Albertina
Alfajor mixto, nos decían. Y no nos importaba, en especial porque era cierto, una blanca, otra negra y todo el tiempo pegoteadas. Juntas, elegimos a qué secundario ir, nos aseguramos de formar parte de la misma división, y llegamos el primer día mutuamente asustadas por los nervios de la otra.
Estaba convencida de que era mi amiga del alma. El espejo en donde podría mirarme toda la vida, y esperar una respuesta sincera.
Pero algo cambió en el camino. Cinco años es demasiado cuando cada día es imprevisible. Y así fue mi adolescencia. En algún cruce de rutas, empezamos a pensar diferente, a querer diferente, a reír por cosas distintas. El cariño estaba, pero algo comenzó a faltar.
Yo me negué a creerlo, pretendí por todos los medios retomar, aceptarnos a pesar del cambio, conocerla de nuevo. Pero resulta que ella no. Nunca entendió que mis ideales fueran otros, que mis sueños habían crecido conmigo y mi objetivo ya no era sólo Bariloche, o que mi futuro no se colmaba con un marido y tres hijitos.
Cuando le avisé que me iba a estudiar, me planteó, serena: “Bueno, veo que la escuela terminó. Fue lindo. Ojalá nos volvamos a ver”.
Me dejó anclada a mitad de la vereda y se largó. Siquiera un abrazo. Mientras yo, sorprendida hasta la médula, repasaba palabra a palabra ese cierre impostado que, hasta entonces, no me atreví a pensar de forma contundente.


María Guadalupe
Cuando levanté la vista encontré sus ojos inundados de esas venitas rojas. Esas que asoman cuando uno hace mucha fuerza por tragarse la tristeza. Cerca. Estaba pálida y le temblaba la pera. Apretaba algo entre sus manos, quizá un rosario o un racimo de santos. Ni siquiera amagó a sonreírme. Sabía que semejante esfuerzo no valía la pena.
Cerca. En ese instante en que uno no piensa, ni siente otra cosa que no sea dolor, ni es capaz de registrar en la mente lo que está viviendo... en ese instante yo lo supe.
Y por eso lo recuerdo.
Ella estaba siempre cerca. Lucía mi amiga del alma.
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domingo, 23 de mayo de 2010

Historias condimentadas: mi suegra y yo

María Julia
-Ay Julia, decí que te encuentro –me dijo, y yo ya sabía que era Ana con alguno de los problemas que le genera su suegra. Y así fue, casi una hora al teléfono escuchándola quejarse de la madre de su esposo, y aunque no me molestaba, el tema me hizo recordar lo que más odiaba de las suegras que tuve a lo largo de mis relaciones.
Sin ninguna duda el primer lugar se lo lleva “la comida de mi suegra” o mejor dicho de la que en ese momento lo era.
No se porqué, pero pareciera que este tema y todo lo que tiene que ver con la cocina, les sirve a las madres como excusa para martillar con preguntas a la mujer que trae a comer su hijo. Desde las "más inocentes" como: ¿Sabés cocinar; porque mi hijo es de buen comer? Hasta esas otras que vienen acompañadas de miradas indiscretas que intentan analizarte por lo que comés y cómo lo hacés.
Así, de una relación a otra, lo que siempre me molestó son éstas mujeres y su fetiche con la cocina. No saben estas madres adorables que existe la liberación femenina; que hoy estudiamos, trabajamos, vivimos solas, y eso nos identifica, no lo bien o mal que cocinamos.
Pese a mis ganas de formar un grupo de facebook, para todas las que como yo detestamos las comidas con las suegras, el reclamo de: ¿Qué hago? de mi amiga, me hizo bajar un cambio y con la voz más dulce que pude hacer, sólo atine a decirle: Tranqui Ana, a todas nos molesta algo de las suegras; pero en el fondo siempre tiene atributos que nos hace quererlas…

María Albertina

Me bastó una sola lección para aprender que nunca más. Ahora, antes de salir, mastico cualquier cosa que haya aterrizado en mi heladera y voy con la panza llena. Así el olor a carne recién horneada no se convierte en un estímulo cercano a la tortura. Así, puedo ver sin lágrimas en los ojos como toman ese corte de lomo –crujiente al morder pero suave al tragar, en el punto justo para producir a quien fuere un ataque de canibalismo- y lo rocían con salsa del más puro chocolate.
La primer navidad que me tocó tragar el tradicional plato festivo de mi suegra, me sentí como quien come el pimiento más picante del mundo. Lloré. Tras una sonrisa a puro compromiso, mi cuerpo y mi lengua se negaron a aceptar. Unas lágrimas discretas –y saladas, siempre bien saladas- me devolvieron la cordura. No iba a ser partícipe de semejante atrocidad. O me plantaba o la próxima no aceptarían un no ante el arroz con leche.
Justo ahí, cuando mi cerebro se acercaba al momento crucial donde la decisión se vuelve una ley personal, una verdad irrevocable, ella, la cocinera, abrió los ojos ante mi plato todavía lleno y arguyó un cómo está todo querida. Y yo, caradura desde que tengo memoria, cometí entonces el error fatal: miré de reojo a mi noviecito recién estrenado y no pude decepcionarlo. Refloté lo mejor de mi hipocresía, arguyé que sí, sí, todo está re rico y sufrí hasta el último bocado.

María Carolina

Fueron cinco meses, largos e intensos, de noviazgo con Sebastián. Ya sé. Cualquiera diría que fue poco tiempo pero con Seba todo era intenso, al punto de sentir que la emoción te quitaba el oxígeno, o no era. Así de sencillo.
Lo conocí por casualidad y todo fue muy rápido. Tanto, que antes del tercer mes yo me estaba probando mi vestido de florcitas lilas para ir a comer a lo de su mamá. Una locura.
En ese momento no pensé que fuese grave: “María Carolina, parece que esta vez vas a tener suerte con los hombres”, me dije. Este pibe me estaba llevando a lo de su mamá, hacía poco que salíamos y todo venía bien. Hasta que ese domingo conocí a Elba.
Adoro la comida y no es ninguna novedad. Mi listado de cosas que no me gustan o me caen muy mal apenas debe llegar a 15. Elba era prodigiosa en la cocina: no sé cómo, pero siempre lograba reunir al menos cinco de ellas en un mismo plato. Imposible convencerla de mi sufrimiento.
Juntaba el ajo, la pimienta negra y el puré de tomate, con la cebolla de verdeo y el hígado: el resultado era mi cara lista para ser mostrada en un programa de rarezas. O armonizaba el puré de tomate con unos aritos de cebolla fritos, lo que me empujaba a mudarme al baño y volverme adicta al Sertal durante una semana.
Inevitable compararla con Yiya Murano. Hasta a Sebastián logró convencer de que lo mío era una total exageración. Y sus platos marcaron el camino hacia el fin de nuestra relación.


María del Pilar
Era un placer verla a esa señora con sus tacos aguja, sus labios pasionalmente rojos, sus collares de perlas y las pulseras a tono. Así de aggiornada los jueves a la noche amasaba una especie de pasta italiana a la que no le faltaba nada. Tomillo, albahaca, hierbas exóticas...todo en un solo y delicioso plato.
La cena de los jueves lograba aplacar el mal humor, las discusiones, los reproches. Nos sentábamos a la mesa y nos disponíamos a disfrutar.
Esa señora fue por mucho tiempo el único sostén emocional de algo que se caía a pedazos. Y en sus comidas se materializaba el amor que sentía por nosotros, sobre todo por su nieta. Disfrutaba al vernos saborear sus tartas de manzana, nos envolvía el alma con el aroma de los tomates recién cortados de la huerta y sus masitas de amoníaco eran una verdadera obra de arte.
El día que la sepultamos todos supimos en el fondo que con ella se iba la poca unión familiar que nos quedaba. Que sus recetas se llevaban algo más que los secretos de la salsa rosa.
A partir de ese momento solté la mano de su hijo, me aferré a su nieta que amamos todos y dejé de comer pastas italianas.

María Guadalupe
La culpa es mía. Por callarme la boca, por darle el gusto, por esa cosa estúpida de querer encajar siempre. No me gusta cocinar y no está mal. ¿O acaso las mujeres nacemos con un manual de cocina incorporado? Parecería natural. Y no lo es. Yo detesto la gastronomía como otras se fastidian con la filosofía.
Así que me tendría que haber importado un comino si la madre de él rehogaba las cebollas con manteca, si le ponía dos hojitas de laurel a la salsa o si pasaba dos veces por huevo las milanesas. Un comino. Pero no. Yo le decía “bueno, mi vida” y trataba de que la comida me saliera igualita a la de mi suegra.
Un esfuerzo inútil que como genial recompensa tenía un: “bastante parecidas te salieron las milanesas”. Era el colmo que él se encargara de hacer de su madre una figura molesta, porque en verdad Rosa era una buena tipa, de esas que no se meten, que no opinan.
Pero él insistía con la comida. Y hacía de la cocina un lugar insoportable donde el cordón umbilical jamás se desprendía. Que mi mamá repulga así, que las papas fritas esas las cortaste muy gruesas, que en mi casa al puré le poníamos queso rallado, que... que si no te callás te voy a partir la cacerola por la cabeza, le dije ayer. Y le solté la puteada esa que incluye a la santa que lo parió -aunque después me arrepentí.
Pero la culpa es mía: no por no saber cocinar sino porque una jamás debe permitir que la comparen con la suegra, porque de antemano esa batalla siempre está perdida. Y una se siente al horno con papas.
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domingo, 16 de mayo de 2010

La peste viene en frasco chico


María Guadalupe
Mamá me había hecho acordar a los cazafantasmas. Sólo le faltaba el mameluco, pero el recuerdo de hoy llega hasta con la musiquita de ese dibujito animado. Estaba con toda la artillería en la mano, lista para actuar.
Quizá le gustaban esas batallas difíciles. Era como una guerra personal donde se liberaba. Esa tarde de marzo fuimos al patio, porque con la luz del sol el enemigo se veía mejor. Y ella aplicó loción, un peinecito que tiraba los pelos hasta arrancar el grito y la botella de vinagre que usaba para cocinar.
Untó la mezcla sobre mi cabeza con guantes de goma color amarillo y luego me envolvió el mejunje con una bolsa de residuos. Esperamos 30 minutos, lo que fue una barbaridad de tiempo: sentía que el cuero cabelludo estaba en carne viva.
Al otro día cuando fui a la escuela con una colita atada -basta de pelo suelto- todavía emanaba un olorcito agrio que mejor ni les cuento. Y el pelo había quedado opaco, grasoso, como si llevara una semana sin lavar.
Todos se dieron cuenta y por unas cuantas semanas me dijeron piojosa.
- Me prestás el lápiz, Piojosa.
- ¿Hiciste la tarea, Piojosa?
- Hoy te lavaste el pelo, Piojosa.
A los 8 años los niños suelen ser más crueles de lo que uno se imagina. Mamá con su filosofía cristiana, me dijo que los perdone, que no sabían lo que decían. Pero excepto el detalle de que esa tarde de sol habíamos combatido 46 piojos, ellos sí sabían.
Desde entonces cada vez que se habla de estos bichos, a mí me pica la cabeza. Es más: ahora, mientras escribo, no me puedo dejar de rascar.


