domingo, 5 de septiembre de 2010

Encuentros del tercer tipo


María Carolina
Salí tras una librería perdida, en una zona de la ciudad por la cual casi nunca suelo andar. Era el cumple de mi amiga Vero y quería regalarle algo especial: una vieja edición de su libro preferido.
Caminando esas callecitas desconocidas para mí, llegué al lugar en donde me encontraría la sorpresa de mi vida. Rodeado de libros, entre estantes repletos y mesas atiborradas de palabras, estaba ÉL. El paso del tiempo no había hecho mella en su belleza, las canas le sentaban de mil maravillas, sus ojos negros se mantenían aún tan vívidos como antes y la sonrisa era la misma que recordaban estos ojos que, atontados, no podían dejar de observarlo. Francisco: mi profesor de literatura de cuarto año de la secundaria. Un bombonazo precioso que ante mis ojos de adolescente de 16 años resultaba el tipo más atractivo del mundo.
Ninguno de los eternos seductores que lograron, tarde o temprano, encantarme con sus frases hechas, pude llegarle ni siquiera a sus talones. Él estaba más allá del bien y del mal: por él conocí a los mejores relatores de historias y las poesías asomaron en mi biblioteca de adolescente. Francisco, el inalcanzable, el de la palabra justa, era el único tipo que jamás me traicionaría.


María del Pilar
No estaba convencida de acompañar a mis amigas al encuentro de solos y solas que organizaba una cadena de hoteles. Siempre ese tipo de citas obligadas me parecieron patéticas. Pero no había grandes planes para la noche de viernes, así que entre fumar un cigarrillo sola en el patio y hacerlo con las chicas mientras disfrutamos la vergüenza ajena, opté por lo último y fui con ellas.
Había hombres para todos los gustos. Los que se perfumaron hasta el nudo de la corbata, los que intentaron un look casual pero murieron en el intento, los que se peinaron con gel y los que no tenían pelos para peinar. El tímido que nunca se paró, el centro de la fiesta, los galanes, los anti galanes y los que miraban por sobre el vaso de whisky, seduciendo cuanta cosa pululaba por el lugar. De todo, como en botica.
No la estábamos pasando mal, al fin y al cabo nunca encontramos en este tipo de fiestas nuestra media naranja. Hoy no sería la excepción. Fuimos por diversión y sin grandes expectativas, pero cuando la noche estaba llegando a su letargo, se arruinó totalmente. Ahí estaba Miguel, mi ex marido, en el medio de la pista, bailando lentos con una nena, apenas unos años más grande que Huerto. Sentí que la vena que cruza el cuello resaltaba en la piel, las miradas de los conocidos en mis hombros y las susurradas por debajo explotaban en mis oídos. Le di la espalda a tan calamitosa escena, hasta que una mano conocida intentó acariciarme el cuello. La quité con las garras de una leona, me paré y huí de ahí. En el camino a casa me indigné, lloré, reí mucho y me consolé pensando que lo mejor fue separarme de un tipo así. Pobre Miguel, qué triste es no bancarse la soledad dignamente, qué triste.


María Guadalupe
- Con doña Josefa.
- Pero no la conozco, mamá.
- ¿Cómo no? ¿Te acordás de Claudita, que iba con vos a la escuela?
- ¿Claudita Rivas?
- No, la hija de la portera, que vivían acá en la otra cuadra.
- Ella era más grande que yo.
- Bueno, pero iban a la misma escuela, ¿o no?
- Sigo sin saber quién es Josefa.
- Escuchame: la mamá de Claudita, la portera que se llamaba Inés, tenía una hermana. Capaz te acordás: trabajaba en el almacén de Don Tito.
- No me acuerdo.
- Sí, la que vestía siempre de negro porque quedó viuda de joven. Que los domingos pasaba con el canasto de la limosna en la misa.
- No me acuerdo. ¿Y Josefa?
- La cosa es que esta hermana de Inés una vez me vendió un numerito de una rifa que organizaba la Iglesia para juntar fondos porque una tormenta tiró abajo el techo de la capilla del barrio…
- Ay mamá por favor, andá al grano.
- Bueno: yo gané el premio de la rifa. Vos eras muy chiquitita. Era un pasaje para dos personas para ir a la Virgen de la Medalla Milagrosa.
- Ponele.
- Tu padre no me quiso acompañar, así que fui con la tía. Y te llevé, claro. En el viaje vos ibas de asiento en asiento y alguien tuvo la mala idea de regalarte un caramelo. De esos, cómo se llamaban… sí: los media hora. Te ahogaste. Ay qué susto, qué desesperación. Te puse patas para arriba y después de varias palmadas te lo hice escupir.
- ¿Y Josefa?
- Fue la que te dio el caramelo. Le duró tanto la culpa que por años te trajo regalos para tu cumple. Hasta que se fue a vivir a otra ciudad. Y esta mañana vino de visita, la encontré en el super.
- Mami, sería tan práctico que empieces a contar las historias por el final…


María Julia
-¿A que no sabés con quién me encontré? Me dijo Ana.
Yo obvio que no tenía ni idea de que me hablaba; mucho menos me iba a imaginar que esa persona que se había cruzado era ni más, ni menos que mi Ex..
-No sabés, está cambiado. Se ríe, hablaba de todo un poco, ahora estudia y trabaja.
Mientras Ana me contaba, una vocecita interior me hablaba del pasado: “Pensar que cuando salía con vos no quería compromisos; y pasaba de bohemio a dejado de un momento a otro. Sin hablar de sus aires de machista que terminaron arruinando la relación.”
-Está hecho todo un hombre- seguía repitiendo Ana.
-Julia ¿me escuchás?- gritó ella. –Si, Ana, pero como estabas hablando pavadas no te seguí el tema.
Ya no me interesaba nada que tuviera que ver con él, y toda esa conversación sólo se reducía al comentario de: ¿a que no sabés con quién me encontré?


María Albertina
Debe ser de algún golpe en la cabeza. O pura incapacidad. La cosa es que siempre disocio a las personas que recién conozco: o me acuerdo de la cara o retengo el nombre, las dos cosas: No.
Cada vez que empiezo una oración diciendo ¿sabés a quién me encontré? Termino haciendo de mimo en un intento por explicar el color de pelo, la altura, el lugar donde lo conocí, la relación con esa persona. Mis amigas se arman de paciencia. Empiezan a tirar datos hasta que dan el blanco. Jamás soy yo la que dice el nombre por primera vez. Es sintomático. Frustrante.
Lo mismo me pasa al revés, hay veces que recuerdo el nombre pero ni idea de cómo es físicamente la persona. FB es mi enemigo en esto. Tengo los pedidos de amistad pendiente durante meses, hasta que se me ocurre preguntarle a alguien si no es también conocido suyo, o veo algún comentario en otro perfil y logro hacer la asociación.
Soy un desastre, lo se. Pasó eternamente por inadaptada, mala onda, asquerosa. Me reclaman el saludo, no caen en la mentira de que soy miope. Y por supuesto, nadie cree mi verdad: que soy incapaz de recordar nombre y cara, todo al mismo tiempo.
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lunes, 30 de agosto de 2010

Moda con olor a naftalina


María Albertina
Las considero cruzadas del siglo veinte. Guerrillas que luchan contra hábitos perniciosos, contra modas estratégicamente encausadas para fines de lucro e implementadas a través de argumentos que rondan la estética y la practicidad.
Primero fueron las pinturas con plomo, que dejaban la pared de casa como living de revista. Después les tocó a los aerosoles, con su capacidad inherente de aumentar el agujero de ozono. Ahora, el turno es de las bolsas. Se trata de una declaración bélica contra el polietileno, el polipropileno y cualquier ileno que ande suelto y se atreva a portar manijas.
Siempre me llamó la atención que mi abuela lavara los vasitos de yogur o los tarros de mermelada, me llevó tiempo entender que lo hacía porque antes los envases (para cualquier cosa) eran difíciles de conseguir y hasta las galletitas se vendían sueltas. Crecí en la época donde llevar al mercado tu propia bolsa era ridículo, groncho, no-práctico. ¿Para qué molestarte si en el super te regalan bolsitas plásticas? La moda desactualizó los carritos y todos empezamos a sufrir de la espalda con tal de no romper el mandato.
Llevó casi dos décadas de concientización y una pérdida de recursos innumerable el hacer que esta moda, pase de moda. Pero todos hemos crecido y hoy, por suerte, cada vez somos más los gronchos orgullosos.


María Carolina
Llega una altura de la mes en la que, quiera o no, necesito ordenar mi ropero. No es que desborde de ropa, pero no sé que capacidad oculta tengo que en determinado momento, por más que doble la ropa con cuidado y la coloque en el lugar correspondiente, un día ya no tengo más espacio. Los pulloveres se reproducen, las camisas reciben visitas o los pantalones se ensanchan: algo sucede allí adentro que me hace tener que ordenar periódicamente.
En ese sacar/doblar/poner/cambiar de lugar, siempre me encuentro con algunas joyitas que sigo conservando, aunque el tiempo transcurra. Como ayer, que me encontré con ese lindo fuseau rojo, de tela tipo can-can, que usaba en mi adolescencia bajo el vestido bobo o los remerones gigantes. Esos que creo aún hoy me deben quedar grandes.
Pensé que alguna vez había salido a la calle con eso, en esa intento de comerme el mundo que tuve en mi adolescencia (¿Quién no?). Quizás hasta habré intentado conquistar algún chico. Si, de esos que ni me miraban…
Me recordé vestida así. “¡No sé como alguien habrá podido resistir el encanto de ese fuseau rojo!”, pensé mientras intentaba detener mi risa, incontenible, y seguía ordenando el resto del cajón.


María del Pilar
Soy una de las tantas no bendecidas por la naturaleza en tema capilar, del millón de mujeres que no tiene definido lacio o rulo. Mi pelo es crespo, rebelde y angustiosamente amorfo.
Es raro que lo use suelto, ni siquiera es digno de llevarlo en media cola. Una sola vez intenté plancharlo, pero quemé las puntas y lo arruiné aún más. Mi pelo es, de todo la estructura, lo que menos cuido. Estoy resignada a tener que llevarlo así, no hay dieta o gimnasia que pueda mejorarlo.
Por eso, sólo existe un accesorio de cabello que uso todo el tiempo. Huerto dice que es pasado de moda, pero no encontré con los años un reemplazo que esté a su altura. Tengo varias, de diversos colores, y las voy adecuando según la ocasión. Después de tantos años de uso, las bananas de plástico ya son parte de mi identidad.
Soy consciente de que hay hebillas modernas, invisibles sofisticados y pelucas que superan ampliamente mi calidad capilar. Pero tomarme el pelo con una banana no tiene precio, ni comparación. Queda todo acomodado en su lugar, no se caen los flecos ni esos pelitos rebeldes que nacen en la frente. No asfixia el cuero cabelludo, ni patina con el paso de las horas. Y, lejos de ser egoísta, deja lucir los aros u otros adornos que nos pongamos en las orejas.
Por eso, y por tantos beneficios más, me considero una gran defensora de la banana de plástico. Aunque mi hija insista en que ya debo guardarlas en el placard junto a los jeans tiro alto.


