domingo, 25 de julio de 2010

Ropa para fiestas, una decisión crucial


María Julia
Tenía una fiesta, pero la pregunta ¿qué me pongo? no era esta vez un inconveniente; ya había imaginado con anticipación el conjunto ideal para la ocasión.
Tranquila, sin desesperarme, casi convencida de que el asunto estaba resuelto. Intenté no perder la paciencia, y seguí en el trabajo más difícil. El de pintarme los ojos para que quedaran más grandes que de costumbre, cerca de parecerse al de alguna modelo.
Venía pensado desde hacia varias semanas y en mi mente quedaba perfecto; era ideal para una noche de levante.
Lamentablemente nunca sufrí tanto como en el preciso momento en que al probarme el vestido, las botas, la camperita de hilo y el chal nuevo, que en mi imaginación tan bien combinaba, el espejo pareció pegar un grito de horror. Era tan feo todo puesto en conjunto, que podría compararse con esos dolores menstruales que aparecen el primer día y te doblan en la cama.
Pero ya no había otra, la culpa había sido mía por “no probarme las cosas antes” -como dice mami. Así que decidí cambiar mi salida y en lugar de una fiesta con hombres arreglados, me calcé un jeans y una camisa escocesa y llamé a Ana.

Terminé la noche en un café literario discutiendo y charlando sobre el voto femenino, escuchando a un corajazo que se animó cantar una de Silvio y segura de que el morocho que estaba en la mesa de enfrente, esta noche se acostaba conmigo.


María Albertina
Ir de verde era redundante. Sintéticos: imposible!!! Algo natural: seda. Y no demasiado extravagante, cosa de volver a usarlo. No vaya a ser que terminaran señalándome como adicta a la nueva tendencia del fast-fashion.
Era la primera vez que me invitaban a la cena de gala de la Asociación por el Cuidado del Ambiente. Qué ponerme, se volvió una decisión de carácter trascendental.
Después de dar trescientas vueltas al asunto, terminé vistiendo como mi abuela. Eso sí: respeté todos y cada uno de los preceptos de un buen ecologista.


María Carolina
Cumpleaños número 10 de la mayor de mis sobrinas. En todos los eventos de los pequeños atravieso el mismo conflicto, que es el de elegir qué ropa usar para ser la menos criticada del lugar.
La escena se repite: tía soltera, sin hijos, llega a la fiestita de su sobrina, donde todos los padres más o menos de la misma franja generacional están rodeadas de sus retoños y sus señoras esposas. La claqueta entra en acción: escena 10, toma ya vivida. ¡Acción!
Si el atuendo es clásico, siempre alguna buena mujer me dirá: “ay, nena, vos siempre así vestida… te vas a quedar para vestir santos”. El comentario está enmarcado en una sonrisa inocente, mientras miran a sus mariditos con un dejo de dulzura. Tienen buena onda, yo las conozco, pero ¿no podrían meterse en sus vidas?
Si me pongo un vestidito informal, aparece el otro bando. El de madres criadas en el parque jurásico: “María Carolina, ese vestido tan corto, para un cumpleaños de niños…” –Juro que usan la palabra “niños”, no nenes, pibes o chicos. Y la frase siempre la rematan con un “¿no será demasiado?”.
En fin, me parece que hoy le tocará a San Jean.


María del Pilar
El reencuentro con mis ex compañeras del colegio secundario ameritaba la máxima preparación.
Las organizadoras habían previsto una reunión informal, al mediodía, estilo campestre y relajado, lo que no obligaba a dejar el look en segundo plano, al contrario….ese tipo de eventos necesita un estilo definido, sencillo pero no casual.
Un buen par de jeans dentro de las tejanas, era la primera opción. Pero el tiro bajo no favorece mis caderas, y los más altos casi logran ahorcarme. Me decidí entonces por una pollera a la rodilla, color chocolate e insinuante por donde se la mire. Para usarla con cancanes opacos y botas de caña larga. Para arriba una camisita de corte español, un pañuelo al cuello, anteojos de sol oscuros y la mejor de mis carteras.
Esa mañana, antes de salir de casa, Huerto intentó abortar mi vestimenta, aduciendo no estar acorde a la reunión ni a mi edad. La mayoría de las veces hago caso a sus consejos, pero esta vez me creí iluminada y eterna, como la canción de Ricardo Montaner.
Ay hija….cuánta razón tenías…
Cuando llegué, sentí las miradas de mis compañeritas posadas sobe la falda de la pollera, y los ojos de sus esposos en el escote de la camisa. Me dio vergüenza, pudor…quise salir corriendo y me pregunté mil veces porqué no escuché los retos de Huerto. En fin, ya estaba ahí….tunneada por donde se me mire, sola, despechada y con una copa de champagne en la mano. Sólo quedaba disfrutar, después de todo, sigo siendo la reina de la promo.