María Julia
No hay peor cosa que un mosquito dando vuelta por tu cabeza en plena madrugada. Justo en el momento en el que vos te disponías placidamente a descansar, ellos aparecen para hacer de tu noche algo parecido a las pesadillas con Freddy Kruger. Es que no sólo debemos soportar su zumbido molesto, sino que también tenemos que cargar al otro día con las ronchas que te dejan, tratando de succionarte un poco de sangre mientras uno pretende a duras penas conciliar el sueño.
Y eso fue lo peor que me pudo hacer uno de estos bichos molestos.
Era pleno enero y yo me preparaba para el encuentro con mis ex compañeros de la secundaria. Tenía pensado en todo lo todo lo que hiciera falta para estar esplendida esa noche. Ya había elegido el vestido rojo que mejor mostraba mis piernas; me había depilado con lujo de detalle, había comprado ropa interior de encaje y un perfume importado, había practicado varias veces el peinado (ni tan armado ni tan desprolijo, cosa que pareciera natural), ya estaba bronceada y lo único que me faltaba era descansar bien para no tener cara de cansada a la noche.
Así de entusiasmada me fui a dormir una siesta; pero para mi desgracia ésta terminó en tragedia. Y a la noche tuve que cargar de maquillaje mi cara para disimular la enorme roncha que el mal parido mosquito me dejó, en medio de la frente.


María Albertina
Son crujientes y puntuales. No pican, no huelen, no alteran el sabor. Están ahí. Caminan en el corazón del pan. Ensucian el azúcar. Y últimamente, he llegado a encontrarlas en la sal, el orégano y hasta muertas de frío en los estantes bajos de la heladera, coladas a través de la goma reseca que sella la Siam que supo ser de la nona.
Sé que llega el verano porque ellas me invaden, en hilera perfecta salen de entre los zócalos y van sin error a la alacena. Aunque me tome el trabajo -y lo he hecho- de cambiarla de lugar.
No respetan repelentes, esquivan todo tipo de polvos y se reproducen hasta en mis sueños. Por ecologista, estoy en contra de más de la mitad de los productos que se usan para eliminar estos bichos molestos, la mayoría son aerosoles que atentan con el aire limpio o veneno para plantas y pulmones, pero, tengo que admitirlo, los he probado a todos. Y lo único que obtuve fue culpa.


María Carolina
Ese verano habían tomado mi hogar. Había una gran invasión, y los malditos bichos cantores se sentían los dueños de la casa.
Teníamos un patio enorme, en el que por las noches se armaban eternas fiestas de grillos. Los benditos bichos, fieles a sus hábitos nocturnos, se la pasaban de joda. Con el amanecer, algún trasnochado quedaba allí como muestra de que la noche había estado sensacional. ¿Tendría resaca?
En la entrada a casa, limpia a más no poder, oficiaban de recepcionistas. Pasadas las siete de la tarde, el lugar se cubría de música ambiental. Todo muy lindo, si no fuera porque el sonido se volvía insoportable después de pasados 15 minutos.
Temí que comieran mi ropa, que arruinaran mis libros y mis muebles. Los odié. Y no hubo forma de echarlos. Hasta llegamos a sufrir un principio de intoxicación de tanto insecticida que utilizamos.
Y nada.
Día tras día, seguían ahí. Por la mañana barríamos cadáveres de grillos, por la noche escuchábamos el concierto aterrador. ¡Malditos grillos!


María del Pilar
Mi terapia alternativa preferida para las deprimentes tardes de domingo es lavar el auto. Me encanta usar mis jeans viejos, las zapatillas más harapientas, atarme un pañuelo en la cabeza y frotar incesantemente cada uno de los rincones de mi querido coche. Lustro las ópticas hasta dejarlas espejadas, el tapizado del asiento que reluzca y que después de tanto trabajo todo huela a limpio y encerado.
Es un gusto verlo brillar, aunque confieso que hay ciertas partes a las que prefiero ni rozar. Particularmente mi bronca es contra esos bichitos casi invisibles que se van pegando a diario en el paragolpes delantero y el parabrisas. Sumado a las mariposas enredadas en la parrilla. Porque verlas volar por el cielo azul es divino, pero cuando se pegan a tu auto, las empezás a odiar.
Y el resto del mini zoo silvestre, alimento de sapos, se complota para hacer de un lavado de auto placentero la peor de las torturas. No hay cepillo de cerda suave que pueda combatir los rastros de estos animalejos. La única receta es frotar con paciencia para que ningún alita arruine el vidrio y que los plásticos no se tiñan de negro y naranja. Además de rogar que no se nos rompa la uña por culpa de rascar sin parar para dejar todo impecable.
Son 3 horas dominicales dedicadas a combatir a esos seres que, solos no hacen notar su presencia, pero en grupo y en mi auto son verdaderamente molestos.
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domingo, 9 de mayo de 2010

Tiempos de sexo seguro


María del Pilar
La cara de espanto de mi pobre suegra cuando, en una de esas charlas inducidas obligatoriamente al tema sexual, le comenté que Miguel no era el “primer hombre” de mi vida. Fue una de las pocas veces que discutí con ella. Pasa que Gloria en ese tema era terriblemente ancestral. No admitía las relaciones antes del matrimonio, y menos aún tratándose de la futura esposa de su creación más preciada, su hijo. Cómo si él también llegara a mi cuerpo libre de culpa y cargo. Ja.
En ese momento opté por no comentarle que hacía varios años ya que tomaba anticonceptivos, que conocía todas las marcas y los secretos de estas benditas pastillas, como así también la variedad de profilácticos que se comercializaban en aquella época. Su nuera no era de las más santas, y eso era para ella un trago difícil de asimilar.
Hoy, 16 años después, sentada junto a mi hija en la sala de espera, aguardando impaciente su primera consulta ginecológica, más que nunca recuerdo cada palabra de Gloria. Entiendo sus cuestionamientos y su visión ortodoxa, pero también sé que las cosas ya no funcionan como hace 30 años atrás.
A veces antes de negarnos a ver la realidad, lo ideal es acoplarse a ella asumiendo que los chicos crecen y que un inicio sexual responsable es lo mejor que les puede pasar. Es nuestra responsabilidad como padres, aunque a veces los miedos no nos dejen ver más allá.


María Guadalupe
Escuchame una cosita: ¿vos me hablás en serio? No, yo no te puedo creer. ¿Qué debería hacer qué? Ni loca. ¿Cómo? Y bue... así te fue. Sí claro, los buscaste a todos. A los cinco. Ajá. Pero qué divino esto de la planificación familiar. Me imagino.
O sea que la idea es que me fije si parece clara de huevo, si tiene olorcito a lavandina, si se estira como chicle. Lindo se pone el flujo al momento de la fertilidad. Sí, entiendo... esos días no. Nada de sexo. ¿Le explicaste a tu hijo que funciona así suegrita? Y no, cómo se lo ibas a decir vos... ¿También? Divino: meterse un termómetro allá bajo para tomarse el calor vaginal. Qué loco, creí que era al revés. O sea que si la cosa está que arde sí se puede. Qué ironía.
Sí, las pastillas anticonceptivas envenenan el cuerpo. ¿Y los forros? Bueno... los preservativos, si sabés de qué hablamos Rosa... Ajá, me olvidaba que la Iglesia no está de acuerdo. Cierto.
Y decime Rosita: ¿el método Billings también evita las enfermedades de transmisión sexual? ¿El sida? No... Bingo que no.
¿Que yo qué? Mirá, me importa un comino ser mujer de un solo hombre. Un comino. Y en todo caso que Dios me perdone. Así que ¿sabés que voy a hacer con tus consejos suegrita? Me los voy a meter en el mismo lugar donde vos te zampas el termómetro.


María Julia
-“¡Cómo que no tenés forro!!!” Fue la última palabra que escucho de mí.
-“¿Y vos no te cuidás con pastillas?” Fue lo último que escuche de él.
Tras la exclamación y la pregunta, sólo se vio mi mano arrojándole su ropa y luego de un silencio se escuchó el ruido que hizo la puerta cuando la abrí y con mala cara lo invité a que se fuera de mi casa.
Ya estaba cansada, era la gota que rebalsaba el vaso y lo peor: ¡era la tercer vez que me pasaba!
No sé por qué; pero parecía que había algo con mis conquistas de menos de treinta. Tenían como lema: vos cuídate, así yo disfruto más. Y con esa excusa no sólo no tenían nunca un preservativo a mano; si no que mucho peor, imponían sus ideas retrógradas y machistas de que es la mujer la que debe cargar con el trabajo de utilizar los métodos anticonceptivos.
Lo más triste es que había optado por buscar en el género opuesto, a los que les faltan unos años para llegar a los 30. Me parecían que se esforzaban más por tener una actuación impecable; sin embargo sus ignorancias alimentaban su machismo.
Así fue, que terminé la noche de un sábado, que había empezado muy bien, sola en la cama: envuelta en una frazada, con una buena taza de té, unas medialunas dulces y viendo en Cinecanal por tercera vez: Orgullo y Prejuicio.


María Albertina
Uno no piensa en esas cosas. Hasta que la idea llega prendida en la viveza de algún compañerito de escuela. Cuando la pregunta se hizo presente, mamá me engañó de tal forma que a mi orgullo no le quedaron dudas. Mis hermanas y yo nacimos porque mis papás nos desearon con todo el corazón. Punto. Final de la historia.
Por lo menos hasta los 13, tal vez 14, cuando la respuesta ya no alcanzó. Ahí vino la charla sobre sexo, con todos los condimentos metafóricos que los padres conservadores usan para no pronunciar palabras como pene.
Entendí la mitad. Alguien me prestó "De donde venimos" y me salvó del mundo de figurativos donde me habían dejado.
Con el tiempo aprendí. Entonces me pregunté cómo carajo, en la época donde el anticonceptivo no era accesible y el forro no lo compraban los hombres decentes, mis padres habían hecho para decidir tener tres, y sólo tres hijas.
La duda se me quedó atragantada entre la vergüenza y el deseo de saber. Junté coraje y le pregunté a una de las primas mayores. Dijo algo de ligadura de trompas y huyó como si me salieran arañas por la boca.
Todavía hoy, no pude hablar del tema. Pero alguna vez me voy a animar. Te amo mamá, le voy a decir, y te admiro por ser valiente y optar por una medida sin vueltas atrás. No me importa si te movió el cansancio o la economía familiar. Fué. Y yo te quiero todavía más por la osadía de actuar en una época donde planificar la vida, casi casi, que era un crimen.