María Guadalupe
Virgen santísima. Por esa cadena de coincidencias poco gratas, el viernes fui a visitar a Mariana y mientras revolvía unos cajones buscando pilas para el control remoto encontró un cassete VHS. Eran de su fiesta de 15 años. A los cinco minutos el play nos condenaba a un pasado con polleras escocesas demasiados cortas, borcegos negros acordonados y camisas con volados. Yo, para seguir restando glamour, tenía el pelo batido con intento frustrado de jopo. En un momento me enfocaron de cerca y me pareció ver que tenía una cadenita con una cruz enorme colgando del cuello que se sacudía al ritmo del cucumelero. En ese momento me pregunté qué diablos veía yo en el espejo por aquellos tiempos. Y entendí las veces que mami gritaba: sacate eso que van a pensar que no tenés madre! Ay mi dios, cómo podía salir una así a la calle, tan feliz y tan espantosamente a la moda.


María Julia
Es así, la moda es una trampa siniestra en la que como muchas mujeres suelo caer. No hay argumento, lecturas o discusiones en tono feminista, que me hagan razonar a la hora de entrar en este mundo de consumo.
Sobre todo cuando en ésta hay muchos colores, lana en invierno y polleras cortas en verano, o cuando la moda trae consigo animal print, zapatos altos y medias negras.
En fin, debo admitir que tengo pasión por las actualizar mi guardarropas.
Pero lo peor que me pudo pasar como consumista es comprarme algo y que a las semanas pasara de moda.
Había comprado una bandolera fucsia en pleno invierno y me encantaba, no solo por que amo los colores fuertes; sino sobre todo porque era lo más de ese invierno.
Pero para mi desgracia, esperé demasiado en comprarla y en menos de tres semanas empezaron a aparecer en las vidrieras los bolsos llenos de flores, característicos de la primavera. Por lo menos me consuelo con el dicho que dice “todas las modas vuelven”.
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domingo, 22 de agosto de 2010

Amor-dazadas


María Julia
¿Qué es el amor? me pregunté. Pero no el amor de una amistad o el amor que existe entre una madre y su hijo; sino el amor entre un hombre y una mujer. Ese amor que según mis amigas es el que todavía no encuentro.
Y para responderme dejé de lado mi feminismo y mi gusto por los hombres; e intenté sincerarme con este tema.
Porque realmente ¿qué es? Será ese cosquilleo que siento cuando la persona que me vuelve loca me besa el cuello, o justamente será esa sensación de volverme loca por alguien; será amor estar con alguien que además de pareja es amigo y compañero de vida; será amor los besos apasionados en el banco de una plaza o serán los besos rutinarios de una mañana cuando salimos al trabajo.
Porque ¿qué esperamos del amor cuando suspiramos por él?, esperamos un novio de esos que le pedimos a San Antonio, o esperamos pasión a flor de piel, también podemos esperar un compañero o alguien de quien sentirnos orgullosas porque además de buen amor, es querido por la familia.
O será que el amor es todo eso, sin tantas vueltas y pretensiones, con escasez en algunos aspectos y abundancias en otros. Sin rodeos, solo aquello que nos hace sentirnos un poco más completo.


María Albertina
Había leído suficientes novelas como para tener idea de la sensación de desamparo que –decían- provoca conocer al amor de tu vida, la media naranja, el dueño de tus suspiros. Pero en mis diecisiete años bien puestos no había conseguido sentirme así. Ni cerca. Los escasos noviecitos de ocasión (elegidos por mis amigas) sólo sirvieron para sacarme dudas respecto de cómo era un beso, qué se sentía que alguien te llame todos los días, etc. Lo único que conseguí, fue ahogarme de hartazgo frente a un extraño que me quitaba tiempo que podría haberlo dedicado a algo más interesante que tomarnos de las manitos y hablar de la vida de otros.
Ya entonces entendí que el romanticismo y yo no estábamos del mismo lado. Me soñé libre, mochilera, eterna desaliñada. Y entonces, una tarde de verano, me topé con un tipo intransigente y alegre que me desencasilló el futuro y me encadenó el corazón. La lucidez me alcanzó para darme cuenta que mientras yo quería dedicarme a la ayuda humanitaria, él soñaba con un ama de casa que cuidara de tres hijos bien prolijos y educados en colegios religiosos. Fue cuando supe que el amor no era cambiar por él, ni él por mi. Amor era aceptarlo lejos, viviendo su propio sueño.


María Carolina
La panza llena de mariposas (no por habérmelas comido) y un nerviosismo inusitado, fuera de lo común en mí. Pienso, pienso, pienso… le doy vueltas al asunto y no puedo sacar de mi cabeza esos pensamientos. Mi mente se ve asaltada por las mismas imágenes una y otra vez.
Imagino situaciones, posibles desenlaces. Modifico escenas que ya sucedieron. Estoy pendiente. Mariposas. Pensamientos. Nervios. La película que se desarrolla en mi cabeza. Bastante más abriboca que lo habitual.
Esos momentos en que conocí a alguien con el que se produjo cierta “química”, con el que coincidimos al menos en cuestiones coyunturales de la vida, me llené de algunos de esos síntomas. O de todos a la vez. Cuando el encuentro se produce, cuando no sabés cómo va a seguir (o si va a seguir), cuando tenés las fichas puestas, me surgieron veinte preguntas al mismo tiempo. “¿Le gustará el rock? ¿El cine francés? ¿Será muy estructurado? ¿Nos volveremos a ver?”
Y allí, en medio de la tormenta de interrogantes, rodeada de destellos de curiosidad y ansiedad, intento ser fuerte y negármelo a mí misma. Pero, inevitablemente, me nace el mayor de los misterios: ¿será amor?


María del Pilar
Yo sé que tengo un gran amor, el más genuino y el que va a durar toda la vida. El lazo eterno que me une a esa persona a la que parí con todas las letras y por la que vivo cada día. Ella es Huerto, mi hija preadolescente, con su carácter ciclotímico tan propio de su padre y los mil complejos heredados de su mamá.
Amo su risa cuando mira dibujos animados, y su bronca cuando le hago regalos en el día del niño. Intenta convencerme que ella no es más una nena, aunque sabe que esa batalla la tiene perdida. Si no hay nada más lindo que sentarla en mi falda y escuchar sus primeros desamores, o peinarla antes de que salga a tomar algo con sus amigas.
Algún día ella va a ser mamá y entenderá mi preocupación, mis miedos y mi felicidad constante. Mientras tanto, reniega de mis asomadas a la puerta cada vez que la pasan a buscar, de las preguntas acerca de su círculo de amigos, la reelectura a las carpetas de la escuela y la obsesión por la dieta sana:
Mamaaaaaaaaaa!!!!!- así de amoroso es su grito- nunca va a haber en esta heladera un paquete de salchichas??!!!
Huerto- respondo con paciencia- comete una ensalada de frutas que es más nutritiva y tiene menos calorías.
Al instante, escucho que la puerta de su dormitorio se cierra con fuerza, la música sube a todo volumen, y hasta mañana no nos hablamos.
“Así son los hijos”, pienso resignada mientras voy en el auto, buscando un puesto de panchos.


María Guadalupe
Mamá dice que Dios es amor. Mi maridito opina que me deje de joder con la cursilería. Susana, la almacenera de la esquina, lo resume en el mate con café con el que despierta a su hija todas las mañanas.
Yo me pongo romántica: el amor es una perilla que algo o alguien activa. Entonces la vida implota en el centro del pecho. Y la onda expansiva se vuelve río furioso, sin diques de contención, que nos arrastra a otras orillas... Pero no me funciona la poesía. Mi noción del amor me vuelve vulnerable. Me siento una mujer en riesgo de morir ahogada.
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domingo, 15 de agosto de 2010

Piiiiiiiiip…entre la ansiedad y la decepción


María Guadalupe
A mi maridito lo conocí en una de las quermeses de fin de año del Club Avellaneda. Fue un latigazo. De esos que dejan la piel en carne viva. Como la marca con la que sellan al ganado. Así: hasta la muerte. Me enamoré digamos.
El me pidió el teléfono. Claro que en esa época nadie tenía celulares, así que memorizó el fijo de la casa de mis papás. Esperé un mes entero que llamara.
Enero fue larguísimo, sufrí como nunca el calor, extrañé el colegio, leí sin concentración un tonto libro de Danielle Steel. Y me volví adicta al *124.
Miraba tele bajito porque tenía miedo de no escuchar el teléfono. Me daba urticaria que mi mamá se colgara hablando con la tía Blanca. Cada vez que sonaba la emoción era pesada y gorda como un sapo atragantado en mi garganta. Pero lo que más me envenenaba era la voz estéril de una mujer en el contestador que siempre decía lo mismo: no hay mensajes nuevos.
Hasta que llamó no más cuando mamá hablaba con la santísima tía Blanca: dos horas para organizar un rosario por la salud del amigo del vecino de la sobrina de mi papá o algo así. *124. El dijo: Hola María…Hola... Hola. Tu-tu-tu. Son esos pocos momentos de la vida en que uno no sabe –literalmente- si reír o llorar. Lloré, claro.


María Julia
Usted tiene un nuevo mensaje, repetía la vocecita de mi contestador y efectivamente así era. La intriga me mataba, pero llevaba 10 minutos tratando de escucharlo.
Primero seguí paso a paso la indicación de la voz en off: “ingrese su clave y al finalizar oprima la tecla numeral”. Pero después de haber echo por 5ta vez lo que me indicaba la voz, seguí sin poder pasar al siguiente paso.
 “La clave ingresada es incorrecta; por favor ingrese su clave nuevamente y al finalizar oprima la tecla numeral.”
Quería gritar, había perdido toda mi racionalidad; pero me empeñé en ser yo la que ganara esta cruzada incoherente contra la tecnología. No había modo que algo tan diminuto pudiera hacerme batalla, era mi último intento, o llegaba al paso en el que ingresaba el 1 para escuchar el mensaje o tiraba el aparato a la mierda, a pesar de saber que si hacía esto último iba a terminar arrepentida.
Fue así que después de haber perdido por completo la paciencia, de estar al borde de tirar el celular al piso, después de sufrir, odiar y gritar por haber fantaseado con que era una cita que me había dejado un mensaje para salir esta noche; después de tanto pude al fin entrar al mensaje. Sólo para descubrir que éste era de mi mamá para ver si a la noche quería ir con ellos, a cenar.


María Albertina
Sería más fácil si en lugar de un pip alguien gritara ¡¡calláte de una vez!!, así por lo menos me entrarían ganas de hacerle la contra y comenzaría a hablar. Pero no, resulta que los contestadores te reciben con la computadora recordándote el número que justo, justito acabas de marcar, o peor todavía: escuchás la voz de tu amigo y cuando abrís la bocaza para saludarlo caes en la cuenta de que es la maldita máquina coreando “te comunicaste con la familia vayaasabercuanto, en este momento no estamos, por favor, deja tu mensaje y te llamaremos”.
Uno y otro recibimiento me provocan la misma reacción: cuando se supone que tengo que hablar sólo logro balbucear dos o tres incoherencias, la cara se me pone como tomate aunque nadie esté escuchando y corto la comunicación puteándome en jerigonzo, tratando de aceptar que mi incapacidad para dejar un mensaje en el contestador es tema tesis para cualquier psiquiatra.