María Guadalupe
Es la cuarta vez que abro la puerta del ropero. Y en cada intento una parte de mí espera el milagro; la otra sabe que pierde el tiempo. Conozco toda la ropa que cuelga en las perchas.
Nada me sienta bien esta noche.
Esto me lo puse veinte veces y esto no da, lo otro no me combina, aquello está pasadito de moda, el jeans es muy jeans y la pollera se me levanta porque se encogió, aunque mi marido diga que estoy rellenita.
Así que ahora llevo veinte minutos parada frente a este ropero. Ojalá fuera como el de Narnia... Miro hondo. Miro lejos. Miro sin ver.
Sé que jamás voy a encontrar el vestido que busco, sólo porque no me lo compré. Todo me parece feo. Me veo fea. Pienso que ‘rellenita’ es una palabra espantosa. No quiero salir.
A los cinco segundos mi maridito entra corriendo al cuarto. Me encuentra encerrada dentro del ropero, gritando como loca. Ríe nervioso con cara de te-mato.
A mí la descarga es lo que mejor me sienta.

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domingo, 18 de julio de 2010

Lo esencial es invisible a los ojos (y lo que no, preferible no saber)


María Albertina
Llegamos con 126 días, 13 horas y 18 minutos de diferencia. Pero nos sabemos gemelas nacidas a destiempo. Descendientes de una estirpe de brujas y herederas de su poder. En la abundante camada de mujeres que conforman nuestra familia, nos elegimos desde siempre.
No lo llamaría preferencia. Tal vez, necesidad.
Nunca nos preguntamos porqué, ni cómo. Pero ella lloró sin motivo durante los tres días en que los médicos me tuvieron en ascuas mientras esperaba el análisis para saber si yo era, o no, portadora de una enfermedad degenerativa. A pesar de que se enteró del hecho meses después, no dudó un segundo: había llorado por mí, para que pudiera mostrarme fuerte y desahogarme al mismo tiempo.
Así somos, telépatas. El día que sentí el impulso infinito de hablarle era un martes a las dos de la madrugada, pero marqué su número sin vacilar y la encontré sola, sentada en el piso del baño, atontada de felicidad por saberse madre y no tener nadie cerca con quien compartir el pedazo de plástico que por fin le regalaba un positivo.
Ni los celos de otras primas, mucho menos la distancia. Tampoco las antiguas amenazas de nuestras madres para que “compartamos con el resto”, fueron un impedimento. Llevamos la misma sangre, es cierto, pero por sobre todo, somos amigas disimuladas al límite de lo invisible, jugando a las primas y buscando, eternamente, la posibilidad de robarnos un rato a solas en los multitudinarios eventos familiares.


María Carolina
¿Será que ese bendito juego habrá determinado mi relación con los hombres? ¡Qué ironía! Sería como creer en el destino, yo que pienso que cada uno forja el suyo.
Mes de julio del sexto grado de escuela primaria. Todos abocados a escribir cartitas y pensar posibles pistas para despistar al compañero que nos había tocado en suerte: tareas propias de un tiempo que pasó.
A mí me gustaba el más lindo de la clase. Igual que a todas. Era la eterna lucha por sobresalir del montón, la aguerrida discusión con mamá para que no me hiciera ese corte de pelo que me dejaba la cara tan rechoncha, una sucesión de enfrentamientos virtuales con todas para ser la triunfadora y convertirme en la dueña de una mirada. Yo, que nunca destaqué mi carita entre el montón. Y menos en mi niñez.
Tres días de juego y algo que mi amigo invisible escribió me sugirió que el autor era el dueño de mis suspiros. Cada cartita me convencía más y más. Llegó a decirme “vos sabés quién soy, siempre me mirás”. Yo, la igual a todas, ganaba confianza a medida que el juego transcurría.
Hasta que llegó el momento de develar la incógnita. La señorita me nombró: a mí me tocaba arriesgar el posible amigo. Segura de mí misma, dije las seis letras de su nombre. Él y sus malditos amigos rieron. Me miró y me dijo: “Te engañé. Te creíste todo lo de la carta. No soy yo: tu amigo invisible es Santiago”.
Fue la primera de tantas veces en que un hombre admitiría un engaño frente a mí.


María del Pilar
Siempre supe que estaban ahí, pero la tranquilidad de saber que sólo yo las podía padecer dejaba que la vida siga siendo normal.
Al principio, cuando caí en la cuenta, cuando empezaron a nacer, me provocaron mucho dolor; pero con el tiempo aprendí a convivir con ellas. Después de todo, no era la única persona que cargaba con un par.
Lo bueno, insisto, es que nadie las veía. Ellas estaban siempre conmigo, pero no levantaban sospechas.
Fue mucho tiempo de portarlas y transportarlas, jamás les tomé cariño pero creo que los años hicieron que me acostumbre. Hasta que el orgullo pudo más, y el día que decidí echar a mi esposo de casa, ellas se fueron con él. Mis amigas invisibles decidieron dejar mi cabeza para ser el adorno de otra pobre mujer, víctima de un infiel sin remedio.