María Carolina
Me enloquecí buscándola. Creí que iba a perder la última gota de razón que me quedaba y que nunca, nunca –pero nunca– iba a volver a estar en un lugar tan cercano a la locura.
Levanté y coloqué en otro lugar de mi habitación la mesa de la luz. Sólo había alguna que otra pelusa. Nada más.
Debajo de mi cama tampoco había rastros. Corrí la silla que estaba junto al escritorio y nada. Desesperada, me fui a buscar el escobillón y, al mejor estilo detector de metales, repasé toda la pieza. ¡No podía creer que no apareciera!
Si, era pequeñita, fácil de esconderse… ¡pero no podía ser que no la encontrara! Tenía una pastillita de menos de 5 milímetros de diámetro ocultos en algún lugar de mi habitación que me estaba volviendo loca.
Y es que culpa de ella, de la del día 4, tuve que salir de mi casa a medianoche en busca de alguna farmacia de turno que me provea de una nueva caja. No sé si se trató de duendes, de enanos, del azar o vaya a saber qué maldición: la cuestión es que en mi intento de desprenderla del blister, la maldita pastilla anticonceptiva se largó por el aire… y desapareció. Justo a mí, una neurótica que respeta cada día, con puntualidad suiza, el horario de toma.
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domingo, 2 de mayo de 2010

Odio, divino placer


María Julia
Bueno dale, nos escribimos... suerte y nos estamos viendo –le dije y empecé a caminar, aunque mis piernas me pedían a gritos que corriera. Es que por más que lo intentara no había caso, lo seguía odiando; desde aquel día en que Esteban me lo presentó como su mejor amigo.
Era obstinado, cabeza dura, machista y no le funcionaban dos neuronas juntas, pero para mi desgracia era “el” amigo de la persona con la que en ese momento salía. Y aunque ya lo había intentado varias veces, no había boicot que los separara.
No tenía ninguna cualidad que me agradara, pero lo que más me molestaba eran esas tontas escenas de celo que le hacía a Esteban (en esa época) por pasar el fin de semana conmigo. ¡Y claro! Él estaba sólo como un hongo, quién le iba a dar bola a un pesado celoso de 27 años; por lo que yo cargaba con la cruz de aguantarme su compañía algún día de la semana.
Esa tarde cuando lo vi no podía sacarme de la cabeza la idea de que, en gran parte, la ruptura con Esteban fue su culpa. Por las discusiones que generaba entre nosotros dos y por los eternos planteos que hacía sobre mi persona, por ser como él decía: “tan liberal y liberada”.
En el momento en que se me acercó a saludarme sentí subir por mi garganta una metralleta de insultos, pero contuve los disparos y muy protocolarmente lo saludé, hablé algunas pavadas y me despedí. Deseosa de jamás volver a cruzarlo.


María Albertina
No quiero verla. Me irrita. Escucharla me avergüenza. Anita, la prima mayor, es quien, al decir de las viejas, debería ser el modelo a seguir, pero que de ejemplar, sólo tiene la a.
Por eso me ofuscó tanto percibir que mis tías y primas, incluso mis hermanas, se erigían en defensoras de turno. Y es que, cuando Ana anunció casamiento, la hipocresía se volvió plaga.
De golpe, toda la familia pareció olvidarse de que Anita ostenta 36 años de eterna adolescencia –casa de papá, plata de mamá-, y una biografía donde abunda la parranda, la pilcha inescrupulosa, decenas de novios, el continuo maltrato verbal hacia su madre, ocho despidos y un reiterado abandono escolar.
Pero no fue esa la causa de mi enojo, si alguien estaba dispuesto a cargar con Ana, suerte y hasta la vista. Lo que me indignó, fue esa frase, pronunciada sin piedad y repetida por todos. “Era hora que asiente cabeza”, inauguró tía Mechi. Y el resto, asintió.
Inocentes o no, esas palabras obraron como un cachetazo que me dio de pleno en el orgullo. Fue una burla sin filtros para el esfuerzo de todas las mujeres de la familia que a los 18 terminamos el secundario, empezamos a trabajar y estudiar, ahorramos, tenemos novios formales, proyectos, e incluso, qué locura, ideas propias.
Yo sé que si abro la boca, van a tildar mis palabras de envidia, en dos minutos seré la celosa, y en diez, una desagradecida que no está dispuesta a compartir la felicidad de su prima mayor. Pero juro que esta vez, tía Mechi logró reavivar mi odio visceral hacia el halo protector con que la familia mistifica a Anita.


María Carolina
Y no. No es un sentimiento grato el sentir que odiás a alguien. O al menos a mí no me hace sentir bien. Pero como no se puede obligar a nadie a sentir… a mí me tocó odiarla.
Todos en mi familia la adoran. Siempre bien vestida, casual pero con cierto toque que la distingue; haciendo gala del dinero que tiene y malgasta. Destacando la familia maravillosa, unida y cómplice, el marido comprensivo y seductor, lo inteligente que son sus hijos. Siempre compartiendo con el mundo su vida sacada de una película (mala) de Disney.
La odio. Y el odio me invade cada vez que la veo o la nombran. Cada vez que la cuñada de mi hermana mayor planea venir a casa, siento que huiría a la isla más remota con tal de no escucharla pavonear sobre sus proezas semanales.
Su absurda hipocresía me abruma. La imagino pensando los relatos de los que va a hacer gala apenas entre en casa. Detesto que nos mire como si estuviera sentada en una nube y esa necesidad de demostrar que sus niños siempre almuerzan provistos de una gaseosa, como si eso fuese sinónimo de buen vivir. Me repugna el alarde que hace por la ropa recién comprada: como si no conociera que su marido comprensivo la lleva de compras para lavar su conciencia, sucia de tanto amorío casual. Y la odio, por intentar venderme su vida en envase de película, de esas por las cuales apagaría el televisor.


María del Pilar
Pasaron 11 años pero yo todavía lo recuerdo como si fuera hoy...
Diciembre de 1999. Huerto cursaba sus últimos días en Salita de 5, con todo lo que eso implica. La familia completa se venía preparando para verla subir al escenario, recibir su diploma, ese que la habilitaba a usar guardapolvo blanco.
Hacía un mes que la Seño Patri no encontraba el cuaderno de comunicaciones de Huerto por ningún lado.
-No te hagás drama, Pili -me dijo la yegua. Mirá si vas a comprar uno por un mes que queda de clases. En todo caso, si hay que notificar algo, te mando el papelito en el bolsillo del delantal.
Y así fue pasando el mes.
Una mañana, Huerto se despertó sobresaltada, recordando que ese día había un acto en el jardín “a las ocho y media”. Preocupada, llamé y la portera me refregó, como si fuera una criminal, que ese acto, el de finalización del ciclo lectivo, “había sido” a las 08:30 horas. El egreso de Salita de 5, al que mi hija nunca fue. Al que nunca me avisaron que debíamos asistir.
El tiempo que transcurrió entre que colgué el tubo y aparecí despeinada en plena reunión de docentes, fue mínimo. Nunca voy a olvidar la lista de insultos que se escaparon de mi boca ante las miradas de espanto de todas las maestras.
Yo no entendía cómo esa mina nos arruinó lo que estuvimos esperando 3 años. Por eso lloré, la maldije y volví a casa con una sensación horrenda. La de odio. La que todavía conservo cada vez que me acuerdo de la Seño Patri.

 
María Guadalupe
A la noche cuando la luz se apaga y ya escupí el padrenuestro como si fuera un chicle que pierde gusto y se vuelve duro, rezo. Suplico. Le pido por favor a la virgencita de Guadalupe que haga honor a que la llevo en mi nombre y que se cumpla. Que se cumpla-que se cumpla.
No lo hago por ella, lo hago por mí. Es que tengo una tía budista-reikista-pacifista que dice que todo te vuelve duplicado. La ecuación es simple: si uno le desea el mal al otro, le termina pasando a uno algo mucho peor.
Sí: lo mío es estrategia pura, y no me voy a golpear el pecho para cantar por mi culpa. Después de todo mi gesto termina siendo noble porque a la única persona que me hizo conocer lo que es el odio se la encomiendo a los ángeles y arcángeles todas las noches.
Es un poder de concentración total, un acto zen, casí místico, pasar de escupir fuego por la boca cuando me la cruzo en el súper o en la cola del banco a desearle lo mejor para su futuro, con paz, amor y toda esa cursilería que suena encantadora.
Así que a ésa, a la que ya ni siquiera nombro y a la que de tanto esfuerzo intelectual finjo perdonar, a ésa... le deseo buena vibra y que se gane el Quini si dios manda. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.
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domingo, 25 de abril de 2010

Un padrenuestro y a dormir. Amén


María Guadalupe
Padre nuestro, que estás en el cielo...me olvidé de pagar el teléfono... santificado sea tu Nombre... y maldito este conjuntito de ropa interior, ay mirá que gastado está este encaje, cómo no me había dado cuenta...venga a nosotros tu reino... mejor apago el velador y juro que mañana tiro este corpiño... hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo... menos en la cama donde hago lo que se me canta.
Danos hoy nuestro pan de cada día... pobre Alicia ella sola en su casa, abandonada, despechada, cornuda y yo tan cerquita de mi marido y este calzón estirado, pobre él conmigo...perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.... sí, tengo que perdonar, tengo que perdonar, tengo que perdonar o en cualquier momento voy a tirarle la primera piedra a esa desgraciada que hoy me trató de hereje.
No nos dejes caer en la tentación... el aborto legal salva vidas y esta estúpida pretende que en las villas las mujeres se cuiden con el método Billings... y líbranos del mal... de la gente ignorante y de estos calzones por favor.
Amén.
- ¿Qué?
- Nada mi amor, dije amén en voz alta, estaba rezando el padrenuestro de todas las noches.
- ¿Todo este rato para el padrenuestro? Creí que ibas por el Misterio. A ver... ¿qué eso? ¿Porqué no tirás al diablo ese corpiño?

 
María Julia
Padre nuestro que estás en lo cielos…. Mmmm… ¿Cómo seguía? No hay caso, el ser hija de ateos es como una condición que me marca y borra toda huella que haya intentado dejar la religión. Hasta esa, que mi tío con tanto ahínco intentaba dejar todas las noches de verano que pasaba en su casa.
“Padre nuestro que estás en el cielo” decía arrodillado al lado de la cama, que por unos días pasaba a ser mía, y junto con mis primas repetíamos como si fuera la tabla del 8. Después venía el ángel de la guarda y otras oraciones más que pasaron por mí, sin dejar ningún rastro.
-Ahora si van a dormir bien, porque las cuida Dios y el Ángel de la guarda -nos remachaba como antídoto para las posibles pesadillas. Yo me sentía un poco más aliviada; pero en el fondo sospechaba que nada tenía que ver Dios con los sueños que me provocaban las películas, que para mis 10 años eran de terror.
Pasaron los años, y el padre nuestro antes de ir a dormir, paso a ser una anécdota graciosa que recordamos con mis primas en las navidades. Y hoy con casi 30 años en la única ocasión en la que intento recordar cómo sigue la oración, es cuando entro a la iglesia porque mis amigas empiezan a casarse.
“Padre nuestro que estás en el cielo”… Mmm… Justo adelante me vine a poner. ¡Se va a ver en el video de bodas que no me sé la oración!