María Carolina
Después de un día agitado, cargado de una innumerable cantidad de minuciosidades que, en el contexto, alteran la paciencia del más cauto, lo mejor que puede pasarme es volver a casa. A la paz de mi hogar. Sin nada que me impida hacer lo que tengo ganas de hacer. Léase: cambiar la ropa del mundo exterior que traigo puesta por la del mundo interior (puede ser el buzo más viejo que tengo o un vestido cómodo, según el momento), poner música agradable para mis oídos. Una vez cómoda me dedico a prender la tele tras alguna película que no voy a seguir hasta el final e intercalaré con el noticiero, cocino, leo… en fin, lo que el tiempo depare.
En medio de esa rutina, escucho los mensajes del teléfono fijo. Mi contestador cumple una función importante porque no suelo atenderlo, excepto que sepa que alguien va a llamar. El resto de los mortales puede ubicarme al celular, excepto esos días en que tampoco tengo ganas de atender.
Este viernes, agotador y caótico por demás, apreté la tecla con curiosidad: el aparatito me indicaba 25 mensajes, varios más que mi promedio diario. ¡La novela de las tres capitulada! Mi hermana María Cecilia, tras una discusión con su marido, quería saber lo justo de su accionar. Comenzaba con “Caro, me peleé con Roberto…”, y un lagrimeo. El último: “¿no que al final yo tengo razón?”. Los 23 del medio no puedo relatarlos: “después la llamo”, pensé, mientras calentaba pizza y terminaba el último capítulo del libro que estaba leyendo.


María del Pilar
Estimado cliente, su compañía telefónica informa que la línea será suspendida por tiempo indeterminado, debido a la alta morosidad que se registra en sistemas. Solicitamos además, regularice su situación dentro de los próximos 3 días hábiles, de lo contrario su nombre se verá reflejado en el sistema nacional de deudores. Lo saludamos cordialmente.
¿Tres días??!!! ¿Cómo cuernos hago juntar más de 400 pesos en 3 días??!!! Imposible. Yo lo lamento por ellos, por haberse tomado la molestia de llamar para dejar ese mensaje insulso, agradezco los saludos cordiales y que me llamen estimado cliente, pero…de este bolsillo no sale un peso para pagar un aparato que no se usa.
El teléfono fijo es historia pasada, los mensajes de texto y las llamadas en el momento al celular, desplazaron al aparatito de grandes botones y tubo ultra pesado. Así que, querida compañía telefónica, las amenazas de figurar entre los morosos, a esta altura, no me hace ni cosquillas. Procedan como corresponde, yo no escucho un mensaje más.
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domingo, 8 de agosto de 2010

Marías bajas calorías


María del Pilar
Vivo a dieta. Es un estado natural y harto masoquista en el que subsisto desde que tengo 16 años. Todo lo delicioso no lo puedo comer y mi pirámide nutricional está carente de harinas y calorías. Podría pasarme horas mirando el merengue con dulce de leche que reluce en la vidriera de la panadería, o el sticker de la pizza calabresa que pegué en la heladera para los ratos de ansiedad, pero el orgullo puede más, y termino masticando el tallo de apio fresco.
No estoy enferma ni tengo alteraciones alimenticias, la cruda verdad es que intento todo el tiempo ser la mejor alumna de Adrián Cormillot. Tengo los tomos completos de las enciclopedias que su padre confeccionaba en los años noventa, lo escucho atentamente todas las mañanas, le envío mails con consultas bobas, pero que él responde con desbordes de simpatía, y hace varios meses que tomo clases de tap para conquistarlo en cualquier momento. Esos faroles (si, faroles…aunque suene antiguo y pasado de moda) son irresistibles y no hay torta de chocolate que pueda competir con el Dr. Cormillot desfilando su ambo blanco.
Por eso vale la pena el sacrificio. Por él, que nos aconseja y nos ayuda a imaginarnos que un plato de ensaladas verdes es un verdadero manjar. Gracias Adrián, brindo por vos con un buen vaso de Coca (Light, obvio).


María Guadalupe
Odio los que se compran un alfajor Bagley blanco y negro y lo acompañan con una Coca-cola zero. Me fastidia cuando mi compañera de trabajo almuerza una hamburguesa con mayonesa light. Me aburren las personas que antes de comer una barrita de cereal leen cuántas míseras calorías tiene. Me parece patético que mi maridito le ponga edulcorante al café sólo cuando lo acompaña con una porción de torta. Nunca acepto un chicle Beldent sin azúcar.
Porque si hay algo que me indigna es la gente que cree que se cuida con esta sarta de productos livianitos y en verdad sólo regulan la culpa de llevarse cosas gordas a la boca. Y me revienta sobre todo que digan que están a dieta porque cocinan las papas fritas con aceite libre de grasas trans. La dieta es otra cosa.


María Julia
Las dietas son en mi vida tan innecesarias como el viagra; o sea que he vivido y sigo viviendo sin meterme en ese mundo desconocido para mi.
No leo esa sección de la revistas, ni escucho cuando discuten cual es la que más efecto a corto plazo tiene, tampoco me interesa levantar banderas en contra de ella (como algunas de mis conocidas que lo hacen). Las dietas son simplemente algo intransigente en mis 30 años.
Sin embargo las dietas desmedidas fueron y son un problema para muchas mujeres; fui testigo de esto en la secundaria; fui una cómplice, sin quererlo, por no decir nada.
Hoy a más de 10 años de haber terminado la secundaria, esa compañera aún sufre en su cuerpo los efectos de una dieta extrema.
Yo, consciente de esto, cuando los jeans empiezan a apretarme prefiero salir a correr dos veces a la semana, que ponerme a hacer alguna dieta como la de la luna.


María Albertina
No puedo. -No quiero-. No resisto.
Sé que debo consumir menos carne. Optar por cereales, legumbres, verduras y frutas que provengan de mercados locales donde no utilicen pesticidas ni químicos. Estoy conciente que debo negarme a las golosinas sintéticas que arruinan el mundo y mi dentadura. Reconozco que es imperativo consumir sanamente para que las generaciones venideras no sufran nuestro derroche.
El problema, es ponerlo en práctica. Dejar de lado el lomito de cada día. Reemplazar la fritura nocturna que derrocha aceite y ensancha la cadera. Ladear la cara cuando paso frente al kiosco.
Es un eterno conflicto entre los mandamientos de mi gula y los preceptos de mi credo verde.
(Y es que todo esto, se parece demasiado a una dieta.)


María Carolina
Mi mayor debilidad gastronómica tiene nombre y apellido: Selva Negra. Imaginarla es hacer que mi sentido del gusto se agudice. Mis papilas gustativas comienzan a trabajar con sólo nombrarla.
Más que nunca, esta semana la selva negra me persiguió hasta en sueños: Morfeo me presentó en pleno proceso de preparación de una de ellas. Otro día, me soñé llevándome a la boca un par de cucharadas repletas de chantillí y virutas de chocolate y una infinidad de escenas de lo más variadas… Si la imaginación no tiene límites, los sueños menos.
En los últimos cinco días noté que las tres confiterías que encuentro de camino hacia mi trabajo aumentaron notoriamente la exposición de este tipo de postres.
La gota que rebalsó el vaso fue anoche. Fui al cumpleaños de un compañero de trabajo y su esposa, una diosa del arte culinario, apenas me vio entrar lanzó un: “Menos mal que viniste, porque hice una selva negra que te morís cuando la probás”. No pude ser tan descortés: tuve que probar una enorme porción que me seducía desde el plato.
Siempre es igual: cada vez que decido empezar la bendita dieta de la luna, las selvas negras salen a perseguirme por la vida.
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domingo, 1 de agosto de 2010

Comprar con bolsillos del tercer mundo


María Julia
¿Me lo compro? Mmm….Es la pregunta que me ha acompañado toda mi vida. Cuando tenía alrededor de 7 años mi mamá me preguntaba que quería: un peluche o una Barbie; y ahí empezó mi cuestionamiento sobre qué me compro.
Cuando llegué a aproximadamente los 10 año, la decisión pasaba por comprar chocolate o chupetines (estos últimos me convenían porque me daban más), ahora mi medida atravesaba una cuestión de cálculos.
Pero fue después de cumplir los 15 que empezó el martirio en mi cabeza de la interpelación a la que más respuesta le di. La pregunta constante casi siempre referida: a ropa, accesorios, carteras o zapatos; transitaba ahora por las respuestas que apaleaban a ver: el precio, la utilidad, la ocasión en que lo iba a utilizar, la calidad, la moda y etc.
Y eso sin meterme en la cuestión de haber comprado algo y unos días después verlo más barato o peor aún, ver que no me gusta como me queda.
Una pregunta tan pequeña que genero más respuestas de las imaginadas y hasta una propaganda. ¿Se acuerdan? La de la tarjeta de crédito. En fin una pregunta, mil respuestas y un problema hasta ahora que yo, generalmente, suelo no resolver.


María Albertina
Mientras cortaba la torta de cumpleaños, le recé a la pachamama. Fue una tonta forma de pedir disculpas, pero también, la única que se me ocurrió cuando evoqué la oración que supo abrumarme en otras épocas.
Confieso ante (la) Dios(a) (naturaleza), y ante vosotros hermanos (ecologistas), que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión.
Por mi culpa, por su culpa, por la gran culpa que me quedó atragantada cuando le entregamos a papá, como obsequio, las alpargatas de carpincho que él tanto deseaba pero resistía de comprarse para no escuchar mi rosario de argumentos verdes.
Había prometido no arruinar el momento con cara de pocas pulgas. Apelé a una sonrisa digna de colgate y me repetí mentalmente cada uno de los silogismos conformistas que inventé mientras pagaba el regalo elegido bajo presión de mis hermanas.


María Carolina
Apenas lo vi, me sentí atraída. No puedo evitar mirarlo. Me cuesta horrores disimular, pero no puedo pasar cerca suyo sin dedicarle algunos minutos a su belleza evidente. Y bueno… No siempre me sucede, pero tengo mis momentos de debilidad. Como todas.
Esta última semana, pasé ciento de veces por delante de él. Ya hasta me está empezando a dar cierta vergüenza: creo que todos los que suelen estar a su alrededor comienzan a darse cuenta de que estoy transitando demasiado por esa vereda.
Como dije, no me pasa seguido. Esta vez caí, dejando en exposición mi costado más frágil. Lo observo con atención, pero disimulando ante los demás, y sufro como una condenada a muerte porque no sé si podré tenerlo junto a mí. ¿Existirá esa posibilidad? ¿Será que somos el uno para el otro?
No sé qué es. Pero me gusta. Me gusta tanto que tal vez mañana, cuando otra vez transite ese camino que nos separa, tome coraje y me acerque.
Me gusta. Creo que lo quiero. Y si… yo también soy débil, aunque trate de mostrarme fuerte: ese vestido negro de modal me está volviendo loca. Mañana cuando pase, meto la mano en mi cartera sin pensarlo demasiado, saco la tarjeta y me lo compro. Total, lo pago en cuotas.