María Guadalupe
Es triste no tener imaginación. Porque la imaginación debe ser una especie de paraíso al que se puede llegar sólo cerrando los ojos. De grande me di cuenta que siempre fui una nena aburrida, que no sabía jugar sola. Jamás pude inventarme un mundo personal.
Mis muñecos no eran como los de Toy Story. Creo que jamás los doté de vida. Qué triste, pienso ahora. Nunca le confesé mis secretos al monito de peluche con el que dormía. Ni llevé de paseo al Pequeño Pony en el canasto de la bici. ¡Los Play Móvil no hablaban entre ellos, sólo juntaban zapallos de la granja! Tampoco usé mi valija de Juliana doctora para curar a las muñecas que volvían malheridas cuando las rescataba de la cucha de Popino, mi perro.
Lo mío era bien práctico. Jugaba a ser maestra y escribía la pared del fondo del patio con tiza. Juntaba latas y envases vacíos y simulaba tener una cocina de verdad. Soñaba con ser locutora: agarraba el diario y leía las noticias sobre la antena del grabador como si fuera un micrófono.
Siempre sentí que la originalidad no era mi territorio. Mi diversión era mal llamada diversión si la comparaba con los relatos de Lucía. Jamás le creí ese cuento de la amiga invisible. Pero debo reconocerlo: me daba envidia. No por esa amiga fantástica que ella tenía, sino por esa imaginación prodigiosa, de cuentos de hadas, en la que se hundía


María Julia
Me tocó, otro año más; de nuevo tuve que poner buena cara, cuando a las yeguas de mi trabajo se les ocurrió jugar al amigo invisible.
Y no es que no me guste este juego; al contrario, me encanta recibir regalos y encima tratar de descubrir de quien vienen. Pero detesto jugarlo con estas arpías, que siempre entre ellas se regalan lo más lindo, y a las que no pertenecemos al grupo de las master le dan lo más ordinario que encuentran en el mega shop.
Este año me propuse una guerra lenta contra estas odiosas, que empezó hace dos meses con las que, como yo, recibieron los peores regalos de parte de nuestras amigas invisibles.
Mi táctica es sencilla: “divide y reinarás”, así empecé mi cruzada. Resalté lo lindo de tener un amigo invisible y lo importante que es, ya que éste debe tratar de conocer los gustos de la persona a quien le toca regalar. Después mis acciones apuntaron a preponderar lo feo que fueron los regalos que nos tocaron en los últimos años y para eso tuve que pensar varias veces las preguntas; no vaya a ser que parecieran tendenciosas. Y así seguí con esta odisea que esperaba rindiera bueno frutos, y no en tantos años como le pasó a Ulises.
A mí este año me tocó Karina, y aunque se cree la Jelinek está más cerca de la Lobato. Mmmm… ¿qué le regalo? Ya sé, un chal fucsia y azul que vi en la Feria Americana, tan feo como el que me tocó el año pasado.
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domingo, 11 de julio de 2010

La mentira piadosa o el arte de vivir sin culpas

María Guadalupe
Para mí las mentiras se pueden dividir en varias categorías. Pero una solamente es imperdonable: La Mentira. Donde hay traición, engaño y humillación.
El resto son cositas que uno dice, puro chiquitaje que tienen siempre el perdón divino y carnal. Entre ellas están:
- la no-mentira: esas que no se dicen porque directamente uno oculta la verdad. Me funcionan perfectas con mi madre, yo creo que son las más saludables. Porque una no dice lo que ella no quiere escuchar.
- la mentira verdadera: es una especie de cachetada. Son perlitas que hay que tener reservadas para ese momento justo, preciso, glorioso en que le decimos a la vecina: “no me creas si no querés, pero es verdad”.
- la patas-cortas: es bastante idiota y muy jodida: siempre te descubren. Me pasó ayer. Juré que no me había comido el chocolate blanco que estaba en la heladera, y mi maridito encontró el envoltorio en la basura.
- la patológica: se registran pocos casos. A los que la tienen todo el tiempo en la punta de la lengua se los llama mitómanos. Atenti.
- la mentira piadosa: ésta es mi preferida y a mi criterio no hace falta confesarlas. Son prácticas porque evitan peleas y malos entendidos. Ejemplos hay miles: cuando voy a la peluquería siempre le digo a mi marido que gasto la mitad; cuando olvido pagar un impuesto llamo y reclamo porque la factura no me llegó y las veces que se me quema la comida le echo la culpa al teléfono que justo sonó.
- y mentime-que-me-gusta. A ésta la detesto.


María Julia
Me prometí a mi misma mejorar algunas cosas, y entre ellas la principal era no mentir tanto. Decidí comenzar esta batalla personal contra mis intenciones de desligarme de algunos compromisos a través de las mentiras, por más mínimas que éstas sean.
Pero ahora me encontraba en el dilema entre: mentira piadosa vs. corazón dolido. Y la culpa no era mía. ¿A qué hombre se le ocurre preguntar después de tener relaciones si había estado bien y si me había gustado? Y esto me generaba tomar una decisión inmediata. O le rompo su orgullo y seguramente un poco el corazón diciendo que: para ser sincera había sido un desastre; o rompo mi promesa de alejar de mi vida las mentiras por más piadosa que sean.
La respuesta debía ser rápida, mi razón no me ayudaba a decidirme; hasta que al fin salieron varias palabras de mi boca: ¡Estuviste bárbaro; mejor imposible!
Mientras mis labios largaban estos vocablos que yo aún no entendía, mi conciencia un tanto desorbitada no terminaba de saber si alegrarse o consternarse.
Y bueno ¿qué le puedo hacer? Después de todo no son tan malas las mentiras, si son piadosas.