María Albertina
A pura fuerza de voluntad, llegaba a entredormirme. Pero era tal el miedo que, al final, cedía. Y rezaba. Un padre nuestro, tres avemarías. Lo indispensable para el lavado de conciencia antes de caer en el sueño profundo.
No me dieron chance en ningún sacramento. Me criaron bajo estrictas normas cristianas. Todavía conservo la imagen de San Bautista que me hicieron pintar en jardín. También el rosario de pétalos de rosas -por "el compromiso asumido con el Grupo Ecológico de la Institución"- que me dieron en 5º año.
Así que no es tan difícil entender porqué me costó renunciar. Fue una batalla campal entre mi corazón y mi educación. Ángel y diablito, todo el tiempo, sobre mis hombros.
Al final, la decisión estaba tomada, pero igual, cuando tenía que cumplir en las misas obligatorias de la Escuela, tiritaba, sumida por el miedo a lo esotérico, a lo inexplicable, por la sensación de desamparo que me generaba recitar, al impulso de mi mano sobre el pecho, "Confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa".
¿Era yo, otra María Magdalena? No por puta, claro. Sino por mi enfermiza necesidad de dudar, de corroborar el dato, de creer en la ciencia. Nadie nunca me había explicado, hasta ahí, que la base de la filosofía y el conocimiento era la pregunta. Y yo, me horrorizaba de todas las que era capaz de crear mi cabeza adolescente.
Por eso, al momento de acostarme, eligiendo mis ideas, me obligaba a dormir sin rezar. Pero al final, era tal el miedo y estaba tan arraigado el hábito, que me escuchaba recitar, un padre nuestro, tres avemarías. Apenas lo indispensable para asegurarme un lugar en el cielo.

 
María Carolina
María Cecilia siempre fue una devota creyente. Todas las noches, antes de dormir, nos obligaba sutilmente a rezar el padrenuestro. Cada una de las tres se ponía de rodillas junto a la cama (al mejor estilo “escena de estampita”) y, desde allí, ella coordinaba el inicio de la oración. Debo decir que las dos menores nos volvimos bastante reacias al tema cuando fuimos creciendo, pero Mariaceci nunca abandonó su fe.
Recuerdo una noche en la etapa previa a mi adolescencia. Habré tenido unos 11 años, mi hermana mayor intentaba poner orden en la habitación y las menores nos resistíamos a dejar de pelear con las almohadas. En un abrupto rapto de nerviosismo por lograr el mando del grupo, Mariaceci empezó a hilvanar las primeras palabras de su oración nocturna. En el medio de almohadas que volaban pude escuchar lo que su inspiración y su enojo le dictaron: “hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… y que ninguna de las dos consiga novio si no me hacen caso ahora mismo”.
Su frase fue suficiente para que mi hermana del medio abandonase al instante la batalla que manteníamos. Yo, entre estupefacta y apenas entendiendo el alcance de sus palabras, sólo la miré boquiabierta.
Algunas décadas después me pregunto si su fe tuvo algo que ver con mi vida amorosa


María del Pilar
Nuestro padre. Padre nuestro. Tu padre mejor dicho. Este mes aún no depositó el dinero para nuestra subsistencia.
Bendito sea el día 10, cuando ya dispongamos de la miseria de cuota que nos corresponde. Nos merecemos más, ya lo sé. Pero por el momento, tendremos que conformarnos con esto.
Gracias al cielo tenemos un lindo plástico dorado que nunca nos defrauda. Aleluya por eso y por las cuentas corrientes sin fin. Gracias también al coiffeur que nos hace dos cortes al precio de uno, y a la manicure que no nos cobra el limado de las uñas de los pies.
Debemos pedir perdón por los días en que no nos maquillamos. Y confesar con hondo pesar que a veces usamos pantuflas. Pero son detalles, hija mía. El mundo entiende que no se puede vivir sobre taco aguja todo el día.
Hosanna a los perfumes importados y a todo aquello que contenga seda inglesa en su textura.
Aleluya por el whisky escocés y los bocaditos de salmón. Que nunca falten en nuestra mesa. Y que nuestro paladar no nos permita probar alimentos excesivamente calóricos, sería un pecado capital.
Ahora, que nos sacamos las cremas y ya tenemos colocado el antifaz, podemos descansar en paz. Mañana será otro día. Mañana ya es 10.
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domingo, 18 de abril de 2010

Circo laboral


María del Pilar
Lo que menos extraño de mi corta vida laboral es su presencia. Realmente ella incidió en mi decisión de casarme joven y abandonar enseguida el hábito del yugo. Nunca la quise. Y nunca me esforcé en tratarla bien.
La muy perra pasaba con la bandeja de café, a todos les preguntaba si querían algo para tomar y a mí, en los 6 años que compartimos las cuatro paredes, jamás, pero jamás, me trajo un miserable saquito de mate cocido. Tampoco le hubiese pedido: seguro tenía veneno en el remo de la infusión.
Era horrible verla caminar. Tenía todo caído. Y estaba totalmente peleada con el peine. Lo peor es que se convencía de que ese flequillo mitad punk mitad Carlitos Balá le quedaba glamoroso. Pobre Esther. Lunes, miércoles y viernes, días de collar rojo con perlas blancas compradas con el vuelto del pan. Martes y jueves alternaba joyas plásticas de pésimo gusto. Siempre el mismo pantalón. Siempre la misma camisa: sudada, obvio.
Éramos el agua y el aceite, por eso cuando nos mirábamos salían misiles disparados desde nuestros ojos. Yo no podía entender cómo Esther a los 30 era virgen. Y a ella no le cabía en su razonamiento que mis historias con el sexo opuesto sean diferentes cada semana.
Creo que la gota que rebalsó el vaso fue el día que Miguel me invitó a salir. Se le notaba a ella que moría de amor por el contador. De haber sabido lo que el futuro me deparaba al lado de ese tipo, esa tarde rechazaba la invitación y se lo dejaba con moño y todo a mi peor enemiga laboral.


María Guadalupe
Majo está sentada detrás de su escritorio, con las piernas cruzadas. Se le ven los tobillos desnudos, impúdicos, que quedan al desamparo de la pollera negra. Los zapatos parecen los que usan las enfermeras: esos con suelas de gomas, ultra-livianos y super-cómodos.
Taconea para que me de cuenta que la estoy mirando. Entonces trato de no perder el equilibro, parada en punta de pie sobre una silla, empujando Nuevos Testamentos en un rincón de la vitrina. No sonríe, sacude la cabeza y se acomoda los anteojos para concentrarse de nuevo en la calculadora. Las ventas vienen mal, así que la cara de católica en abstinencia no le va a cambiar.
Compartimos juntas todas las mañanas en la librería de la Iglesia. Yo empecé haciendo una pasantía del Colegio Adoratrices y me quedé a trabajar. Ella lleva casi 30 años entre esas escrituras. Se le nota cuando habla.
Alguien nos contó el otro día que la hija de Mariquita está embarazada, 16 años tiene la nena. Majo dijo: “Y bueno... Cada árbol se conoce por su fruto. Lucas 6: 43”.
Ayer vino un señor apurado y quiso que yo lo atienda sin respetar a la gente que estaba antes. Ella sentenció: “Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el ultimo de todos...Marcos 9: 35”.
Ni les digo cuando entra un nene a pedir. Les dice que se metan a la Iglesia y que se pongan a rezar: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de dios.
Mateo 4: 4“. A mí me da tanta vergüenza que trato de meter la cabeza en cualquier lugar que quede fuera de la vista.
A esta altura ya armé su listado de sus frases célebres. Y descubrí que sólo una me divierte escuchar:
- Dios mío, dios mío, ¿Por qué me has abandonado? - dice Majo cuando se enoja mucho con la vida.
- Lucas 23: 46 - le contesto, casi disfrutándolo, casi sintiéndome una buena aprendiz.


María Julia
Otra vez, otra vez lunes, otra semana más en la que debo soportar a mis compañeras de trabajo. Ellas no lo saben, pero las detesto; y en el día hago todos los trabajos que haya en la oficina, con tal de evitar las charlas que ellas organizan a mitad de la mañana.
Ahí estaban, ya eran pasadas las 10:00 y empezaban a prepararse para tomar un café y comenzar su parloteo. Yo me agarré los archivos de un viejo caso para escaparme, pero ellas me hacían señas de que me uniera a la charla. Y aunque ya había puesto una excusa bastante buena, esta vez no podía eludirlas.
Así que, con todo mi enojo encima, caminé los pocos pasos que me separaban de las cotorras, acerqué una silla y me senté casi en un rincón. Ellas ya habían empezado la charla, hoy el tema era: el tiempo que me lleva limpiar mi casa.
La más grande de mis compañeras, una cuarentona vestida como adolescente con los labios rojos, en composé con las uñas de las manos y de los pies, se mofaba de ser una excelente ama de casa después del trabajo. ¡Pobre! –pensaba yo- pensar que una mujer no tiene más aspiraciones que trabajar en un juzgado y después llegar a su casa para poner en marcha sus dotes de limpieza antes que su marido regresara.
Y eso era lo peor, en estas charlas solo había cosas banales y hasta denigrantes para una feminista como yo. Por lo que sólo me quedó acomodar la silla y mentalizarme que a, media hora de mi mañana, iba a tener que ser usada para escuchar estas pavadas.


María Albertina
A veces creo que no lo entienden. Otras, que lo hacen por malicia. Me miran, casi como si fuera una depravada. “Nadie hace esto porque le gusta. Nosotros estamos acá, porque no nos queda otra”, es el latiguillo preferido de mis compañeros de trabajo. Es inútil explicarles que mi amor por la ecología no nació ayer. Tampoco el año pasado. Ni cuando Al Gore, con bastante buen tino, decidió hacer de su investigación una película, y La verdad incómoda se puso de moda.
Siempre fui la oveja verde. El tormento de mis hermanas, atosigándolas para que elijan desodorante a bolilla y no abusen del detergente. Toda la familia respiró aliviada, cuando, a los 15, focalicé la atención en otro lado. Fue saber del proyecto y unirme a él. Me tomó dos horas convencer al responsable del área municipal para que me dejara formar parte de la comisión que tenía a cargo la creación de la planta de residuos sólidos domiciliarios.
Así que, cinco años después, mi decisión fue fácil. Tenía en claro que puerta tocar para pedir trabajo. Y sabía que allí iba a quedarme, por lo menos, hasta terminar la Licenciatura en Salud Ambiental.
No niego que el olor es atroz. Se mete por los poros y no hay jabón ni esponja exfoliante que raspe lo suficiente. A nadie puede, ni debería, gustarle revolver la basura de otros. Pero a veces, es necesario. No siempre voy a estar de clasificadora en la Planta de Residuos, pero por ahora, me permite salvar los gastos, me da tiempo para estudiar, y me lava la conciencia. Aunque mis compañeros, me consideren anormal.