María del Pilar
Una mujer separada, madre de la pre adolescente más difícil. Una mujer que en los ’90 tuvo todo lo que deseaba, pero que el nuevo siglo llegó con divorcio y austeridad. Una mujer a la que le sobra buen gusto, pero le faltan plásticos dorados. Una mujer así, entra en pánico cada vez que debe decidir entre un par de botas o pagar la cuota de Internet, o comprar make up de segunda calidad y ahorrar más de la mitad del dinero, o una de esas bases minerales que te dejan la piel de porcelana, pero el bolsillo exprimido.
Sufre cada una de mis venas y mi mente no soporta la idea de dudar entre comprar o no comprar, porque quiero todo lo que veo. Quiero las carteras que usa la Presidenta, la bijou de Mirtha, los stilletos de la Alfano y el novio de mi vecina (bueno, eso no se compra, pero si tendría todo lo anterior, sería una mujer irresistible).
Y mi ex marido sabe cuál es mi lado débil, por eso la cuota alimentaria alcanza sólo para eso: alimentos y supervivencia básica. No hay margen ni para comprarnos ropa interior digna.
“Pilar, buscate un trabajito”, me dicen las chicas del country. No es mala opción, de última sería por unos meses hasta que mis cuentas salgan del rojo. Pero no sirvo para las habilidades manuales, no sé coser, ni bordar, ni siquiera abrir la puerta para ir a jugar. Los locales comerciales no emplean mujeres mayores de 40, así que descarto esa posibilidad. Y, a menos que baile en el caño en un boliche nocturno, las oportunidades laborales escasean, así que seguiré viviendo de la lacra que nos deja el padre de Huerto por mes, descartando encantos a la fuerza.


María Guadalupe
Él es de los que no entienden que una necesita comprarse ropa. Y digo: “ne-ce-si-ta” . No estoy hablando de “querer”, ni de sumar modelitos para combinar, sino de que hay momentos, como éste, en el que uno abre el ropero y no tiene qué ponerse.
Bueno, sí, es una exageración, porque los cajones siempre explotan. El punto es: cuánto sirve de esa mezcolanza de remeras, jeans, sweaters. Poco. Obvio que no tiramos nada, porque nos da cosita, porque siempre creemos que esa camisa aguanta un uso más y van…
La cuestión es que ayer, mientras fritaba las milanesas, le dije a mi marido que me tenía que comprar una campera nueva. Y no sé -ahora que lo pienso- porqué una hace estos comentarios como si estuviera pidiendo permiso, como si no supiera lo que se viene.
- ¿Otra campera?- dijo.
- ¿Otra campera?- le respondí yo con ese tono de incredulidad tan femenino. No le hablé más pero mi cabeza hervía más que el aceite: porqué no mete sus ideas entre las perchas y mira cuántas tengo. A ver si le cae la ficha de que ésa, la negrita, tiene tres largos inviernos encima, el corderito de adentro con los pelos duros, los puños deshilachados y como si fuera poco lleva la aureola de un pucho que alguien apagó sobre mi espalda.
Así que esa misma tarde fui y me compré una nueva. El estímulo: mi indignación. El precio: 50% más caro de lo que le dije a él. El logro-gran logro: gastar sin culpa.
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domingo, 25 de julio de 2010

Ropa para fiestas, una decisión crucial


María Julia
Tenía una fiesta, pero la pregunta ¿qué me pongo? no era esta vez un inconveniente; ya había imaginado con anticipación el conjunto ideal para la ocasión.
Tranquila, sin desesperarme, casi convencida de que el asunto estaba resuelto. Intenté no perder la paciencia, y seguí en el trabajo más difícil. El de pintarme los ojos para que quedaran más grandes que de costumbre, cerca de parecerse al de alguna modelo.
Venía pensado desde hacia varias semanas y en mi mente quedaba perfecto; era ideal para una noche de levante.
Lamentablemente nunca sufrí tanto como en el preciso momento en que al probarme el vestido, las botas, la camperita de hilo y el chal nuevo, que en mi imaginación tan bien combinaba, el espejo pareció pegar un grito de horror. Era tan feo todo puesto en conjunto, que podría compararse con esos dolores menstruales que aparecen el primer día y te doblan en la cama.
Pero ya no había otra, la culpa había sido mía por “no probarme las cosas antes” -como dice mami. Así que decidí cambiar mi salida y en lugar de una fiesta con hombres arreglados, me calcé un jeans y una camisa escocesa y llamé a Ana.

Terminé la noche en un café literario discutiendo y charlando sobre el voto femenino, escuchando a un corajazo que se animó cantar una de Silvio y segura de que el morocho que estaba en la mesa de enfrente, esta noche se acostaba conmigo.


María Albertina
Ir de verde era redundante. Sintéticos: imposible!!! Algo natural: seda. Y no demasiado extravagante, cosa de volver a usarlo. No vaya a ser que terminaran señalándome como adicta a la nueva tendencia del fast-fashion.
Era la primera vez que me invitaban a la cena de gala de la Asociación por el Cuidado del Ambiente. Qué ponerme, se volvió una decisión de carácter trascendental.
Después de dar trescientas vueltas al asunto, terminé vistiendo como mi abuela. Eso sí: respeté todos y cada uno de los preceptos de un buen ecologista.


María Carolina
Cumpleaños número 10 de la mayor de mis sobrinas. En todos los eventos de los pequeños atravieso el mismo conflicto, que es el de elegir qué ropa usar para ser la menos criticada del lugar.
La escena se repite: tía soltera, sin hijos, llega a la fiestita de su sobrina, donde todos los padres más o menos de la misma franja generacional están rodeadas de sus retoños y sus señoras esposas. La claqueta entra en acción: escena 10, toma ya vivida. ¡Acción!
Si el atuendo es clásico, siempre alguna buena mujer me dirá: “ay, nena, vos siempre así vestida… te vas a quedar para vestir santos”. El comentario está enmarcado en una sonrisa inocente, mientras miran a sus mariditos con un dejo de dulzura. Tienen buena onda, yo las conozco, pero ¿no podrían meterse en sus vidas?
Si me pongo un vestidito informal, aparece el otro bando. El de madres criadas en el parque jurásico: “María Carolina, ese vestido tan corto, para un cumpleaños de niños…” –Juro que usan la palabra “niños”, no nenes, pibes o chicos. Y la frase siempre la rematan con un “¿no será demasiado?”.
En fin, me parece que hoy le tocará a San Jean.


María del Pilar
El reencuentro con mis ex compañeras del colegio secundario ameritaba la máxima preparación.
Las organizadoras habían previsto una reunión informal, al mediodía, estilo campestre y relajado, lo que no obligaba a dejar el look en segundo plano, al contrario….ese tipo de eventos necesita un estilo definido, sencillo pero no casual.
Un buen par de jeans dentro de las tejanas, era la primera opción. Pero el tiro bajo no favorece mis caderas, y los más altos casi logran ahorcarme. Me decidí entonces por una pollera a la rodilla, color chocolate e insinuante por donde se la mire. Para usarla con cancanes opacos y botas de caña larga. Para arriba una camisita de corte español, un pañuelo al cuello, anteojos de sol oscuros y la mejor de mis carteras.
Esa mañana, antes de salir de casa, Huerto intentó abortar mi vestimenta, aduciendo no estar acorde a la reunión ni a mi edad. La mayoría de las veces hago caso a sus consejos, pero esta vez me creí iluminada y eterna, como la canción de Ricardo Montaner.
Ay hija….cuánta razón tenías…
Cuando llegué, sentí las miradas de mis compañeritas posadas sobe la falda de la pollera, y los ojos de sus esposos en el escote de la camisa. Me dio vergüenza, pudor…quise salir corriendo y me pregunté mil veces porqué no escuché los retos de Huerto. En fin, ya estaba ahí….tunneada por donde se me mire, sola, despechada y con una copa de champagne en la mano. Sólo quedaba disfrutar, después de todo, sigo siendo la reina de la promo.


María Guadalupe
Es la cuarta vez que abro la puerta del ropero. Y en cada intento una parte de mí espera el milagro; la otra sabe que pierde el tiempo. Conozco toda la ropa que cuelga en las perchas.
Nada me sienta bien esta noche.
Esto me lo puse veinte veces y esto no da, lo otro no me combina, aquello está pasadito de moda, el jeans es muy jeans y la pollera se me levanta porque se encogió, aunque mi marido diga que estoy rellenita.
Así que ahora llevo veinte minutos parada frente a este ropero. Ojalá fuera como el de Narnia... Miro hondo. Miro lejos. Miro sin ver.
Sé que jamás voy a encontrar el vestido que busco, sólo porque no me lo compré. Todo me parece feo. Me veo fea. Pienso que ‘rellenita’ es una palabra espantosa. No quiero salir.
A los cinco segundos mi maridito entra corriendo al cuarto. Me encuentra encerrada dentro del ropero, gritando como loca. Ríe nervioso con cara de te-mato.
A mí la descarga es lo que mejor me sienta.

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domingo, 18 de julio de 2010

Lo esencial es invisible a los ojos (y lo que no, preferible no saber)


María Albertina
Llegamos con 126 días, 13 horas y 18 minutos de diferencia. Pero nos sabemos gemelas nacidas a destiempo. Descendientes de una estirpe de brujas y herederas de su poder. En la abundante camada de mujeres que conforman nuestra familia, nos elegimos desde siempre.
No lo llamaría preferencia. Tal vez, necesidad.
Nunca nos preguntamos porqué, ni cómo. Pero ella lloró sin motivo durante los tres días en que los médicos me tuvieron en ascuas mientras esperaba el análisis para saber si yo era, o no, portadora de una enfermedad degenerativa. A pesar de que se enteró del hecho meses después, no dudó un segundo: había llorado por mí, para que pudiera mostrarme fuerte y desahogarme al mismo tiempo.
Así somos, telépatas. El día que sentí el impulso infinito de hablarle era un martes a las dos de la madrugada, pero marqué su número sin vacilar y la encontré sola, sentada en el piso del baño, atontada de felicidad por saberse madre y no tener nadie cerca con quien compartir el pedazo de plástico que por fin le regalaba un positivo.
Ni los celos de otras primas, mucho menos la distancia. Tampoco las antiguas amenazas de nuestras madres para que “compartamos con el resto”, fueron un impedimento. Llevamos la misma sangre, es cierto, pero por sobre todo, somos amigas disimuladas al límite de lo invisible, jugando a las primas y buscando, eternamente, la posibilidad de robarnos un rato a solas en los multitudinarios eventos familiares.


María Carolina
¿Será que ese bendito juego habrá determinado mi relación con los hombres? ¡Qué ironía! Sería como creer en el destino, yo que pienso que cada uno forja el suyo.
Mes de julio del sexto grado de escuela primaria. Todos abocados a escribir cartitas y pensar posibles pistas para despistar al compañero que nos había tocado en suerte: tareas propias de un tiempo que pasó.
A mí me gustaba el más lindo de la clase. Igual que a todas. Era la eterna lucha por sobresalir del montón, la aguerrida discusión con mamá para que no me hiciera ese corte de pelo que me dejaba la cara tan rechoncha, una sucesión de enfrentamientos virtuales con todas para ser la triunfadora y convertirme en la dueña de una mirada. Yo, que nunca destaqué mi carita entre el montón. Y menos en mi niñez.
Tres días de juego y algo que mi amigo invisible escribió me sugirió que el autor era el dueño de mis suspiros. Cada cartita me convencía más y más. Llegó a decirme “vos sabés quién soy, siempre me mirás”. Yo, la igual a todas, ganaba confianza a medida que el juego transcurría.
Hasta que llegó el momento de develar la incógnita. La señorita me nombró: a mí me tocaba arriesgar el posible amigo. Segura de mí misma, dije las seis letras de su nombre. Él y sus malditos amigos rieron. Me miró y me dijo: “Te engañé. Te creíste todo lo de la carta. No soy yo: tu amigo invisible es Santiago”.
Fue la primera de tantas veces en que un hombre admitiría un engaño frente a mí.