María Albertina
La mentira piadosa es adictiva. Soy testigo. La vi crecer. De renacuajo inofensivo a sapo deforme de verrugas, el trecho es corto. Por lo menos para el mentiroso, que de pronto se encuentra con que tiene en sus manos un anfibio desagradable que salta hacia cualquier lado y exige más y más farsas para seguir existiendo, ahora ya, por propia voluntad.
No sos cualquier mina, me dijeron alguna vez. Y podía llegar a ser cierto, renacuajo escurridizo. Lo que pasa es no tengo claro qué hacer con mi vida, escuché después, adivinando un batracio de piel lisa y colores brillantes. Si nuestro destino es estar juntos seguro nos volvemos a cruzar, sospeché entonces, cuando el sapo era sapo y la verdad huía a los saltos.


María Carolina
Está bien: no está bueno engañar a las personas que nos importan… pero hay mentiras más graves que otras.
Anoche me llamó una de mis hermanas para contarme que tenía visitas: sus suegros y un cuñado estaban en su casa por unos días. “¡Uf, qué suerte!”, pensé para mis adentros.
Mi hermana pretendía que yo le ayudara con la comida para el sábado a la noche, quería que yo modifique el eje de mi vida para salvaguardar sus actividades culinarias y familiares. Era gruñirle y tratar de hacerle entender que tener más de 30, ser soltera y sin hijos, no implica no tener una vida; o inventar una buena excusa, imposible de suspender (mentirle, o sea), para no entrar en discusiones eternas.
“Imposible, hermana querida”, le solté. “De mil amores lo haría. Pero estoy sumamente complicada. El viernes tengo horas extras en la oficina y sábado a la mañana un curso de capacitación. Por la tarde me espera ansioso el lavarropas, mi departamento con todo el desorden semanal, y el tipo que me arregla la compu… Es el único momento que encontré en que pueda prescindir de ella”, enumeré al teléfono casi, casi sin respirar.
“Ok. La llamo a mamá”, escuché del otro lado.

Y si. Algo de culpa sentí…


María del Pilar
El padre de Huerto o mi ex marido, llámese como más cómodo le sea, tenía como principal defecto, en su lista de innumerables, ser una persona a la que no le gustaba gastar dinero. Tacaño, avaro al máximo nivel.
La ropa justa y necesaria, dos pares de zapatillas, un par de zapatos para salir y un perfume de mediana calidad que traiga de regalo la espuma de afeitar eran todos los elementos que contenía su parte del placard.
Totalmente lo opuesto sucedía de mi lado, y eso era motivo de discusión permanente. Hasta, me atrevo a decir, una de las causales del divorcio. Para él ir de compras era pérdida de tiempo, y que el resumen de la tarjeta de crédito devele gastos mensuales en más de 10 locales, un crimen.
Por eso, y como última opción antes de ser asesinada por el que en ese momento se decía mi esposo, decidí “dibujar” los números. La medida adoptada fue ir personalmente al supermercado, con la calculadora en la cartera y la astucia para adquirir todos los productos que figuraban de oferta, o los de menor calidad y precio. De esta manera y a simple vista, el gasto en alimentos no había variado, tampoco faltaban provisiones en la alacena, y mucho menos en la heladera. Nadie se percataba sobre qué ingerían a la hora del almuerzo, y yo iba ahorrando ese dinero para mi bolsillo.
Fueron varios meses de juntar monedas y billetes sobrantes en el supermercado, para invertirlos en carteras, perfumes y zapatos. Con este truco inocente, el matrimonio había mejorado, los reproches mermado y el resumen de la tarjeta también.
Pero, todo lo bueno tiene su final. Y el mío llegó el día en que Miguel descubrió que el jamón crudo serrano provenía de un matadero del Gran Buenos Aires, y que sus vinos finos habían sido rellenados desde una damajuana.
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domingo, 4 de julio de 2010

Adicción celular


María del Pilar
Me negaba a ser dependiente de un aparatito. Estaba convencida que no agregaba valor a mi vida, y que evaluar modelos a la hora de comprar era tema de alienados.
Pero desde que mi hija Huerto, para mi ingreso a las 4 décadas, me regaló uno, no puedo separarme de él. Según sus ideas de adolescente yo estaba muy sola, necesitaba canalizar mis horas libres con algún entretenimiento moderno y fácil de usar. Al principio la miré con enojo, hubiese preferido esas botas animal print que vimos en el shopping; pero con el correr de los días fui encontrando el encanto del aparatejo.
Y ahora soy una adicta. Instalé Facebook, MSN y Twitter. Mi agenda de contactos puede competir con la de cualquier chica botinera del momento y la bandeja de entrada rebalsa de propuestas, decentes e indecentes. Bajé reggaeton y música tecno para usar como ringtone. Saco fotos. Filmo. Estoy totalmente modernizada y adaptada a la nueva cultura celular.
Amo ser omnipresente, y que me puedan ubicar a toda hora y en todo lugar. Lo llevo conmigo de compras, a la peluquería, al gimnasio, al spa. Puedo sonar desquiciada, pero se ha convertido en la extensión de mi mano derecha, y creo que no puedo pensar mi vida sin él.
¡Ups, qué tarde se hizo!! Es hora de mandar Horóscopo al 2020.