María Carolina
Un perfecto tablero de ajedrez: esa es la figura de mi oficina. Cuadraditos perfectos en el cual cada pieza se va desplazando según sus intenciones y necesidades.
Al igual que en el juego, hay dos grupos: el de aquellos que sienten constantemente la imperiosa necesidad de demostrarle a nuestro jefe que son los más eficientes empleados que la empresa pudiera tener, y el de quienes simplemente trabajamos y cumplimos con nuestras obligaciones laborales sin por ello hacer gala de eso ni entregar nuestro alma al diablo. Queda claro en cual estoy.
En mi grupo, el de las piezas blancas, priman valores de respeto y franqueza ante todo. Tenemos reglas tácitas: no pisamos la cabeza de nadie, nadie se tira a chanta perjudicando al otro, somos solidarios ante todo. Por el contrario, las fichas negras apuestan todo su ser al ascenso, quede quien quede en el camino. Esa es su principal regla: no importa a quien pise, lo importante es ascender. Inescrupulosos y jodidos son las palabras que mejor los pintan.
Y así estamos: jugada tras jugada, nos comen fichas. Ayer se me acercó Celeste y, con su mejor cara de naipe, me dijo: “Sorry María, espero que no te moleste pero le di al jefe la presentación en la que estuvimos trabajando. Dejé sólo mi nombre porque con dos firmas quedaba un poco desprolijo”.
Si la golpeaba en ese momento, ¿era un caso de defensa propia?

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domingo, 11 de abril de 2010

Especial de Sábado

María Carolina
Como si hubiese perdido la noción del tiempo, la semana se pasó volando y son las 19 horas del sábado. Peleo contra mi cansancio acumulado. No tengo planes firmes: opciones hay, pero nada consistente.
“Estoy entre alquilar un DVD y tirarme en el sofá, mientras me como unos sandwichitos, o llamar a alguno de mis amigos solteros para ir a tomar algo por ahí”, le digo a María Cecilia, cuando me encara con el clásico “qué hacés esta noche” encabezando la conversación telefónica. Su intención no tiene un objetivo filántropo: quiere saber si por casualidad estoy por salir con alguien este sábado.
Como el 90% de mis amigos está en pareja (si, 9 de cada diez amigas o amigos tienen esposa/marido, concubina/o, novia/o o touch and go con quien hacer planes un sábado a la noche), excepto que haya programado con cuatro días de anticipación, sé a quienes no llamar a media tarde para hacer planes que comenzarán algunas horas después.
“Hoy no quiero música fuerte, preguntas desubicadas, adolescentes abalanzándose por alcohol al lado mío… y menos rodearme de cincuentonas en algún bar de otras características”, le digo a mi hermana. “El próximo sábado, veremos”. Intenta empezar con sus sermones, pero la interrumpo con mi comentario sobre la nueva variedad de sandwichitos que pienso armarme esta noche. Mientras, trato de pensar cuál es la comedia romántica de turno, que me serene las pocas neuronas que esta semana me dejó funcionando.


María del Pilar
Ya me depilé, me humecté la piel, investigué cada uno de mis poros con la torturadora pincita y apliqué la crema de pepinos sobre toda la cara. Tengo envuelto el pelo con una toalla empapada en savia vegetal para mejorar las raíces y las puntas. Un algodón entre cada dedo del pie para que no se manchen con el esmalte. El olor a cera inunda la casa y sobre la mesa del comedor se desparramó el estuche del make up…Todo es un caos.
Huerto salió temprano con sus amigas, por lo que estoy sola. Al fin puedo poner Perales al máximo volumen y tomarme una copa de vino en la hamaca del patio, hasta que el reloj me recuerda que se hace tarde.
Corro al vestidor, me enfrento al realista espejo y de a poco voy sacando todos los productos aplicados. Controlo que no haya rastros de ninguno de ellos. “Parece que está todo bien”.
Me visto. La ropa adecuada para los planes ideales. Suelta, que no marque los rollos, que disimule la piel naranja. Ya casi es la hora y todavía no me perfumé. Dos gotitas de Gucci es todo lo que necesito.
Estoy lista, mi lugar en el mundo me está esperando. Ahí voy con la copa de vino aún sin terminar en una mano y un cigarrillo en la otra, a concretar el plan perfecto para una noche como la de hoy: películas europeas sin subtitular.


María Julia
¡Llegó al fin! Llegó el sábado, y lo mejor era su noche.
Después de varios mensajes en una especie de cadena, que a veces se cortaba, y de algunas llamadas, la noche del sábado estaba organizada.
Es que de todas las salidas: el jueves de mujeres, el viernes de películas en el cine o en alguna casa, la noche del sábado era especial.
La organización previa, el encuentro en una casa antes de salir y hasta la decisión de qué ponerse, eran los condimentos perfectos para una gran noche. Y así fue, nos encontramos en casa pasada las 23:00 hs. para tomar algo y de ahí un taxi nos llevó al lugar elegido.
Sabía que era probable que el morocho de sonrisa perfecta estuviera ahí, pero también me entusiasmaba la idea de conocer a alguien nuevo. Y si no era así por lo menos sabía que me divertiría con alguno; porque si hay algo que conozco de los hombres, es que los sábados por la noche todos se regalan.
Así comencé la rutina de la noche del sábado. Primero dí una vuelta por el lugar para ver a lo mejor del otro género, después me acomodé en la barra con mis amigas y por último lo busqué a él. Y si, siempre terminaba haciendo lo mismo, siempre lo esperaba a él, al único morocho que me volvía loca.
Pero lo importante era estar ahí, con bebida en mano o sin ella, bien vestida o casual, con amigas o amigos. Era el momento ideal. ¿Qué más le puedo pedir a una sola noche?


María Guadalupe
Él siempre tiene peros. Que Susana es aburrida: sólo habla del trabajo; que el marido de Amalia es insoportable: quiere saber cuánto gano; que a Pato no me la banco: habla siempre de ella y dice todo el tiempo “yo” pero suena “sho” y me taladra los oídos...
Mis amigas y los novios-amantes-maridos- de mis amigas, son cosa intolerable para mi querido esposo. Aquel sábado cuando desoyó mis ruegos y volvió a organizar la tradicional cena con sus compañeritos de la secundaria, me vio todos los dientes.
Primero, como en acto reflejo, me devolvió la sonrisa, después se dio cuenta que estaba a punto de clavarle los colmillos. Y que esta vez me sobraba ponzoña.
La bronca se me atragantó en la boca. El llanto me saltó por los ojos. Al final hice un papelón y la escena infantil en la que sólo te sale decir porqué me haces esto. La arruiné enumerando defectos, errores y algunas mentiras piadosas sobre ese grupete de amigos suyo.
Le dije con la voz de pito toda entrecortada del llanto, que no era justo-no era justo-no era justo que nuestras salidas sean siempre con sus lindos compañeritos. Hay que reconocer que no me salió el rollo de argumentos que tenía para desplegar en mi defensa... pero que el llanto conmueve a los hombres.
Después de eso, al menos un sábado al mes cenamos con mis amigas. Él aprendió a reírse mucho con esos especimenes femeninos. Tanto como me divierto yo con sus amigotes.


María Albertina
Mi primer sábado de trasnoche me recuerda cuánto amaba mi yoly-bell. Tenía, apenas, doce años recién cumplidos, cuando la noviecita circunstancial de mi tío creyó hacerme el gran favor y me llevó a un boliche. Era, también, la primera vez que mis padres me dejaban salir con “amigos mayores” a comer algo, así que ella, aprovechó la ocasión. Sin preguntar, pagó mi entrada junto con la suya. Demasiado atontada con la situación, sólo atiné a seguirla. Y fue un verdadero desgarre. Yo, que todavía usaba enteritos de jeans y sábanas de Barbie, me sentí, más que nunca, niña.
Me mareé de tantas luces, y durante dos días, me dolieron los oídos. Todavía muy chica como para entender ciertas sutilezas, cerré la boca. Tuve miedo al reto de papá, sentí vergüenza de admitir ante mis amigas, tan ansiosas de vivir ese momento, que terminé llorando en el baño de casa, aferrada al cepillo de dientes, en el vano esfuerzo de quitarme el sabor dulce de un humo que sentía pegado a mi ropa, mi cuerpo, mi infancia.
Ya no recuerdo ni el nombre de la piba que aspiraba a convertirse en la tía del año, guiñando el ojo y prestándome un delineador. Pero lo que si tengo presente, es la angustia de mi primer sábado a la noche, cuando, sin pensarlo dos veces, me obligaron a ser partícipe de ese mundo donde sexo y alcohol son los protagonistas principales. Allí sufrí durante horas, por miedo a que los chicos se acercaran a hablar o me rozaran con demasiado interés. Era una nena, y quería volver a casa.
Aunque parezca contradictorio, me esfuerzo en mantener vivo ese recuerdo, para nunca, pero nunca, olvidarme de preguntar a quien está mi lado, si realmente desea dar el siguiente paso.
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domingo, 4 de abril de 2010

No hay caso, me obsesiona

María del Pilar
Fueron nueve meses maravillosos. El encanto de la familia, el centro del mundo, la mimada y consentida. Me sentía plena, y no me importaba nada. Los mofletes tapaban mis ojos, mis piernas eran 2 caños. No se distinguía la rodilla del tobillo. Pero yo era realmente una mujer feliz.
Nació Huerto. La disfruté a cada instante, la alimenté con mi cuerpo y la amo con el alma.
Así, desde el embarazo, todo fue cambiando, pero ellas llegaron para quedarse. Son miles. Son rosadas. Son impiadosas. Hace 16 años que las ataco con productos de todos los colores. Cremas que prometen ser infalibles y valen una fortuna. Remedios caseros que inundan la cocina de mal olor. Tratamientos crueles, amasijan nuestro tórax y no logran combatir ni siquiera a una.
Llegué a hablarles. A pedirles que se vayan. Que me mato haciendo abdominales para tener una panza chata a la que no puedo lucir por culpa de ellas. Pero nada, no hay lágrima que las convenza. Lo único que puedo rescatar es que al menos se instalaron en un solo lugar y no corrieron a mis piernas. Eso hubiese sido la catástrofe.
Nuestra convivencia es muy mala. Me baño y no quiero mirarlas porque sé que están burlándose. Y a pesar de que las tapo con ropa de la más chic, la idea de que se instalaron en mí, me abruma.
Por eso me decidí y saqué turno con uno de esos médicos que ofertan por la web todo tipo de cirugías láser. Y si esto no funciona….abandono la lucha y las dejo ganar la batalla.


María Albertina
Ni aunque haga control mental y les aseguro que lo intenté. También probé salir, leer, hipnotizarme con televisión basura, cerrar los ojos hasta que me duelan. De todo. Pero es inútil. Mi mente divaga y vuelve sobre ese detalle. Es insignificante, lo sé. Lo que no comprendo es porqué, entonces, cuando lo menciono me miran como si estuviera loca o fuera una nena de cinco años. Es ahí, justo en ese momento, cuando se me rompen los esquemas, la gente se vuelve incomprensible y mi paranoia aflora.
Y es que no tolero que pongan la sábana al revés. Me vuelve loca sacar la cubrecama y encontrarme con los estampes de la tela mirando al colchón.
No me interesa que lo entiendan. Me importa tres rabanitos que “de esa forma, al doblar el borde de la sábana superior sobre las frazadas, la costura del derecho queda a la vista”, como argumentó una vez, al borde las lágrimas, la empleada de aquel hotelucho de cuarta, víctima de mi histeria.
Me niego a dormir en una cama donde los estampes no ejerzan su rol decorativo. Y es todo lo que tengo para decir. En mi rol de cliente, siempre llevo la razón. Como ama de casa, hago lo que se me canta. De invitada, me dan el gusto. No pido que me comprendan. No veo la necesidad de armar una mesa de debate, ni de invitar a las eminencias en el tema para dilucidar la cuestión. Sólo quiero irme a dormir sabiendo que al momento de acostarme no me voy a enojar con el mundo.