María del Pilar
Siempre supe que estaban ahí, pero la tranquilidad de saber que sólo yo las podía padecer dejaba que la vida siga siendo normal.
Al principio, cuando caí en la cuenta, cuando empezaron a nacer, me provocaron mucho dolor; pero con el tiempo aprendí a convivir con ellas. Después de todo, no era la única persona que cargaba con un par.
Lo bueno, insisto, es que nadie las veía. Ellas estaban siempre conmigo, pero no levantaban sospechas.
Fue mucho tiempo de portarlas y transportarlas, jamás les tomé cariño pero creo que los años hicieron que me acostumbre. Hasta que el orgullo pudo más, y el día que decidí echar a mi esposo de casa, ellas se fueron con él. Mis amigas invisibles decidieron dejar mi cabeza para ser el adorno de otra pobre mujer, víctima de un infiel sin remedio.


María Guadalupe
Es triste no tener imaginación. Porque la imaginación debe ser una especie de paraíso al que se puede llegar sólo cerrando los ojos. De grande me di cuenta que siempre fui una nena aburrida, que no sabía jugar sola. Jamás pude inventarme un mundo personal.
Mis muñecos no eran como los de Toy Story. Creo que jamás los doté de vida. Qué triste, pienso ahora. Nunca le confesé mis secretos al monito de peluche con el que dormía. Ni llevé de paseo al Pequeño Pony en el canasto de la bici. ¡Los Play Móvil no hablaban entre ellos, sólo juntaban zapallos de la granja! Tampoco usé mi valija de Juliana doctora para curar a las muñecas que volvían malheridas cuando las rescataba de la cucha de Popino, mi perro.
Lo mío era bien práctico. Jugaba a ser maestra y escribía la pared del fondo del patio con tiza. Juntaba latas y envases vacíos y simulaba tener una cocina de verdad. Soñaba con ser locutora: agarraba el diario y leía las noticias sobre la antena del grabador como si fuera un micrófono.
Siempre sentí que la originalidad no era mi territorio. Mi diversión era mal llamada diversión si la comparaba con los relatos de Lucía. Jamás le creí ese cuento de la amiga invisible. Pero debo reconocerlo: me daba envidia. No por esa amiga fantástica que ella tenía, sino por esa imaginación prodigiosa, de cuentos de hadas, en la que se hundía


María Julia
Me tocó, otro año más; de nuevo tuve que poner buena cara, cuando a las yeguas de mi trabajo se les ocurrió jugar al amigo invisible.
Y no es que no me guste este juego; al contrario, me encanta recibir regalos y encima tratar de descubrir de quien vienen. Pero detesto jugarlo con estas arpías, que siempre entre ellas se regalan lo más lindo, y a las que no pertenecemos al grupo de las master le dan lo más ordinario que encuentran en el mega shop.
Este año me propuse una guerra lenta contra estas odiosas, que empezó hace dos meses con las que, como yo, recibieron los peores regalos de parte de nuestras amigas invisibles.
Mi táctica es sencilla: “divide y reinarás”, así empecé mi cruzada. Resalté lo lindo de tener un amigo invisible y lo importante que es, ya que éste debe tratar de conocer los gustos de la persona a quien le toca regalar. Después mis acciones apuntaron a preponderar lo feo que fueron los regalos que nos tocaron en los últimos años y para eso tuve que pensar varias veces las preguntas; no vaya a ser que parecieran tendenciosas. Y así seguí con esta odisea que esperaba rindiera bueno frutos, y no en tantos años como le pasó a Ulises.
A mí este año me tocó Karina, y aunque se cree la Jelinek está más cerca de la Lobato. Mmmm… ¿qué le regalo? Ya sé, un chal fucsia y azul que vi en la Feria Americana, tan feo como el que me tocó el año pasado.
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domingo, 11 de julio de 2010

La mentira piadosa o el arte de vivir sin culpas

María Guadalupe
Para mí las mentiras se pueden dividir en varias categorías. Pero una solamente es imperdonable: La Mentira. Donde hay traición, engaño y humillación.
El resto son cositas que uno dice, puro chiquitaje que tienen siempre el perdón divino y carnal. Entre ellas están:
- la no-mentira: esas que no se dicen porque directamente uno oculta la verdad. Me funcionan perfectas con mi madre, yo creo que son las más saludables. Porque una no dice lo que ella no quiere escuchar.
- la mentira verdadera: es una especie de cachetada. Son perlitas que hay que tener reservadas para ese momento justo, preciso, glorioso en que le decimos a la vecina: “no me creas si no querés, pero es verdad”.
- la patas-cortas: es bastante idiota y muy jodida: siempre te descubren. Me pasó ayer. Juré que no me había comido el chocolate blanco que estaba en la heladera, y mi maridito encontró el envoltorio en la basura.
- la patológica: se registran pocos casos. A los que la tienen todo el tiempo en la punta de la lengua se los llama mitómanos. Atenti.
- la mentira piadosa: ésta es mi preferida y a mi criterio no hace falta confesarlas. Son prácticas porque evitan peleas y malos entendidos. Ejemplos hay miles: cuando voy a la peluquería siempre le digo a mi marido que gasto la mitad; cuando olvido pagar un impuesto llamo y reclamo porque la factura no me llegó y las veces que se me quema la comida le echo la culpa al teléfono que justo sonó.
- y mentime-que-me-gusta. A ésta la detesto.


María Julia
Me prometí a mi misma mejorar algunas cosas, y entre ellas la principal era no mentir tanto. Decidí comenzar esta batalla personal contra mis intenciones de desligarme de algunos compromisos a través de las mentiras, por más mínimas que éstas sean.
Pero ahora me encontraba en el dilema entre: mentira piadosa vs. corazón dolido. Y la culpa no era mía. ¿A qué hombre se le ocurre preguntar después de tener relaciones si había estado bien y si me había gustado? Y esto me generaba tomar una decisión inmediata. O le rompo su orgullo y seguramente un poco el corazón diciendo que: para ser sincera había sido un desastre; o rompo mi promesa de alejar de mi vida las mentiras por más piadosa que sean.
La respuesta debía ser rápida, mi razón no me ayudaba a decidirme; hasta que al fin salieron varias palabras de mi boca: ¡Estuviste bárbaro; mejor imposible!
Mientras mis labios largaban estos vocablos que yo aún no entendía, mi conciencia un tanto desorbitada no terminaba de saber si alegrarse o consternarse.
Y bueno ¿qué le puedo hacer? Después de todo no son tan malas las mentiras, si son piadosas.


María Albertina
La mentira piadosa es adictiva. Soy testigo. La vi crecer. De renacuajo inofensivo a sapo deforme de verrugas, el trecho es corto. Por lo menos para el mentiroso, que de pronto se encuentra con que tiene en sus manos un anfibio desagradable que salta hacia cualquier lado y exige más y más farsas para seguir existiendo, ahora ya, por propia voluntad.
No sos cualquier mina, me dijeron alguna vez. Y podía llegar a ser cierto, renacuajo escurridizo. Lo que pasa es no tengo claro qué hacer con mi vida, escuché después, adivinando un batracio de piel lisa y colores brillantes. Si nuestro destino es estar juntos seguro nos volvemos a cruzar, sospeché entonces, cuando el sapo era sapo y la verdad huía a los saltos.


María Carolina
Está bien: no está bueno engañar a las personas que nos importan… pero hay mentiras más graves que otras.
Anoche me llamó una de mis hermanas para contarme que tenía visitas: sus suegros y un cuñado estaban en su casa por unos días. “¡Uf, qué suerte!”, pensé para mis adentros.
Mi hermana pretendía que yo le ayudara con la comida para el sábado a la noche, quería que yo modifique el eje de mi vida para salvaguardar sus actividades culinarias y familiares. Era gruñirle y tratar de hacerle entender que tener más de 30, ser soltera y sin hijos, no implica no tener una vida; o inventar una buena excusa, imposible de suspender (mentirle, o sea), para no entrar en discusiones eternas.
“Imposible, hermana querida”, le solté. “De mil amores lo haría. Pero estoy sumamente complicada. El viernes tengo horas extras en la oficina y sábado a la mañana un curso de capacitación. Por la tarde me espera ansioso el lavarropas, mi departamento con todo el desorden semanal, y el tipo que me arregla la compu… Es el único momento que encontré en que pueda prescindir de ella”, enumeré al teléfono casi, casi sin respirar.
“Ok. La llamo a mamá”, escuché del otro lado.

Y si. Algo de culpa sentí…


María del Pilar
El padre de Huerto o mi ex marido, llámese como más cómodo le sea, tenía como principal defecto, en su lista de innumerables, ser una persona a la que no le gustaba gastar dinero. Tacaño, avaro al máximo nivel.
La ropa justa y necesaria, dos pares de zapatillas, un par de zapatos para salir y un perfume de mediana calidad que traiga de regalo la espuma de afeitar eran todos los elementos que contenía su parte del placard.
Totalmente lo opuesto sucedía de mi lado, y eso era motivo de discusión permanente. Hasta, me atrevo a decir, una de las causales del divorcio. Para él ir de compras era pérdida de tiempo, y que el resumen de la tarjeta de crédito devele gastos mensuales en más de 10 locales, un crimen.
Por eso, y como última opción antes de ser asesinada por el que en ese momento se decía mi esposo, decidí “dibujar” los números. La medida adoptada fue ir personalmente al supermercado, con la calculadora en la cartera y la astucia para adquirir todos los productos que figuraban de oferta, o los de menor calidad y precio. De esta manera y a simple vista, el gasto en alimentos no había variado, tampoco faltaban provisiones en la alacena, y mucho menos en la heladera. Nadie se percataba sobre qué ingerían a la hora del almuerzo, y yo iba ahorrando ese dinero para mi bolsillo.
Fueron varios meses de juntar monedas y billetes sobrantes en el supermercado, para invertirlos en carteras, perfumes y zapatos. Con este truco inocente, el matrimonio había mejorado, los reproches mermado y el resumen de la tarjeta también.
Pero, todo lo bueno tiene su final. Y el mío llegó el día en que Miguel descubrió que el jamón crudo serrano provenía de un matadero del Gran Buenos Aires, y que sus vinos finos habían sido rellenados desde una damajuana.
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domingo, 4 de julio de 2010

Adicción celular


María del Pilar
Me negaba a ser dependiente de un aparatito. Estaba convencida que no agregaba valor a mi vida, y que evaluar modelos a la hora de comprar era tema de alienados.
Pero desde que mi hija Huerto, para mi ingreso a las 4 décadas, me regaló uno, no puedo separarme de él. Según sus ideas de adolescente yo estaba muy sola, necesitaba canalizar mis horas libres con algún entretenimiento moderno y fácil de usar. Al principio la miré con enojo, hubiese preferido esas botas animal print que vimos en el shopping; pero con el correr de los días fui encontrando el encanto del aparatejo.
Y ahora soy una adicta. Instalé Facebook, MSN y Twitter. Mi agenda de contactos puede competir con la de cualquier chica botinera del momento y la bandeja de entrada rebalsa de propuestas, decentes e indecentes. Bajé reggaeton y música tecno para usar como ringtone. Saco fotos. Filmo. Estoy totalmente modernizada y adaptada a la nueva cultura celular.
Amo ser omnipresente, y que me puedan ubicar a toda hora y en todo lugar. Lo llevo conmigo de compras, a la peluquería, al gimnasio, al spa. Puedo sonar desquiciada, pero se ha convertido en la extensión de mi mano derecha, y creo que no puedo pensar mi vida sin él.
¡Ups, qué tarde se hizo!! Es hora de mandar Horóscopo al 2020.