María Guadalupe
Es tan infantil, que desorienta. Mi marido no tiene vicios, ahorra hasta el agua que cae de la canilla y sólo habla cuando tiene algo para decir. Imposible aburrirse con él, siempre lleva la contra en sus ajustes de perfección. Pero con el celular muestra las costuras desgarradas.
El primer teléfono que tuvo era largo, pesado (en el sentido amplio de la palabra) y lo llevaba colgando del cuello con una correa. Lo bauticé como perro salchicha. A éste y a la decena de celulares que pasaron. Salchicha lo sigue y lo persigue. O viceversa.
“Dale de comer a Salchicha que tiene hambre”, le digo cuando escucho las campanitas del teléfono que anuncia que se queda sin batería. “Otra vez perdiste a Salchicha”, le grito fastidiosa cuando se quedó nomás sin batería y no lo puede encontrar. “Que cierre la boca Salchicha o lo tiro por el inodoro”, lo amenazo cuando nos sentamos a comer y él sigue con los jueguitos de fútbol. Cuando me saca lo invito a meterse a Salchicha en el hueco poplíteo.
Los dos me tienen harta. Los dos, porque ese teléfono cobró vida. Salchicha será un perro inteligente, tendrá alguna que otra virtud comunicacional, pero hipnotiza a mi marido hasta dejarlo opa. Y yo, que no todavía sigo enviando mensajitos de texto con mi nokia 1100, nunca voy a entender estos amores perros.


María Julia
No sé como es mi vida con el celular, pero si se como es sin él.
Me pasó el fin de semana, cuando después de ir a comer a lo de mis papás el sábado al mediodía, me dejé olvidado por descuido el celular entre lo almohadones del sofá. Obviamente no me di cuenta de la falta del teléfono hasta el sábado a la tarde, cuando lo busco para empezar a organizar la salida de la noche.
Fue en ese instante de desesperación, en el que no lograba encontrarlo, cuando me di cuenta de lo importante que se había vuelto ese aparatito en mi vida.
Ni cuando decidí irme a vivir sola, que mamá llamaba todo el tiempo para ver como estaba o si necesitaba algo; esos instantes en que creía que mi paciencia iba a explotar por el aire a causa de los acosadores mensajes maternos en el buzón de voz; ni en esos momentos, sentí tan fuerte como ahora mi dependencia hacia mi pequeñito teléfono.
¿Y quién puede culparme? En esa pequeñez están guardadas las entrevistas de la semana, los teléfonos de la familia, de amigas y de varias conquistas, están mis canciones favoritas, mi linterna y hasta mi único despertador. ¿Quién puede culparme por ser tan adicta a él, a mi teléfono, a mi mejor aliado para conseguir una buena cita? Después de todo sólo quedaban una pocas horas para organizar una buena salida.


María Albertina
Hace diez años, mi habitación era ese lugar sacro donde al cerrar la puerta empezaba lo más íntimo del día. Leer, escribir, hablar con mis hermanas, era el hábito que consolidaba la rutina. Al entrar, me sacaba los zapatos en un gesto de desparpajo con el que me sacudía obligaciones, dudas y enojos. Las malas vibras, no tenían permitido el ingreso a mi templo nocturno.
Década mediante, he perdido esa capacidad. Y gran parte de la culpa, la tiene el endiablado teléfono celular.
Ante este aparatito, sufro síndrome de abstinencia. Prescindir de él no está permitido. No es factible que la batería se acabe. Puedo no atenderlo, no contestar mensajes ni revisar mails si así lo indica el momento y la buena educación. Pero no contar con el registro de quien me llamó mientras tanto, cuantas veces lo intentó, o hasta para qué, es impensable.
En 2010, mi habitación es también la oficina, la obligación nocturna de revisar –al menos una vez por el semana- el perfil facebook de mis amigos, el lugar donde llegan los avisos de medianoche diciendo te escribo ahora para no olvidarme mañana. De templo ya no tiene nada. Allí duermen conmigo, compartiendo almohada, todos los problemas del día.


María Carolina
Anoche salí con mi amiga Flor: la pasamos bárbaro, pero me acordé de Bell, su mamá, y todos los que le siguieron a lo largo de la historia. Hasta llegar al que tuvo la ocurrencia de que el teléfono sea móvil.
“Vieja, ¿a qué no sabés de dónde te estoy mandando mensajes de texto?” parafraseaba para mis adentros, mientras Flor intentaba un diálogo mediante insistentes mensajitos con el de la mesa de enfrente. Mirada tras mirada, ella había logrado que el tipo pase delante nuestro y, como quien no quiere la cosa, le deposite una servilleta con un garabato formando su número telefónico. Ni lerda ni perezosa, Floringui agendó y empezó ahí nomás la conversación.
Charlamos de todo, bebimos lo suficiente como para entrar en sintonía sin perder el hilo de la conversación, miré cuanto espécimen masculino se me cruzó por delante (sin perder la compostura, claro…), devolví atenciones y sonrisas. Siempre interrumpida por el bendito celular, que iluminó toda nuestra salida nocturna.
Mi celular forma parte de las cosas que llevo de un lado a otro, por cuestiones de la vida misma (llámese mi familia, mis amigos o mi trabajo). Pero no vivo pendiente del aparatito. Y no puedo aguantar que cuando estoy con un grupo de gente, haya alguien que esté más atento a su celu¸ olvidando por completo lo que sucede a su alrededor.
Repito: la pasamos bárbaro. Excepto por el estado adolescente de Flor y su teléfono, fiel escena del tiempo que nos toca.
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domingo, 27 de junio de 2010