María Carolina
A esta altura de mi vida, pocas cosas me preocupan al punto de temer que lleguen al nivel del absurdo, a alejarme de la realidad, quitarme el sueño o convertirme en una demente. Tenga la categoría que tenga, la excesiva preocupación de mi tía Cecilia por indagar a cada tipo que conozco en la búsqueda de algún parecido con papá (o sea su hermano) es una de ellas. Otra que el pajarito ese de la publicidad de las tostadas, que remacha y remacha las frases, mi tía acorrala con su batería de preguntas a cualquier hombre que presente algún atisbo de interés por mí.
Siempre aclaro que, aún habiendo pasado la barrera de los 30, mi soltería no es un apostolado, sino que es algo así como una mala racha. Y cada vez que lo recuerdo, escucho a la tía haciendo un exhaustivo análisis de cada uno de los hombres que conoció a mi lado y sus similitudes con papá. Siempre agradezco que no haya conocido a todos.
Cada hombre en mi vida representa el temor a que la relación se vea amedrentada por el cuestionario de la tía. Cualquier manual de metodología científica la querría entre sus páginas.
Para ella, papá fue siempre el adalid de los hombres, el representante más cercano a la perfección del sexo masculino. Y cada espécimen que entra en mi vida es merecedor del comentario que siempre, pero siempre, veo venir cuando la tía pronuncia el clásico “sabés que mi hermano Jorge…”.


María Guadalupe
La plancha. Es increíble como un artefacto tan insignificante puede quemarte -más que la ropa- la cabeza.
No exagero. Soy de esas mujeres que no soportan ver una arruguita siquiera en el jeans. Por eso siempre le estoy dando una pasadita a las prendas, es como hacerles un lifting a cada rato. Lo grave es que nunca me acuerdo si la desenchufé.
Y eso es un problema cuando uno se pasa ocho horas fuera de casa. Pienso que va a explotar todo, que en cualquier momento voy a escuchar las sirenas de los bomberos, que lo eché de nuevo a perder.
Mi marido me dijo mil veces que si dejé la plancha enchufada “pero paradita, sobre la mesada, no pasa nada... a lo sumo se quema la resistencia”. Yo le creo, pero no puedo evitar hacerme mala sangre.
La última vez había hecho veinte cuadras en colectivo rumbo al trabajo, me bajé y me tomé otro de regreso porque estaba segura de que la planchita Liliana hervía. Supe pedirle a la vecina que se meta por la ventana a chusmear que estuviese todo en orden. Hasta llamé a mi hermana para que se haga una escapadita a casa. Y cada dos por tres cierro con llave la puerta y vuelvo a abrir para revisar que esté desconectada.
Lo gracioso es que siempre -sin margen de error hasta el momento- la plancha está desenchufada. Lo que está a temperatura máxima es mi cabeza.


María Julia
El diccionario dice: “La paranoia es un término psiquiátrico que describe un estado de salud mental; caracterizado por la presencia de delirios autorreferentes”.
Pero yo sé que lo mío no es un delirio, yo sé que cuando manejo, los demás, los hombres, están esperando a que me equivoque en el mínimo detalle, para mirarme con cara de: ¿dónde aprendiste a manejar?. O para sacar a relucir todas esas palabras que ellos creen que son de macho y en realidad demuestran las limitaciones que tienen en su lenguaje.
Por suerte para mí Ana, la amiga que más sube a mi auto, además de alentarme a hacer algunas maniobras arriesgadas, está tan segura como yo de que los hombres son ineptos hasta para respetar las leyes de tránsito; por lo que buscan redimir la culpa de sus faltas haciendo quedar mal a cualquier mujer que esté al volante.
Pero como antes decía, esto nada tiene que ver con una paranoia, es sólo una más de las tantas cosas con las que las mujeres nos tenemos que enfrentar. Así que tranquila subo a mi autito pintado de negro: pongo primera, saco el freno de mano y arranco, segura de mi manejo y mi prudencia al volante; con la ventanilla abierta, los pelos al viento y repitiendo “¿Paranoica yo? Jaja. ¡Para nada!”.
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domingo, 28 de marzo de 2010

El gen hermano


María Albertina
Será que formo parte de una manada de polleras, o quizás porque encabezo el álbum familiar. Tal vez no sea otra cosa que mi obstinada independencia, o mi enfermiza necesidad de chocarme contra la pared aunque me lo adviertan con cartel luminoso. Lo cierto es que, al día de hoy, no logro entender la fascinación que mi novio siente por su hermano mayor.Me genera impotencia esa manía por consultarlo, su escucha diligente, la sumisión a la opinión de ese otro que, por mucha sangre que comparta, no tiene línea directa con Dios.
Creo que, de todo, lo que más me molesta es la notable incapacidad de crítica que mi novio demuestra frente a los dimes y diretes de su hermano. Y es que mi cuñado, sólo dos años mayor que nosotros, no tiene ni trayectoria ni calle de la que hacer alarde.
Muchas veces me pregunté si lo que tengo es celos, porque ante la admiración que veo en los ojos de mi novio, siento que en el pecho algo se carga y empieza a pesar, a molestar. Aunque, después de meditarlo bastante, debo decir que lo que en verdad siento es torpeza. Y es que me siento inútil cuando debo afrontar que, en su rol de hermano mayor, mi cuñado disimula la ignorancia con una suerte a prueba de incrédulos, mientras los demás pasamos por tontos.



María Julia
“Tenés un nuevo msj.”, aparecía escrito en mi bandeja de entrada. Ya sabía, era de él, era el mensaje que mi hermano me había prometido hace casi un mes, donde cumplía con su palabra de contarme con lujos de detalles como lo trataba la vida en el sur, lejos de casa.
Como era de esperar empezaba disculpándose por haber tardado tanto en escribirme: “vos sabés que llevo el gen de ser un poco colgado, vos mejor que nadie, por que tanta veces me lo echaste en cara”. Y era verdad, de los dos él era el más olvidadizo; y en nuestros años de juventud fue mi reproche preferido cuando no cumplía con su palabra; ése, y el de que no pudiera entender el padecimiento que sufrió la mujer a lo largo de la historia. “No es para tanto; si seguís diciendo eso ningún vago te va a dar bola” me decía mientras preparaba el mate con cascaritas de naranja. Yo me quedaba con las ganas de empezar una batalla en nombre de la liberación femenina; pero terminaba por tirarme con él en el sillón a mirar películas.
Un día decidió que su destino era irse al sur; no supe en ese momento si alegrarme por él o entristecerme por que ya no estaría más cerca de mí. Me llevó años comprender lo que ese viernes lluvioso, cuando se fue, me anotó en una servilleta de papel: “Caminante no hay camino, se hace el camino al andar…” Así mientras le subía el volumen a Serrat, me acomodé en la silla y empecé a disfrutar de la compañía de él, a través del mail.


María Guadalupe
Él era mi hermano. No hizo falta ningún ritual simbólico, nada de pincharse el dedo y mezclar sangre. Preferíamos creer eso de las almas gemelas.
A Pablo lo conocí en preescolar, me compró con un chicle. Con varios. Traía dos todas las mañanas, me daba a mí el de menta y él se comía el más rico: de tutifruti. No sé como, pero de esa bolsa azul a cuadros, de donde sacaba los Bazooka, salió también nuestra amistad.
Transparente. Con verdades simples y mentiras piadosas. Llantos que nacen del desamor adolescente y mates hasta las tres de la mañana estudiando historia. Él era ese amigo por el que uno jura que un hombre y una mujer pueden ser grandes amigos.
Celeste, mi hermana mayor y la única que tengo, hizo el intento un par de veces de darme indicios. Pero hasta que Pablo no me lo dijo con todas las letras, a mí ni se me había pasado por la cabeza.
Ese día llegó puntual. Estaba pálido, tragaba más saliva de la cuenta. Creí que me iba a hacer tía. Pero no. ¿Todavía no te diste te cuenta?, me dijo. Lo miré entonces como si fuera la primera vez que lo tenía enfrente. Lo ví triste, con el peso imposible de los 20 años, transpiraba.
Cuando soltó el rollo yo respiré aliviada. Era un detalle: mi hermano del alma era gay.


María Carolina
Adoro a mis hermanas. Las amo, pero es un amor tan difícil de explicar que sólo se compara con la sensación que me provoca el estar parada en la arena mirando el mar: tan celeste, inconmensurable y que me brinda esa felicidad rara, inexplicable. Sólo sé que las amo.
Eso sí: hay que aguantarlas. Porque cuando llega hermana 1 dispuesta a darme otra lección acerca de lo que a mi vida le falta (descontando que el primer ítem es “novio/marido/pareja/concubino” o cargo equivalente), aumentan las probabilidades de que mi presión arterial se descompagine. Pasada la tensión, vuelve el amor.
Siempre fuimos el trío MC, que sembró la casa de muñecas, polleras y rouge: María Cecilia, María Constanza y María Carolina. Si éramos varones, hubiésemos sido Martín, Marcelo y Manuel, pero eso no pasó. Y mi secreta esperanza del hermano varón que me defienda de las adversidades que la vida me iba a deparar, quedó en el camino, trunca, después de esa operación de mamá. Así que si hay algo que desconozco, es de tener celos de la rubia tonta que apabulla al macho de la casa.
Después, la vida me convenció que el no tener hermano fue una salvación: de haberlo tenido, inevitablemente uno de sus amigos hubiese sido el autor de alguna decepción amorosa. En mi lista de desamores, amores y engaños, la única categoría en la que sigo invicta es en la de “seducida y abandonada por el mejor amigo de mi hermano”.