María Guadalupe
Es tan infantil, que desorienta. Mi marido no tiene vicios, ahorra hasta el agua que cae de la canilla y sólo habla cuando tiene algo para decir. Imposible aburrirse con él, siempre lleva la contra en sus ajustes de perfección. Pero con el celular muestra las costuras desgarradas.
El primer teléfono que tuvo era largo, pesado (en el sentido amplio de la palabra) y lo llevaba colgando del cuello con una correa. Lo bauticé como perro salchicha. A éste y a la decena de celulares que pasaron. Salchicha lo sigue y lo persigue. O viceversa.
“Dale de comer a Salchicha que tiene hambre”, le digo cuando escucho las campanitas del teléfono que anuncia que se queda sin batería. “Otra vez perdiste a Salchicha”, le grito fastidiosa cuando se quedó nomás sin batería y no lo puede encontrar. “Que cierre la boca Salchicha o lo tiro por el inodoro”, lo amenazo cuando nos sentamos a comer y él sigue con los jueguitos de fútbol. Cuando me saca lo invito a meterse a Salchicha en el hueco poplíteo.
Los dos me tienen harta. Los dos, porque ese teléfono cobró vida. Salchicha será un perro inteligente, tendrá alguna que otra virtud comunicacional, pero hipnotiza a mi marido hasta dejarlo opa. Y yo, que no todavía sigo enviando mensajitos de texto con mi nokia 1100, nunca voy a entender estos amores perros.


María Julia
No sé como es mi vida con el celular, pero si se como es sin él.
Me pasó el fin de semana, cuando después de ir a comer a lo de mis papás el sábado al mediodía, me dejé olvidado por descuido el celular entre lo almohadones del sofá. Obviamente no me di cuenta de la falta del teléfono hasta el sábado a la tarde, cuando lo busco para empezar a organizar la salida de la noche.
Fue en ese instante de desesperación, en el que no lograba encontrarlo, cuando me di cuenta de lo importante que se había vuelto ese aparatito en mi vida.
Ni cuando decidí irme a vivir sola, que mamá llamaba todo el tiempo para ver como estaba o si necesitaba algo; esos instantes en que creía que mi paciencia iba a explotar por el aire a causa de los acosadores mensajes maternos en el buzón de voz; ni en esos momentos, sentí tan fuerte como ahora mi dependencia hacia mi pequeñito teléfono.
¿Y quién puede culparme? En esa pequeñez están guardadas las entrevistas de la semana, los teléfonos de la familia, de amigas y de varias conquistas, están mis canciones favoritas, mi linterna y hasta mi único despertador. ¿Quién puede culparme por ser tan adicta a él, a mi teléfono, a mi mejor aliado para conseguir una buena cita? Después de todo sólo quedaban una pocas horas para organizar una buena salida.


María Albertina
Hace diez años, mi habitación era ese lugar sacro donde al cerrar la puerta empezaba lo más íntimo del día. Leer, escribir, hablar con mis hermanas, era el hábito que consolidaba la rutina. Al entrar, me sacaba los zapatos en un gesto de desparpajo con el que me sacudía obligaciones, dudas y enojos. Las malas vibras, no tenían permitido el ingreso a mi templo nocturno.
Década mediante, he perdido esa capacidad. Y gran parte de la culpa, la tiene el endiablado teléfono celular.
Ante este aparatito, sufro síndrome de abstinencia. Prescindir de él no está permitido. No es factible que la batería se acabe. Puedo no atenderlo, no contestar mensajes ni revisar mails si así lo indica el momento y la buena educación. Pero no contar con el registro de quien me llamó mientras tanto, cuantas veces lo intentó, o hasta para qué, es impensable.
En 2010, mi habitación es también la oficina, la obligación nocturna de revisar –al menos una vez por el semana- el perfil facebook de mis amigos, el lugar donde llegan los avisos de medianoche diciendo te escribo ahora para no olvidarme mañana. De templo ya no tiene nada. Allí duermen conmigo, compartiendo almohada, todos los problemas del día.


María Carolina
Anoche salí con mi amiga Flor: la pasamos bárbaro, pero me acordé de Bell, su mamá, y todos los que le siguieron a lo largo de la historia. Hasta llegar al que tuvo la ocurrencia de que el teléfono sea móvil.
“Vieja, ¿a qué no sabés de dónde te estoy mandando mensajes de texto?” parafraseaba para mis adentros, mientras Flor intentaba un diálogo mediante insistentes mensajitos con el de la mesa de enfrente. Mirada tras mirada, ella había logrado que el tipo pase delante nuestro y, como quien no quiere la cosa, le deposite una servilleta con un garabato formando su número telefónico. Ni lerda ni perezosa, Floringui agendó y empezó ahí nomás la conversación.
Charlamos de todo, bebimos lo suficiente como para entrar en sintonía sin perder el hilo de la conversación, miré cuanto espécimen masculino se me cruzó por delante (sin perder la compostura, claro…), devolví atenciones y sonrisas. Siempre interrumpida por el bendito celular, que iluminó toda nuestra salida nocturna.
Mi celular forma parte de las cosas que llevo de un lado a otro, por cuestiones de la vida misma (llámese mi familia, mis amigos o mi trabajo). Pero no vivo pendiente del aparatito. Y no puedo aguantar que cuando estoy con un grupo de gente, haya alguien que esté más atento a su celu¸ olvidando por completo lo que sucede a su alrededor.
Repito: la pasamos bárbaro. Excepto por el estado adolescente de Flor y su teléfono, fiel escena del tiempo que nos toca.
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domingo, 27 de junio de 2010

Empezar el gym, el eterno amague


María Carolina
Todavía sigo creyendo que existen las “prendas mágicas” dentro de mi ropero. Sí, las prendas mágicas: los jeans que simulan una cola ultra levantada, las remeras que se adhieren al cuerpo evitando que se marque lo que no debe marcarse.
El tema es que los años pasan. Y no vienen solos. No puedo caracterizarme como gorda (tampoco flaca, claro), pero inevitablemente las tres décadas y yapa que llevo encima se ensañan en mostrarse en mi cuerpo. Y eso que alguna vez oculté con una buena remera (resultado de un diagnóstico previo de mi ropero), hoy resulta una operación un tanto más compleja.
Nunca fui una obsesiva del aspecto físico, pero debo reconocer que jamás me resultó indiferente cómo me veía. Eso sí: siempre odié los gimnasios. Ese desdén infinito hacia las que no entrábamos en el target de chica sport, esa necesidad de estar en pose constante mientras se hace gimnasia, esos tipos mirándose los abdominales mientras los ejercitan, provocaron en mí un rechazo absoluto a esos lugares. “Los gimnasios le provocan claustrofobia”, dice una amiga cuando algún musculoso nos entrega un volante de promoción.
Este último verano, mis treintitantos me empujaron a resolver que éste debería ser el año en que me inscribiría en el gimnasio de la vuelta de casa.
Y bueno… acá estoy, esperando la llegada del invierno. Tal vez el lunes próximo.


María del Pilar
Me encanta ir al gym. De hecho, hace 25 años que lo hago. Es una de mis terapias preferidas, mi cable a tierra, mi desconexión ideal con el resto del mundo.
Ni el mejor sexo se compara con correr media hora sobre la cinta, para luego hacer varios kilómetros de bicicleta fija y terminar vibrando sobre la plataforma que publicita Pamela David. Altamente recomendable, este aparato se encarga de tonificar todos los músculos del cuerpo al mismo tiempo que una hace abdominales miles.
Y para completar una buena sesión de gimnasia, lo ideal es un baño de sauna seco, que nutre la piel, nos hace perder grasas por cuanto poro existe y logra un nivel de relajamiento increíble.
Son dos horas a la semana que toda mujer argentina merece tener para mimarse el cuerpo y el alma. Nos olvidamos de la ropa que dejamos tendida, del menú para la cena de esta noche, de que los chicos ensuciaron el sillón de pana blanca, de los reclamos maritales, del perro, del gato y del lorito. Una con el universo en perfecta conexión.
Por eso decidí que en el mes del aguinaldo, voy a invertir el de mi ex esposo en este aparatito, que además de ser un viaje al placer, no posee contraindicaciones. Así, lo puedo tener todos los días en casa, usarlo cuando lo necesite y que me haga vibrar cuantas veces se me antoje. El marido ideal.


María Guadalupe
La culpa la tuvo la primavera. Con los calorcitos una empieza a deshojarse un poco de tanta ropa encima y descubre agregados. Quizá mis treinta tampoco me sentaron bien, no sé.... yo esa vez me enemisté conmigo como cuando tenía 15 años. Aunque en ese tiempo deseaba que la naturaleza sea generosa y ahora la prefiero mezquina.
No importa. La solución estaba a la vuelta de casa: el gimnasio. Así que pasé una tarde a buscar los horarios. Me dieron una fotocopia aburrida y pálida sobre la que hice círculos sobre los planes que me gustaban.
Salía $90 el mes. El folleto decía: “all inclusive”, pero como yo no sé inglés, pregunté qué incluía esa plata. Me miraron con esa cara de superados que ponemos los que vivimos en un pueblo y creemos que sabemos todas. A mí irrita terriblemente el detalle, tanto como las tienditas de cuarta que ponen: SALE en la vidriera cuando están de liquidación. Igual me dejé convencer y pagué seis meses por adelantado para tener el 10% de descuento.
Me faltaba la ropa. En lo de Martita -así se llama el local: Lo de Martita- me compré un buzo, aunque me quedé con las ganas de la calza, y dos remeras talle 4, a pesar de que yo soy talle 2. Eso por pensar siempre en qué dirá mi maridito.
Estaba lista. El lunes a las dos de la tarde había aeróbic. Sería mi clase 1. Aunque ese día después de almorzar me sentí llena y decidí empezar el martes con salsa. El martes hizo frío y yo no podía perderme la siesta. El miércoles me colgué mirando la novela. El jueves me dolía la cabeza, creo. El viernes ya ni recuerdo que excusa encontré.
No podía ser de otra manera: me quedé con mis agregados -¡y mis siestas!- esperando que regrese el otoño.


María Julia
Mmm… este jeans me ajusta más de lo común. Si, si, no hay duda tengo unos kilitos de más. Ay no, esta noche si engancho algo ni loca prendo la luz; ya sé voy a poner algunas velas a la entrada. Al final me sirvieron estas velas aromáticas, pensar que mamá decía que no las iba a usar para nada.
Ah, vieja, si vieras el buen uso que les voy a dar. Mmm.… este jeans me ajusta tanto que me va a quedar marcada toda la panza. Bueno por lo menos tengo más redondas las lolas, al fin algo bueno para mis amigas que siempre están flacuchas. Ya sé, aprovecho y me pongo el corpiño con encaje que me las deja bien arriba.
Ah no, no, el lunes empiezo urgente el gimnasio. ¿Qué digo? ¡Empezar el gimnasio por unos kilos de más! En qué estoy pensando, yo que proclamo a los vientos que la mujer no debe ser un objeto, ¿verme bien para quién?
Ah, pero ahora me van a ajustar todos los pantalones; mmm y estos flotadores no quedan para nada bien. ¿Como dice Cormillot? Hacer ejercicios no es sólo para verse mejor, si no sobre todo para sentirnos bien. ¿Quién puede decir ahora que me esfuerzo sólo para que los hombres me vean como un objeto sexual?