Empezar el gym, el eterno amague


María Carolina
Todavía sigo creyendo que existen las “prendas mágicas” dentro de mi ropero. Sí, las prendas mágicas: los jeans que simulan una cola ultra levantada, las remeras que se adhieren al cuerpo evitando que se marque lo que no debe marcarse.
El tema es que los años pasan. Y no vienen solos. No puedo caracterizarme como gorda (tampoco flaca, claro), pero inevitablemente las tres décadas y yapa que llevo encima se ensañan en mostrarse en mi cuerpo. Y eso que alguna vez oculté con una buena remera (resultado de un diagnóstico previo de mi ropero), hoy resulta una operación un tanto más compleja.
Nunca fui una obsesiva del aspecto físico, pero debo reconocer que jamás me resultó indiferente cómo me veía. Eso sí: siempre odié los gimnasios. Ese desdén infinito hacia las que no entrábamos en el target de chica sport, esa necesidad de estar en pose constante mientras se hace gimnasia, esos tipos mirándose los abdominales mientras los ejercitan, provocaron en mí un rechazo absoluto a esos lugares. “Los gimnasios le provocan claustrofobia”, dice una amiga cuando algún musculoso nos entrega un volante de promoción.
Este último verano, mis treintitantos me empujaron a resolver que éste debería ser el año en que me inscribiría en el gimnasio de la vuelta de casa.
Y bueno… acá estoy, esperando la llegada del invierno. Tal vez el lunes próximo.


María del Pilar
Me encanta ir al gym. De hecho, hace 25 años que lo hago. Es una de mis terapias preferidas, mi cable a tierra, mi desconexión ideal con el resto del mundo.
Ni el mejor sexo se compara con correr media hora sobre la cinta, para luego hacer varios kilómetros de bicicleta fija y terminar vibrando sobre la plataforma que publicita Pamela David. Altamente recomendable, este aparato se encarga de tonificar todos los músculos del cuerpo al mismo tiempo que una hace abdominales miles.
Y para completar una buena sesión de gimnasia, lo ideal es un baño de sauna seco, que nutre la piel, nos hace perder grasas por cuanto poro existe y logra un nivel de relajamiento increíble.
Son dos horas a la semana que toda mujer argentina merece tener para mimarse el cuerpo y el alma. Nos olvidamos de la ropa que dejamos tendida, del menú para la cena de esta noche, de que los chicos ensuciaron el sillón de pana blanca, de los reclamos maritales, del perro, del gato y del lorito. Una con el universo en perfecta conexión.
Por eso decidí que en el mes del aguinaldo, voy a invertir el de mi ex esposo en este aparatito, que además de ser un viaje al placer, no posee contraindicaciones. Así, lo puedo tener todos los días en casa, usarlo cuando lo necesite y que me haga vibrar cuantas veces se me antoje. El marido ideal.


María Guadalupe
La culpa la tuvo la primavera. Con los calorcitos una empieza a deshojarse un poco de tanta ropa encima y descubre agregados. Quizá mis treinta tampoco me sentaron bien, no sé.... yo esa vez me enemisté conmigo como cuando tenía 15 años. Aunque en ese tiempo deseaba que la naturaleza sea generosa y ahora la prefiero mezquina.
No importa. La solución estaba a la vuelta de casa: el gimnasio. Así que pasé una tarde a buscar los horarios. Me dieron una fotocopia aburrida y pálida sobre la que hice círculos sobre los planes que me gustaban.
Salía $90 el mes. El folleto decía: “all inclusive”, pero como yo no sé inglés, pregunté qué incluía esa plata. Me miraron con esa cara de superados que ponemos los que vivimos en un pueblo y creemos que sabemos todas. A mí irrita terriblemente el detalle, tanto como las tienditas de cuarta que ponen: SALE en la vidriera cuando están de liquidación. Igual me dejé convencer y pagué seis meses por adelantado para tener el 10% de descuento.
Me faltaba la ropa. En lo de Martita -así se llama el local: Lo de Martita- me compré un buzo, aunque me quedé con las ganas de la calza, y dos remeras talle 4, a pesar de que yo soy talle 2. Eso por pensar siempre en qué dirá mi maridito.
Estaba lista. El lunes a las dos de la tarde había aeróbic. Sería mi clase 1. Aunque ese día después de almorzar me sentí llena y decidí empezar el martes con salsa. El martes hizo frío y yo no podía perderme la siesta. El miércoles me colgué mirando la novela. El jueves me dolía la cabeza, creo. El viernes ya ni recuerdo que excusa encontré.
No podía ser de otra manera: me quedé con mis agregados -¡y mis siestas!- esperando que regrese el otoño.