María del Pilar
Esto de ser hija única hizo de mi mente un lugar propicio para el delirio. Durante mi infancia las muñecas y los ositos de peluche se transformaron en mis hermanos, que peleaba o abrazaba según la circunstancia. Los sentaba a la mesa, los llevaba de vacaciones, les contaba mis travesuras. Y ellos, con sus ojos plásticos fijos me miraban y me escuchaban.
El hermano perfecto que no discutía tus ideas, no era competencia por el amor de mami y papi, no te obligaba a compartir las golosinas y siempre te esperaba en la habitación con una sonrisa.
Con el paso de los años, una hija única busca en sus amigos al “hermano del alma”. En más de una oportunidad confiás tus cosas a cualquiera que compartió dos mates y una borrachera con vos, hasta que la experiencia te enseña conocer a las personas que vas eligiendo y a las que te conviene descartar.
A veces pienso que hubiese sido de mí con un hermano. Tal vez me habría beneficiado tener al menos uno para que las miradas no estén siempre sobre mis espaldas. Pero mamá decía que las familias numerosas tienen problemas al momento de repartir la herencia, y que corro con ventaja por ser la única.
Por eso, conforme y resignada, cuando en el gimnasio las chicas hablan sobre las fiestas, los problemas, los cumpleaños de sus hermanos, yo agacho la cabeza y sigo corriendo por la cinta transportadora.
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domingo, 21 de marzo de 2010

Esa carta que nunca envié

María Julia.
Ahí estaba, con camisa a cuadros y un pantalón cargo, riendo a carcajadas porque sabe que su risa es casi perfecta; seguro de su belleza caminaba con la confianza con la que se pasea un León en medio de su manada. Yo me hacía la indiferente, pero de vez en cuando pegaba una mirada fugaz hacia el hombre que me enloquecía. Recordando el perfume que le dejaba la espuma de afeitar, o los tantos besos que me robaba cuando estaba enojada.
Pese a eso me repetía que sin él, mi vida era mejor; que en el primer año todo parece perfecto pero después de un tiempo lo mirás y te encontrás con un rezongón que se tira pedos o que te reclama alguna pavada que se le ocurre en el momento. Y, sin embargo, con mi discurso ya mentalizado y en un intento de autoconvencimiento no dejaba de acordarme de esa carta que tanto escribía en mi cabeza, pero que nunca le enviaba.
Esa que depende el día cambiaba el significado. A veces hablaba de que lo extrañaba, que lo quería y que como dice la canción: planeaba con él una vida cargada de sueños. Otras veces, con el autoestima bien alta, le aclaraba cuánto lo detestaba y lo bien que ahora mi vida marchaba. Y así mi carta mental cambiaba día a día pero nunca llegaba a destino, porque sentía que si la enviaba se iría con ella el poco orgullo que me quedaba.
Por eso, sólo me quedaba dejar que corra el tiempo y que con él se vayan algunos recuerdos, y mientras tanto disfrutar de buenas fiestas, con hombres bellos y mucha cerveza.

María del Pilar.
No debí hacerlo. Ya lo sé. Fue un impulso de cuarentona desesperada. Un arrebato adolescente, pero con 30 años de retraso. No tengo justificación ni aval de ningún tipo, pero las rosas estaban preciosas, las margaritas regadas en su justo punto, las caléndulas florecidas y los pinos recortados al mejor estilo Joven Manos de Tijera. Todo era perfecto en mi jardín, la envidia de las chicas del country, y eso se lo debía a una sola persona.
“Estimado Rogelio”: así arranqué la cursilería más grande de la historia, que siguió con una catarata de halagos hacia el buen mantenimiento de mis plantas y mis flores. Fueron cinco renglones alabando su gran trabajo, hasta que la tentación me llevó a decir cosas del estilo: “esos músculos me invitan a mirarlos”, “la transpiración lo hace aún más seductor”, “el overol de jeans le queda perfecto”.
Sin reparos ni tapujos puse mi firma al final. Tomé dos whiskies con hielo y junté coraje. Caminé como pude hasta el portón de servicio y cuando iba a depositar lo que sería mi ruina como mujer respetable, tropecé con la tijera de podar y caí al piso. Creo que me golpeé la cabeza, la verdad no lo recuerdo. Pero cuando abrí mis ojos estaba tirada de espaldas sobre las hortensias lilas, apretando el papelito…
El papelito que rompí en mil pedazos y que jamás llegó a destino.

María Albertina.
Maldito sea el año, el punto, el día, la estación, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu mirada encadenó mi alma; empezaba, tergiversando a Petrarca. Más que carta era un laberinto de palabras donde mis ideas practicaban el intento inútil de odiarte.
Y no había nada, ni una sola mención al momento en que tu cobardía me arruinó la vida. No era necesario, creí, que supieras que lo que me avisó fue el gesto que vislumbré por el espejo, cuando tu brazo, estirado a mis espaldas, entorpeció el esfuerzo de tus dedos flojos que luchaban por llegar hasta mi hombro.
Reconozco que no fue fácil deducir que miedos te hicieron retroceder. Sin resultado, practiqué telepatía con tu nuca. Pero igual mi resignación tuvo que nacer de la nada. De esa madrugada caótica donde el miedo pudo más y yo intuí el final de mis esperanzas, sabiendo que iba a extrañarlas porque me gustaba sentirlas, tan parecidas a algodones de azúcar, suaves, efímeras, y sin embargo palpables.
En esa carta, que todavía conservo, te contaba de mi esfuerzo denodado por hacerte llegar una pizca de ansias, locura o soledad, que por primera vez me pesaban. Te reclamaba un grito, una explicación que posiblemente nunca existió. Pero te juro que a pesar de todo, no mencioné el momento en que te vi flaquear. Tanto sabía que odiabas sacarte la armadura.

María Guadalupe.
En la caja del fondo del ropero todavía estaba la carpeta con mi colección de papeles de cartas. Anoche, cuando me puse a buscarla casi convencida de que alguna tarde de limpieza profunda la había tirado a la basura, me llevé la sorpresa de encontrarla. Cientos de papelitos de colores: con brillitos, a veces con renglones, mis preferidos con perfumes.
Anoche, mientras lavaba los platos, y en esas cadenas de ideas que absurdamente anudan los impuestos que se vencen al otro día con algún recuerdo ingenuo de la infancia, pensé en Lucila. Y en todos esos años en que nos carteamos después de que la Textil cerró y su familia se fue vivir a un pueblo sin nombre, con mucho viento.
Anoche, de esa caja tomé un papel verdoso, con racimos de uvas y hojas secas, que olía a tierra húmeda y me puse a escribir. La letra me salió manuscrita, redonda como nunca, con firuletes graciosos en las mayúsculas. Las oraciones parecían brotar de entre mis dedos.
Hoy a la mañana sentí un gusto amargo en la boca. A vino tal vez. Porque la carta nunca existió, nunca la envié, quedó en el sueño y en la cobardía. A Lucila le estoy escribiendo ahora para contarle la anécdota. En su bandeja de entrada en un rato encontrará un mail.

María Carolina.
Era la tercera mañana del mes en la que me quedaba dormida. La noche anterior me había quedado hasta tarde practicando el arte de la palabra escrita, luego de una de esas explosiones de carácter que solía tener Damián, mi novio en ese tiempo.
Su inseguridad personal daba lugar a celos absurdos y volvía imposible el diálogo. Los 17 años que llevaba a cuestas los volqué en ese papel, tratando de hacerlo razonar. Siempre he sido frontal, pero a veces siento la inevitable necesidad de decir ciertas cosas por escrito.
No tuve necesidad de golpear la puerta cuando llegué a su casa: me lo encontré antes, afuera, junto a Marina, su anterior novia. Esa mañana, mis pupilas los retuvieron riéndose, tomándose de la mano con ternura. Como ignorando al mundo: un estado anímico opuesto al del Damián que había visto por última vez.
Ensayó explicaciones apenas me vio, pero no quise saber si sus celos eran un telón para tapar este engaño. Mi corazón entendió que Marina hacía ya un tiempo que había vuelto a su vida o que, quizás, nunca se había ido. En una muestra de adolescente madura, evité el escándalo. “Venía a traerte esto”, recuerdo que le dije al destrozar el papel, “pero ahora no me interesa que lo leas”.
Una a una, anoté en mi memoria cada palabra del rosario de puteadas que mi cabeza empezaba a armarle: ese que le rezaría apenas intentara otra explicación. Y me fui sin una lágrima, pensando en jamás confiar en ningún celoso fabulador dispuesto a joderme la vida
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domingo, 14 de marzo de 2010

La madre que me parió

María Guadalupe
No quiero hablar de ella. Porque no. Y bueno, cada uno hace lo que puede. Ves, esa es una frase de mi madre. Es inevitable: aunque haga el esfuerzo de ni siquiera nombrarla está en todos lados. Es como este lunar que tengo en la pera y que siempre me mira desde el espejo.
No quiero, preguntame otra cosa. Es que ya se me hace este nudito acá en la garganta. Qué como es ella. Y qué se yo, así de simple como parece. No oculta nada. Esa debe ser su peor desgracia.
Mamá tiene los cachetes siempre brillosos porque la piel tira de gorda y cuando se ríe se le hacen los pocitos. Siempre tuvo el pelo corto, como una directora de escuela, bueno algún día quizás lo sea porque es maestra. Chapada a la antigua, qué te voy a decir. Polleras bajo la rodilla, tres vírgenes colgándole del cuello y la Biblia en la mesita de luz.
Eso. Sí eso no más. No quiero hablar más. Qué querés que te diga. Más buena que el agua. Una santa para los vecinos. Una tipa que pone la moral como si fueran los platos sobre la mesa. O habla de los diez mandamientos como si los llevara en la cartera. No es de las que dicen te quiero, pero te despierta con un mate: casi lo mismo. Eso. Nadie se atrevería a decir algo feo de ella. Sacrilegio.
Y porqué me mirás así. Crees que yo tengo algo feo para decir. No.
Bueno sí.
Sabes que sí...
Yo no quisiera ser como ella: tan buena, tan educada, tan correcta, con dios siempre tan en la punta de la lengua. Porque después la vida te escupe en la cara y mi hermana hubiera necesitado que alguien le explique lo que era un forro para no quedar embarazada a los 16 años.
¡Cristo! ¡Basta! No quiero ni siquiera decir esto. Si no fueras mi psicóloga, me dejaría crucificar antes de que mi madre sepa que hablo así de ella.

María Carolina

Mamá es una mina buena. Laburadora, abnegada, la mujer con el clásico pensamiento de que todas encontraremos al marido ideal. Siempre soñó con que sus tres hijas se casen y le den nietos así ella, una vez jubilada, podría disfrutar gustosa de hacer todo lo que no hizo con nosotras. Sólo que, además de mis hermanas, nací yo. Y ahí sus planes de abuela orgullosa quedaron en ascuas.
Cada vez que pueden, sus amigas me largan un “sos tan parecida a Celia” que me deja pensando qué intención esconderá. Empiezo a convencerme que la comparación sólo intenta remarcar en mí algunas pautas, como deseando encorsetarme mediante un hilado fino, cada vez que tomo alguna decisión que me aleja de los cánones familiares.
No pasa un día sin que mamá me hable sobre algún ex novio o la posibilidad de un “candidato” nuevo. Yo, la única impar en un mundo que parece diseñado para dos, sólo la escucho. De vez en cuando, mi mirada le tira algún mensaje en código. Hasta que achico los ojos, casi sin verla, y arqueo las cejas: la señal para que se calle.
Mamá me ama. Pero no entiende como, si toda mi franja etaria tiene planes de a dos, yo no puedo llamar a alguno que me dejó por otra, ni pienso en acercarme a mi nuevo vecino que juega a la play los lunes hasta las 3 de la mañana. Menos aún, salir al boliche de moda en los que sólo rondan hombres que, a esta altura, casi podrían ser sus nietos.