María Albertina
Cuando vi que la piel de los brazos bailaba con ritmo propio, fue que me descubrí adulta. No tengo conflictos estéticos, me acepto fea y listo. Tampoco mi glotonería se condice con un cuerpito desgarbado que no llega a los 50 kilos. Nunca presté atención al ancho de mis piernas, ni aprendí a maquillarme. Soy un desastre usando tacos y sólo sé de moda lo indispensable para evitar el ridículo. No diría que rompo el estereotipo, he conocido muchas como yo, despeinadas hasta en las mejores ocasiones.
Jamás me propuse algo tan común en mis amigas como eso de “el lunes empiezo el gimnasio”. Esta frase, dicha por mí, sería tan absurda que, antes que risa, causaría estragos. Mamá y mis hermanas correrían a tomarme la fiebre o comenzarían a hacerme preguntas sobre el estado del agujero de ozono para certificar mi salud mental.
Tal vez algún día me toque, sufra al no entrar al jeans o deseche alguna remera porque me marca los rollos. Pero por ahora, sigo adelante sin mirar el espejo más que para chequear que la pollera no esté enganchada a los calzones.
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domingo, 20 de junio de 2010

Bafana Bafana, tiempo de Mundial


María Carolina
Primero todo se cubrió de blanco, simulando una intensa nevada.
Por un minuto hice la prueba y me imaginé llegando al sur, en plena temporada alta, a punto de tomar un par de esquís. En ese momento Vero, tras un violento e imprevisto codazo, me bajó de mi sueño de invierno.
La plaza comenzó a llenarse de gente. Salieron de todos los rincones: un amplio abanico de edades, hombres, mujeres y niños componían el paisaje. Nosotras, al borde de la afonía, pero sin que nuestras cuerdas vocales nos abandonen por completo. En el descontrol, hasta llegué a hermanarme con un par de adolescentes cantando al unísono un par de cantitos desentonados.
Habíamos estado hasta hacía diez minutos en el bar de la esquina. La población era mayoritariamente masculina, pero las tres nos habíamos plantado ahí, decididas a seguir el minuto a minuto del primer partido. “Pasión es pasión”, suspiraba Vero, luego de las miradas risueñas que provocaban sus comentarios tras una jugada de riesgo.
Después llegó la palomita consagratoria del Sonry. El mensajito a mi prima que vive en Crespo, un pueblo del interior de Entre Ríos que vio nacer al dueño del primer gol del campeonato, quien nos trasmitía toda la alegría de sus vecinos vía celular. El sufrimiento porque el segundo no llegaba. Los gritos cuando todo terminó.
Y después a la calle, nevada de tanto papelito blanco. ¡Empezó el mundial!


María Julia
¡Sí! ¡Empezó! Después de ver a todos los noticieros anunciándolo, de miles de tandas publicitarias, del aluvión de merchandising, de bombos y platillos: empezó el mundial. Y aunque no me disgusta éste en sí mismo, detesto ver a los hombres como de a poco y, no tan lentamente, van perdiendo la única capacidad que los diferencia de los animales. ¡La razón!
Aunque estos se justifican diciendo que las mujeres nunca vamos a entender la atracción que ellos siente por este deporte, porque es algo que sólo “los hombres pueden entender”; yo creo que al contrario lo que no entendemos, no es el fanatismo por el fútbol, sino la pérdida vertiginosa de todo rasgo de pensamiento. Ya lo decía Sartre: La existencia precede a la esencia, y ese es el meollo de esta cuestión; “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace” y en ese hacerse se cree el deportista del año, el mejor director técnico, y hasta se profesan patrióticos por ponerse la camiseta y ver todo el partido.
Pueden no entender nada de de este deporte, pero su “condición” de hombres le da el derecho y el conocimiento necesario para criticarnos a las mujeres y tratarnos de ignorantes. Pobre de ellos que se creen el Ser y a veces están más cerca de ser La nada.


María del Pilar
Cancelé todos mis planes y actividades hasta el 11 de Julio. Inclusive el spa, el gym y las sesiones de acupuntura. Instalé la bicicleta fija en el comedor, compré toneladas de galletitas de arroz para devorar, y durante un mes pienso dedicarme a ver fútbol.
Cualquier machista puede pensar que lo hago para evaluar el nivel de libido que despiertan los jugadores y que no entiendo nada de ese deporte que se creen tan de ellos. Pero no, lo mío con el Mundial es un romance que vivimos a pleno. Desde las 08:30 que arranca el primer partido del día, y hasta altas horas de la madrugada consumo ininterrumpidamente canales que transmiten desde Sudáfrica.
Ya conozco a todos los periodistas deportivos que están allá desde hace más de un mes, estoy informada sobre la lesión de la Brujita, aprendí de memoria el Waka Waka de Shakira y pronuncio casi a la perfección los apellidos de todos los jugadores de Nigeria, Corea y Grecia.
Cuando juega Argentina nos reunimos con las vecinas a ver el partido. Ellas comentan sobre lo linda que está Susana, o de la camiseta 2 talles menos que usa Jonás, mientras yo trato de explicarles porqué le cobraron posición adelantada a Carlitos o que Demichelis es, además de esposo de Evangelina Anderson, un gran defensor. Pero las chicas hacen oídos sordos, como si las vuvuzelas le hubiesen atrofiado el cerebro.
Igual no me importa, yo me río de sus ocurrencias y sigo ahorrando para que Brasil 2014 me encuentre disfrutándolo en vivo y en directo.


María Albertina
No entiendo a los indiferentes. Me gusta el mundial. No soy futbolera, pero eso no es impedimento. Si bien el offside sigue siendo una fórmula indescifrable, yo disfruto –también- de otras cosas: la ansiedad compartida, el grito que estremece, la agitación de ver crecer una esperanza que finalice en gol, la tarde dominguera llevado a un día de semana. El momento de plantarse ante una TV y ser colega de quien esté parado al lado. Me atrae la endorfina que corre por las calles en la previa de un partido.
Y si hay algo que por estos días acaba con mi paciencia, no son las vuvuzelas ni las voces de los que tienen “la justa” para que Argentina gane. Me chocan las frases que encasillan, al estilo “la gente se anestesia y se olvida de lo importante”.
Por mucho fútbol que mire, ningún cordobés se olvida de que le están por abrir una mina a cielo abierto en medio de las sierras. Y aunque Messi meta diez goles, ni un solo gualeguaychuense dejará de estar pendiente de la causa abierta en contra de la Asamblea Ambiental o de las escuetas propuestas lanzadas por el vecino Mujica.
El fútbol es, como el mate y el dulce de leche, uno de pocos gustos argentinos que nadie se atreve a discutir. Pobre de aquel que no sepa disfrutarlo.


María Guadalupe
Día 1: El mundial trae a la rutina un poco de sobredosis. Cosas chiquitas que -nunca mejor dicho- motivan. El grito de gol que se escapa por la ventana del vecino. La foto de Messi que pegó Tato en la puerta de la carnicería. La publicidad de TyC Sport que pone la piel de gallina. El televisor que hizo poner el cura en la librería para que los empleados no nos perdiéramos el partido. Don Oscar con su camiseta de la selección con olor a naftalina. El corito de “o oo ooo oooo oooo” cuando en la cancha se entona el himno. La certeza de que en la calle no se caen ni las hojas de los árboles cuando juega Argentina.
Día 8: Me resisto a que me pasen estas cosas. Juro que revisé el almanaque a ver si estaba en “esos días”, pero ni cerca. Es vergonzoso, ni lo digan, pero les juro que este clima de mundial empieza a sofocarme. Tanta banderita, tanto marido monotemático, tanto noticiero desde Sudáfrica, tanto marido monotemático, tanta publicidad celeste y blanca, tanto marido monotemático, me están poniendo los goles de punta. Los pelos, digo. LOS PELOS!
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domingo, 13 de junio de 2010

Agua que no haz de beber...no la dejes gotear


María Albertina
Les declaré una guerra silenciosa. De batallas libradas a base de insistencia y hastío. Pero perdí. Ganaron ellas. Las dueñas de todos los Ohhh, los mirá vos, los que importante, y los falsos asentimientos de cabeza que acompañaron mis charlas y argumentos. Al final, estas amas de casas fanáticas de la limpieza, siguieron comentando el Show de Tinelli con la vecina de al lado, mientras la manguera derrochaba agua.
Pese a mi esfuerzo denodado, las Doñas que alguna vez intenté pasar a mi credo de mundo verde, no comprenden que ese –el líquido más abundante de la Tierra- puede volverse un recurso no renovable si no se utiliza cuidadosamente, se le da tratamiento, circulación, liberación.
Al principio les hablé seriamente, con explicaciones detalladas, datos de sequías, cambios de clima, etc. Después, probé con un poco más de amarillismo: enfermedades por falta de correcta potabilización, problemas de hígado, riñones y cuanto recóndito lugar de nuestro cuerpo pudiera afectarse por falta de higiene e hidratación. Finalmente, usé golpes bajos: nietos sin posibilidad de usar una pelopincho, bisnietos sometidos al racionamiento, africanitos recorriendo kilómetros por un balde con agua de pozo.
Recibí muchos aaaah, alguna que otra lagrimita, dos ofrecimientos de dinero y hasta el reconocimiento de “mirá cuanto sabe esta nena”. Pero nunca logré que usaran baldes para limpiar la vereda, cerraran la canilla al lavar los platos, o cortaran el flujo de agua antes de comentar la televonela de la tarde.


María Julia
Tic, tic, tic, hacía la canilla que no desistía de gotear; por momentos parecía que iba a dejar de soltar las pequeñas partículas que después de media hora me están empezando a volver loca. Pero no, ellas seguían cayendo como si su único objetivo en el mundo fuera hacerme levantar después de joder por horas.
Y es que aunque no toleraba el sonido que producían, más me costaba pensar en tener que levantarme en el medio del frío de mi departamento. Parecía adrede pero el acolchado en ese momento se sentía más suave que nunca, y la cama estaba tan calentita que presagiaba toda una mañana de domingo dentro de ella.
Sin embargo no pude resistirme; mis oídos parecían más agudizados que nunca. Ni siquiera cuando trato de escuchar las conversaciones de las arpías que trabajan conmigo mis oídos funcionan tan bien como lo hacían en ese momento.
Así que pese a mi mal humor por culpa de unas diminutas gotas, me levanté en medias y musculosa y fui corriendo para cerrar del todo la canilla. Con tanta mala suerte que en el apuro por volver a la cama, tropecé con los jeans que habían quedado tirados en el piso después de una noche agitada y me fui como en caída libre a la punta de la cama. Lo que generó para mi desgracia, que en vez de volver a ella a disfrutar del domingo, terminara en la guardia de la clínica con la mano recalcada.