María Julia
Mmm… este jeans me ajusta más de lo común. Si, si, no hay duda tengo unos kilitos de más. Ay no, esta noche si engancho algo ni loca prendo la luz; ya sé voy a poner algunas velas a la entrada. Al final me sirvieron estas velas aromáticas, pensar que mamá decía que no las iba a usar para nada.
Ah, vieja, si vieras el buen uso que les voy a dar. Mmm.… este jeans me ajusta tanto que me va a quedar marcada toda la panza. Bueno por lo menos tengo más redondas las lolas, al fin algo bueno para mis amigas que siempre están flacuchas. Ya sé, aprovecho y me pongo el corpiño con encaje que me las deja bien arriba.
Ah no, no, el lunes empiezo urgente el gimnasio. ¿Qué digo? ¡Empezar el gimnasio por unos kilos de más! En qué estoy pensando, yo que proclamo a los vientos que la mujer no debe ser un objeto, ¿verme bien para quién?
Ah, pero ahora me van a ajustar todos los pantalones; mmm y estos flotadores no quedan para nada bien. ¿Como dice Cormillot? Hacer ejercicios no es sólo para verse mejor, si no sobre todo para sentirnos bien. ¿Quién puede decir ahora que me esfuerzo sólo para que los hombres me vean como un objeto sexual?


María Albertina
Cuando vi que la piel de los brazos bailaba con ritmo propio, fue que me descubrí adulta. No tengo conflictos estéticos, me acepto fea y listo. Tampoco mi glotonería se condice con un cuerpito desgarbado que no llega a los 50 kilos. Nunca presté atención al ancho de mis piernas, ni aprendí a maquillarme. Soy un desastre usando tacos y sólo sé de moda lo indispensable para evitar el ridículo. No diría que rompo el estereotipo, he conocido muchas como yo, despeinadas hasta en las mejores ocasiones.
Jamás me propuse algo tan común en mis amigas como eso de “el lunes empiezo el gimnasio”. Esta frase, dicha por mí, sería tan absurda que, antes que risa, causaría estragos. Mamá y mis hermanas correrían a tomarme la fiebre o comenzarían a hacerme preguntas sobre el estado del agujero de ozono para certificar mi salud mental.
Tal vez algún día me toque, sufra al no entrar al jeans o deseche alguna remera porque me marca los rollos. Pero por ahora, sigo adelante sin mirar el espejo más que para chequear que la pollera no esté enganchada a los calzones.
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domingo, 20 de junio de 2010

Bafana Bafana, tiempo de Mundial


María Carolina
Primero todo se cubrió de blanco, simulando una intensa nevada.
Por un minuto hice la prueba y me imaginé llegando al sur, en plena temporada alta, a punto de tomar un par de esquís. En ese momento Vero, tras un violento e imprevisto codazo, me bajó de mi sueño de invierno.
La plaza comenzó a llenarse de gente. Salieron de todos los rincones: un amplio abanico de edades, hombres, mujeres y niños componían el paisaje. Nosotras, al borde de la afonía, pero sin que nuestras cuerdas vocales nos abandonen por completo. En el descontrol, hasta llegué a hermanarme con un par de adolescentes cantando al unísono un par de cantitos desentonados.
Habíamos estado hasta hacía diez minutos en el bar de la esquina. La población era mayoritariamente masculina, pero las tres nos habíamos plantado ahí, decididas a seguir el minuto a minuto del primer partido. “Pasión es pasión”, suspiraba Vero, luego de las miradas risueñas que provocaban sus comentarios tras una jugada de riesgo.
Después llegó la palomita consagratoria del Sonry. El mensajito a mi prima que vive en Crespo, un pueblo del interior de Entre Ríos que vio nacer al dueño del primer gol del campeonato, quien nos trasmitía toda la alegría de sus vecinos vía celular. El sufrimiento porque el segundo no llegaba. Los gritos cuando todo terminó.
Y después a la calle, nevada de tanto papelito blanco. ¡Empezó el mundial!


María Julia
¡Sí! ¡Empezó! Después de ver a todos los noticieros anunciándolo, de miles de tandas publicitarias, del aluvión de merchandising, de bombos y platillos: empezó el mundial. Y aunque no me disgusta éste en sí mismo, detesto ver a los hombres como de a poco y, no tan lentamente, van perdiendo la única capacidad que los diferencia de los animales. ¡La razón!
Aunque estos se justifican diciendo que las mujeres nunca vamos a entender la atracción que ellos siente por este deporte, porque es algo que sólo “los hombres pueden entender”; yo creo que al contrario lo que no entendemos, no es el fanatismo por el fútbol, sino la pérdida vertiginosa de todo rasgo de pensamiento. Ya lo decía Sartre: La existencia precede a la esencia, y ese es el meollo de esta cuestión; “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace” y en ese hacerse se cree el deportista del año, el mejor director técnico, y hasta se profesan patrióticos por ponerse la camiseta y ver todo el partido.
Pueden no entender nada de de este deporte, pero su “condición” de hombres le da el derecho y el conocimiento necesario para criticarnos a las mujeres y tratarnos de ignorantes. Pobre de ellos que se creen el Ser y a veces están más cerca de ser La nada.