María Julia

Sentí de golpe, varias miradas en mi nuca. Pero no quise mirar, ya lo sabía; seguramente todos alrededor estarían mirándonos a mí y a mi mamá. Siempre pasaba y a veces hasta parecía que lo hacía adrede, cada vez que estábamos en algún lugar público ella agregaba en su vocabulario todas esas palabras que las madres prohíben a sus hijos repetir. Obviamente éstas no iban sueltas, sino que acompañaban a todo un discurso de la mala situación en la que vive el país, de los gobernantes y de las últimas noticias que aparecían en los medios.
Mientras tanto, yo intentaba ocultarme: esta vez me pareció que la solución era soltarme el pelo, agachar la cabeza y morder la cadenita con mi inicial.
Pero la historia siempre se repetía con distinto final; por que así es ella, desinhibida como ninguna, segura de que cuando habla sólo dice lo que todos piensan. Y así es mi relación con ella: una pelea constante por no ser esa hija que quiere casarse y hacerla abuela, por ser (según ella) muy intolerante con los novios que he tenido, por creerme que las mujeres podemos vivir sin tener cerca a un hombre. “Mirá qué hubiera sido de mí sin tu padre”, me dice siempre mientras me mira con dulzura y un poco de resignación.
Así somos, miramos el mundo con distintos ojos y pensamos que en nada nos parecemos, pero cuando las disputas terminan nos miramos nosotras, ahí comprendemos lo que es el verdadero amor.


María del Pilar

Nuestra relación, que no era de las mejores, siempre estuvo marcada por los aromas.
Ella cuenta que cuando estaba embarazada salía a caminar a la tardecita, le gustaba el olor de la tierra húmeda y el viento que se escapaba entre las hojas de la alameda.
El día que nací llovía muchísimo, y por la ventana del sanatorio entraba ese aroma tan particular que nos identifica hasta ahora. La tierra mojada significa el inicio de la vida….
Para mis 15 años me regaló cien calas de colores. Yo desperté y estaban desparramadas por todo el dormitorio. Después las dejamos secar, las pisamos e hicimos esencias para la casa. Las flores son la felicidad….
Cuando le conté sobre mi primera vez preparó café molido. Nos sentamos en la hamaca del patio y mientras mi voz entrecortada narraba lo que había pasado con ese chico, ella tomaba el café e inspiraba profundo, sin poder creer que su nena había crecido. El café es la maduración….
Y si a alguien le debo mi amor por Gucci es a ella. Nunca me dejaba salir de casa sin las dos gotitas obligatorias del mejor perfume que se pudo inventar. Teníamos uno en cada armario, uno dentro de la guantera del auto y uno escondido de repuesto. Era pecado quedarnos sin nuestra botellita de 50cc.
Eso es el buen gusto, lo que nunca nos faltó ni a mamá ni a mí.


María Albertina

Una quimera, o un árbol enano. Así me sentí siempre. La dueña, en carne y pelos, de un cuerpo que seguro fue impostado, porque sino quién me explica el tiempo y la fuerza de voluntad que precisé para conocerlo, adaptarlo, manipularlo. Igualita a tu mamá, decían esos que opinan aunque nadie les pregunte.
Cuando me daba cuenta quería gritar, romper el espejo, razonar que no. Yo era una mujer de fin de siglo, tozuda y desfachatada, el pichón de mochilera que, con los años, asombraría a la familia; mientras que mi madre era la administradora de lo nimio, abocada a lo irrelevante, sin posibilidad de opinar, con miedo a enfrentar a esas hijas tan diferentes.
Durante mucho tiempo, la sentí ajena. Renegué de su burbuja protectora y me fui, atormentada por el impulso adolescente de querer cambiar el mundo. Saboreé una libertad amarga, que a decir verdad siempre había tenido, y entonces comprendí. Fue cuando lo cotidiano se volvió una carga, una burla ante la que me sentí impotente. En mi deferencia, no deje que mi madre me enseñara a lidiar con esos embrollos diarios que complican los sueños que algún día supimos conseguir.
Así que volví, dispuesta a escucharla. Ella entendió y, sin preguntar, comenzó a explicarme los cómo y el porqué de las rutinas obligadas.
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viernes, 5 de marzo de 2010

Mi ex

María Carolina
Cuando una relación no da para más, creo que hay poner el cartelito de “the end” con letras de molde y redirigir la mirada hacia otro ángulo de la vida. Siempre lo dije y lo creí una opción inteligente. Pero con Gonzalo me dolió.
Gonza era un dulce. Cuando tenía ganas, si; pero lo era. Tampoco se puede ser un dulce las 24 horas de los 30 días del mes. No lo justifico, pero soy conciente de que el hombre perfecto no existe.
Mis hermanas lo consideraban el tipo ideal para mí. Yo, que amaba a Gonza, no me cansaba de explicarles que las relaciones son muy complejas y no se trata de combinaciones exactas de piezas. No era como jugar a los rastis o al dominó.
Durante los cinco años que duró nuestra relación, tuvimos un noviazgo sin peleas existenciales, con proyectos reales que se iban modificando según la coyuntura, y con una enorme pasión puesta en todas las cosas que hacíamos juntos. Si, si: en todas.
Así y todo, llegó un momento en que lo nuestro se fue por la borda. No viene a cuento el porqué, pero fueron varios meses que naufragamos, a los tumbos, como Tom Hanks en la balsa de madera. Sin rumbo seguro, como quien va a algún lado, pero sin conocer el puerto al que arribará. En medio de esa incertidumbre de no saber qué necesitábamos, me dejó.
Y ahí, con un telón negro de fondo y letras enormes color cielo, lo vi alejarse por un camino diferente al mío.

María del Pilar

Si en una clase escolar, la profesora pediría la línea histórica de mis últimos 15 años de vida, se vería una perfecta curva deprimente. Depresiva. Horrorosa. La línea se desdibuja para dar paso al declive, y a la lucha intensa por volver a una vida normal, recta.
Hay alguien que, cual arquitecto ideal, se empecinó en diseñar mi ruina. Construyó cada uno de mis odios, instaló la bronca en todas mis arterias, e hizo de mí una mujer resentida.
El día que tiré sus inmundas ropas por la ventana sentí la plenitud en la piel. Misión cumplida. Con vos, nunca más. No voy a negar que fue una decisión difícil, de esas que te comen la cabeza muchos años, hasta que tu propia dignidad te empuja a hacerlo. Te dejan de importar las apariencias, los comentarios en voz baja de los vecinos, dejás de forzar una familia perfecta que nunca existió.
Recuerdo que se fue sin chistar, creo que ni siquiera se despidió de su hija. Un auto rojo lo estaba esperando afuera del country, y nunca más lo trajo de regreso. Después vinieron las audiencias conciliatorias, la división de bienes, el psicólogo para Huerto y la frustración de darte cuenta que por 15 años fuiste el trapo de piso de un tipo que nunca alcanzaste a conocer.

María Albertina

Acaso es sólo el referente de las historias que se mezclan en mi retina, en mi memoria vaqueteada por tanta telenovela basura narrando finales imposibles que quisiera fueran míos. Mi ex es siempre el mismo. De todos los que asomaron la nariz, es el único referente de amor inapropiado. Inapropiado para mi, inconveniente para él. Y el cariño en otra historia.
Aburrida de evocarlo en cada tarde somnolienta, fastidiada de revivirlo en las frases sueltas de algún libro tapa blanda de autores postergados, supe que si no lo olvidé fue porque no quise enterrarlo. Nunca lo odié, ni lo extrañé. No se me ocurrió pasar por las etapas de duelo que ordena la psicología, categorías que se burlan del dolor de uno fundiéndolo con el de otros miles de ineptos que no saben como seguir después que le martillaron el futuro.
Con el tiempo entendí que, mi ex, era ese muñón de pasiones atrofiadas que me recuerdan que sólo porque yo te quiera vos no tenés que quererme. El impulso por el cual renuncié a los ideales que venía forjando desde que asumí mi rol de oveja verde en el prolífico rebaño familiar. Mi vulnerabilidad hecha persona. Inapropiado para mí. El príncipe de mi cuento maravilloso, blandiendo la espada cada vez que se me antojaba apremiarlo. Inconveniente para él.
Yo me negaba a ser, ante todo, sumisa. Él no podía llevar peso extra en su camino al éxito, en su afán de estabilidad, en su sueño de burguesía ostentosa con casa de tejas y living de terciopelo. Así que un día no llamó, y yo nunca le reclamé.

María Julia

Iba caminando por centro, mirando tiendas y algunos hombres que todavía lucen un bronceado perfecto, cuando el reflejo de unas de las vidrieras me muestra la terrible noticia. Mi ex, con su nueva novia, se acercaban hacia el negocio en el que yo estaba; mis ganas de correr sólo terminaron en hacerme la distraída, darme media vuelta y tras un par de peripecias marchar hacia la otra punta de la peatonal.
Mientras recuperaba mi andar tranquilo, pensé en que la mayoría de las mujeres tenemos una especie de trauma con los ex; no queremos verlos, ni saber de ellos; mucho menos conocer a la nueva novia. Y aunque debo reconocer que pasé por estas etapas con mis otras relaciones, con el último este sentimiento es multiplicado por 5.
Aún no se si es por sus interminables arranques de celos que lo hacían el hombre más insoportable del mundo, o por su retrogrado machismo que me hizo llevar con él una interminable lucha de poder entre géneros. No lo sé, lo único que puedo decir con certeza es que desde que nuestra relación termino, nunca más quise saber de él. Las consecuencias fueron meses de soportar miles de preguntas por parte de mis tías, que lo adulaban por ser lindo.
En fin, aunque intente analizarlo no termino de entender lo que genera la mala relación con los ex, por lo que decidí retomar mi hábito de mirar vidrieras y algunos lindos chicos, mientras me repetía para mis adentros: -Pobre de la chica que ahora lo tiene como novio, o es muy buena o muy boluda!

María Guadalupe

Me sentí una tonta. Poco experimentada, desencajada, vacía. Tan breve en mi condición de mujer. Ellas amontonaban historias, alguna gritaba cuando recordaba una extravagancia o hablaba bajito para que no escandalizara lo que estaba contando que de por sí, era de no creer. Y yo, como una estúpida, calladita la boca.
Es que no tengo ex, porque soy mujer de un sólo hombre. Lo que no era un problema hasta la cena de amigas del sábado y cruz diablo por lo que voy a decir, pero ahora me remuerde la conciencia esta incertidumbre. Sí, esta sensación espantosa de no tener referentes como las otras.
Ellas dicen: porque tal en la cama era un león, y aquel la tenía así de chiquita, y fulanito me trataba como una princesa y mejor ni las hablo de ése porque era lamentable.
Entonces yo ahora miro al santo de mi marido con el mismo amor de siempre pero me pregunto con un dolor de estómago terrible si él – que también es hombre de una sola mujer – no se hará las mismas infelices preguntas.
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