María Carolina
Hace dos días que escucho el continuo golpeteo. No tiene fin, y yo trato de no dedicarle atención mientras estoy en casa. Cuando mi concentración se va tras el sonido, me resulta imposible no acordarme de esos relatos que escuché sobre la tortura china. Dos días escuchando el sonido enloquecedor de la gota de agua me convencen sobre los efectos psicológicos que habrán provocado.
Desarmé la canilla el primer día: la ajusté y nada. Creo que tal vez tenga que cambiarle el cuerito, que es el conocimiento más avanzado que tengo en materia de plomería.
Imagino a mamá si supiera que la canilla pierde hace dos días y no pude resolverlo:
–Pedile a tu vecino, ese de ojos lindos que parece tan amable –me diría, refiriéndose al pesado que juega a la play hasta la madrugada. O empezaría a enumerar a alguno de los hombres que me conoció y afirmaría que es una buena excusa para retomar un vínculo. O llamaría a alguna de mis hermanas, para pedir que envíen a alguno de mis cuñados.
Un mensaje de texto y la gota que vuelve a caer interrumpen mis pensamientos. Mamá pregunta a qué hora cenamos juntas esta noche: ella siempre aparece en el momento justo. Riéndome de mí misma, le escribo: “Dame unos minutos. Arreglo con el plomero a qué hora puede venir por un trabajo y te confirmo”.


María del Pilar
La noche en que la canilla ubicada debajo de la ducha comenzó a gotear sin parar, mi mente débil y exageradamente irascible entró en estado de shock. Era un sonido que retumbaba las entrañas, que no me permitía conciliar el sueño.
Por eso decidí buscar en la guía un plomero predispuesto a salir de la cama a las 03:00 AM para solucionar el inconveniente. Mínimo, dirán algunos, pero para mí era la batucada de Río sonando en mi baño. Estaba dispuesta a pagar lo que sea a cambio de que silencien esa canilla.
Llamé sin éxito a 10 profesionales de la cañería, y cuando me resignaba a pasar una noche de paranoia, logré que un alma caritativa me confirme que en ese momento salía hacia mi casa con la artillería necesaria para combatir esas inmundas gotitas.
Esperé ansiosamente unos 15 minutos, hasta que vi llegar el utilitario blanco. Respiré aliviada, y caminé rápidamente hacia la puerta. Despeinada, en pantuflas, sin maquillaje y empapada en crema de pepinos. Un horror de mujer. Él, en cambio, vestía mi debilidad en prendas masculinas: el overol azul, y una gorrita al tono que le quedaba muy bien.
Cuando me preguntó sobre el problema, comencé a tartamudear, cual adolescente nerviosa. Fuimos hasta el baño y entre tecnicismos y miradas cómplices se abalanzó sobre mi cuerpo. Mi mente pedía resistencia, pero mi sangre exigía entrega, impulso puro, sin miedo al arrepentimiento. Una vez más la segunda valió sobre la primera, se acalló el sonido del agua cayendo constantemente y la noche dejó de ser una pesadilla.


María Guadalupe
Mi marido duerme. Ronca. Ya pasaron las doce de la noche y yo sigo a las vueltas. No sé cómo una puede tener cosas -tan triviales, tan aburridamente domésticas- que hacer a esa hora. Pero sí. Vengo del patio a las corridas porque hace frío. Traigo una pila de ropa que estuvo seca hace unas horas, pero a esta altura está húmeda por el rocío. En el apuro se me cae una media, pierdo una tanga. Aunque de esto me enteraré mañana.
La cuestión es que ahora, que ya solté la ropa sobre una silla, apagué la computadora, le dí de comer a la perra y me lavé los dientes: voy a la cama.
Me acurruco junto a mi marido. Dura poco: “Correte que tenés las patas heladas”, me dice, tan dulce él. Así que giro y quedo como un bollito. Tengo sueño pero no me puedo dormir. Va a ser la una. Y yo empiezo de repente a escuchar todo. Absolutamente todo. Hasta veo sombras imposibles en la oscuridad.
Entre ronquido y ronquido, paro las orejas. No, no puede ser. Sí, ese ruidito lo conozco. No, no puede ser. No lo tengo que escuchar. Ahora meto la cabeza bajo la almohada. Pongo la mente en blanco, tomo aire por la nariz – suelto por la boca, rezo para encontrar doscientas ovejas que contar.
No. Entre ronquido y ronquido escucho un poc-poc. Y pienso en lo niños de África. Y siento que por mi culpa se derrocharán decenas de litros. La obsesión me vuelve exagerada. Ridícula. Entonces digo 1,2,3, me destapo y corro casi en puntas de pies. En dos pasos sé que me odio por levantarme. Pero sé también que no podré dormir si no voy hasta el baño a cerrar esa bendita canilla que gotea.
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domingo, 6 de junio de 2010

H-ADN: la fórmula indescifrable


María Julia
No hay caso, aunque lo intente, aunque a veces deje de lado las preguntas, las preocupaciones y hasta mis intuiciones femeninas, hay algo que aún con mis 30 años no logro responder, y es que: ¡todavía no entiendo a los hombres!
Aunque mis inquietudes no son las que en general preocupan a las mujeres. No me molesta que se vaya de mi casa después de haber tenido relaciones: mejor para mí, por que me encanta dormir desparramada por toda la cama. No me molesta que no me llamen: al contrario detesto esos hombres que no dan respiro. No me preocupa si alguien con quien salgo no se da cuenta si me arreglé más de lo común o tengo un nuevo peinado, porque si lo hago es seguro que estoy buscando cambiarlo a él.
Pero hay algo que no entiendo de ellos y que me produce detestarlos, y es que se crean el ombligo del mundo. Creen tener las claves de todos los secretos; creen ser los mejores amantes, creen poder conquistarte con palabras bobas, que los deja aún más en ridículo; creen ser lo que no son. Y en esta pose de machos y señores se pasan la noche haciéndose los cancheros, y cuando se dan cuenta de que fracasaron en su conquista, nos echan la culpa a nosotras de habernos ido: porque, como dicen ellos, somos unas histéricas.


María Albertina
No entiendo a los hombres, renegaba mi abuela. Y lo que en realidad quería decir era que no comprendía la libido, los deseos sexuales, las caricias apuradas con objetivo definido. Las mujeres no somos así, continuaba la perorata. Y nadie se atrevía a contradecirla. A desandar sus sesenta años de viudez y abstinencia obligada, cargando en el lomo con cinco huérfanos que no tenían edad ni para cuidarse entre ellos. La Iglesia dice que es sólo para tener hijos, afirmaba alzando la voz. Y así educó a las suyas: uniendo sexo a obligación marital, y placer a que te dejen en paz de una buena vez y por cuarenta días después del parto.
Cada tanto, me topo con alguna tipa intransigente que habla de ellos como seres incomprensibles, la escucho decir no entiendo a los hombres y es sólo que no comparte el gusto por el fútbol, no disfruta de los videojuegos, o no concibe que se pueda salir con pantalón rayado y camisa a cuadros, en una burla de desinterés frente a los mandatos con que la moda nos condiciona a nosotras.
En ese momento, pienso en la abuela. Y veo la diferencia de dos vidas expresadas en cinco palabras. Un no entiendo a los hombres que habla de la lucha en soledad, la incomprensión a falta de un compañero que le mostrara la otra la cara. Y otro no entiendo a los hombres, donde lo único que hay es intolerancia, cinismo a lo diferente, obtusidad frente al otro.


María Carolina
Anoche conversé con mi amiga Vero. Diálogo obligado, hablábamos de hombres.
–Y es que cuanto más me empeño en encantar a un tipo –dice “encantar” Vero y los ojos se le encienden–, lo único que logro es que no me de bola. Me pasó con Facundo, ¿te acordás? Le caía de casualidad en los lugares donde sabía lo iba a encontrar, pasaba cerca de su casa, inventaba excusas para verlo… y nada. Me di por vencida y empecé a mirar para otro lado…–y exhala aire Vero, pensando en su novio, Leo.
Ahí recordamos cuando Facundo detectó que existía. De pronto, de la nada, como si nunca la hubiese visto en su vida, él comenzó a hacerle notar su interés. Llegaba de casualidad a los lugares en donde era sabido que encontraría a Vero, le mandaba un “hola” vía MSN cada vez que la veía conectada. La halagaba por la ropa que llevaba, por las cosas que decía, por como sonreía. Buscaba coincidencias todo el tiempo. Tanto fue así que Vero lo notó y lo encaró para saber qué sucedía.
–Y me dijo que siempre había estado enamorado de mí, pero nunca se había dado cuenta… –el celular de Vero interrumpe el diálogo, con su novio avisando que la espera.
–Cuando empezó a verme con menos frecuencia, cuando me vio con otro, se dio cuenta que yo era el amor de su vida… –y mientras abre la puerta para ir al encuentro de Leo se despide, entre risas, como si estuviese anticipándose al destino– ¿Ves que nunca voy a entender a los tipos?


María del Pilar
Mientras viven bajo el ala de sus madres se acostumbran a ser dueños y señores de todo lo que los rodea. No cuelgan el toallón al salir de la ducha, jamás levantan un plato de la mesa y ni siquiera se molestan en saber cuál es el cajón de los cubiertos. Se sientan a almorzar y son servidos con los honores propios de la realeza.
Durante la adolescencia desfilan por la casa con amigos maleducados. Se ríen fuerte, escuchan música a todo volumen, devoran cuanto alimento con harina hay en la heladera, y los viernes a la noche se toman los restos de licores guardados en el mueble del comedor.
Cuando pasan los 20, dejan de lado las amistades por niñas no tan ingenuas, a las que cambian semanalmente, haciendo alarde de esto en los entrenamientos, pubs y cualquier lugar que frecuentan. Comentan entre ellos cuántas “víctimas” han pasado por sus brazos en el último mes, y suelen guardarse prueba de ello (moños de los corpiños, por ejemplo).
Así van transitando la vida. Se casan cada vez más cerca de los 30. Los que fueron “pistolas” durante la juventud, se convierten en maridos sumisos, y los que consiguieron esposa por descarte, en ejemplo de cornudos. Algunos quedan solteros y sin despegarse del cariño materno, otros se van y vuelven porque la vida no es como a los 15.
Es rara la especie masculina, pero no teman amigas, falta mucho para que estén en peligro de extinción.


María Guadalupe
Por esas cosas ridículas de la vida cotidiana por las que me digo a mí misma: “dios te salve María”.
Porque él dice “alcanzame la sal” justo cuando el tenedor me trae el primer ñoqui a la boca. Y lo dice como si fuera así, como si estirando la mano una pudiera agarrar el salero. Claro que no: el paquete de celusal está a cinco metros, en la tercera puerta de la alacena, lado izquierdo, detrás del vinagre.
Porque dice “no está mi cinto negro”. Y la verdad es que miente. Hasta con los ojos cerrados puedo adivinar adonde está. Estoy tan segura de eso como de que si él buscara lo podría encontrar. Claro que es más fácil preguntar.
Porque dice “no te olvides de comprar el pan” como si sería responsabilidad femenina, como si a él no le quedaría tan de paso como a mí entrar a La Cholita y pedir un cuarto de flautas. Claro que no: demorarlo cinco minutos lo haría perder la presentación del noticiero.
Porque dice “¿esa pollera no es muy corta?”. Y la verdad es que casi me toca las rodillas, y que “esa pollera” ya me la he puesto mil veces, y que pregunta como quien no quiere la cosa, como quien no mira piernas ajenas. Claro que no es corta.
Por esas cosas ridículas yo no entiendo a los hombres. Mi marido dice que tampoco entiende a las mujeres cuando se queda sin sal, sin cinto y sin pan. O cuando yo me quedo con mi pollera corta.
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