María del Pilar
Cancelé todos mis planes y actividades hasta el 11 de Julio. Inclusive el spa, el gym y las sesiones de acupuntura. Instalé la bicicleta fija en el comedor, compré toneladas de galletitas de arroz para devorar, y durante un mes pienso dedicarme a ver fútbol.
Cualquier machista puede pensar que lo hago para evaluar el nivel de libido que despiertan los jugadores y que no entiendo nada de ese deporte que se creen tan de ellos. Pero no, lo mío con el Mundial es un romance que vivimos a pleno. Desde las 08:30 que arranca el primer partido del día, y hasta altas horas de la madrugada consumo ininterrumpidamente canales que transmiten desde Sudáfrica.
Ya conozco a todos los periodistas deportivos que están allá desde hace más de un mes, estoy informada sobre la lesión de la Brujita, aprendí de memoria el Waka Waka de Shakira y pronuncio casi a la perfección los apellidos de todos los jugadores de Nigeria, Corea y Grecia.
Cuando juega Argentina nos reunimos con las vecinas a ver el partido. Ellas comentan sobre lo linda que está Susana, o de la camiseta 2 talles menos que usa Jonás, mientras yo trato de explicarles porqué le cobraron posición adelantada a Carlitos o que Demichelis es, además de esposo de Evangelina Anderson, un gran defensor. Pero las chicas hacen oídos sordos, como si las vuvuzelas le hubiesen atrofiado el cerebro.
Igual no me importa, yo me río de sus ocurrencias y sigo ahorrando para que Brasil 2014 me encuentre disfrutándolo en vivo y en directo.


María Albertina
No entiendo a los indiferentes. Me gusta el mundial. No soy futbolera, pero eso no es impedimento. Si bien el offside sigue siendo una fórmula indescifrable, yo disfruto –también- de otras cosas: la ansiedad compartida, el grito que estremece, la agitación de ver crecer una esperanza que finalice en gol, la tarde dominguera llevado a un día de semana. El momento de plantarse ante una TV y ser colega de quien esté parado al lado. Me atrae la endorfina que corre por las calles en la previa de un partido.
Y si hay algo que por estos días acaba con mi paciencia, no son las vuvuzelas ni las voces de los que tienen “la justa” para que Argentina gane. Me chocan las frases que encasillan, al estilo “la gente se anestesia y se olvida de lo importante”.
Por mucho fútbol que mire, ningún cordobés se olvida de que le están por abrir una mina a cielo abierto en medio de las sierras. Y aunque Messi meta diez goles, ni un solo gualeguaychuense dejará de estar pendiente de la causa abierta en contra de la Asamblea Ambiental o de las escuetas propuestas lanzadas por el vecino Mujica.
El fútbol es, como el mate y el dulce de leche, uno de pocos gustos argentinos que nadie se atreve a discutir. Pobre de aquel que no sepa disfrutarlo.


María Guadalupe
Día 1: El mundial trae a la rutina un poco de sobredosis. Cosas chiquitas que -nunca mejor dicho- motivan. El grito de gol que se escapa por la ventana del vecino. La foto de Messi que pegó Tato en la puerta de la carnicería. La publicidad de TyC Sport que pone la piel de gallina. El televisor que hizo poner el cura en la librería para que los empleados no nos perdiéramos el partido. Don Oscar con su camiseta de la selección con olor a naftalina. El corito de “o oo ooo oooo oooo” cuando en la cancha se entona el himno. La certeza de que en la calle no se caen ni las hojas de los árboles cuando juega Argentina.
Día 8: Me resisto a que me pasen estas cosas. Juro que revisé el almanaque a ver si estaba en “esos días”, pero ni cerca. Es vergonzoso, ni lo digan, pero les juro que este clima de mundial empieza a sofocarme. Tanta banderita, tanto marido monotemático, tanto noticiero desde Sudáfrica, tanto marido monotemático, tanta publicidad celeste y blanca, tanto marido monotemático, me están poniendo los goles de punta. Los pelos, digo. LOS PELOS!
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domingo, 13 de junio de 2010

Agua que no haz de beber...no la dejes gotear


María Albertina
Les declaré una guerra silenciosa. De batallas libradas a base de insistencia y hastío. Pero perdí. Ganaron ellas. Las dueñas de todos los Ohhh, los mirá vos, los que importante, y los falsos asentimientos de cabeza que acompañaron mis charlas y argumentos. Al final, estas amas de casas fanáticas de la limpieza, siguieron comentando el Show de Tinelli con la vecina de al lado, mientras la manguera derrochaba agua.
Pese a mi esfuerzo denodado, las Doñas que alguna vez intenté pasar a mi credo de mundo verde, no comprenden que ese –el líquido más abundante de la Tierra- puede volverse un recurso no renovable si no se utiliza cuidadosamente, se le da tratamiento, circulación, liberación.
Al principio les hablé seriamente, con explicaciones detalladas, datos de sequías, cambios de clima, etc. Después, probé con un poco más de amarillismo: enfermedades por falta de correcta potabilización, problemas de hígado, riñones y cuanto recóndito lugar de nuestro cuerpo pudiera afectarse por falta de higiene e hidratación. Finalmente, usé golpes bajos: nietos sin posibilidad de usar una pelopincho, bisnietos sometidos al racionamiento, africanitos recorriendo kilómetros por un balde con agua de pozo.
Recibí muchos aaaah, alguna que otra lagrimita, dos ofrecimientos de dinero y hasta el reconocimiento de “mirá cuanto sabe esta nena”. Pero nunca logré que usaran baldes para limpiar la vereda, cerraran la canilla al lavar los platos, o cortaran el flujo de agua antes de comentar la televonela de la tarde.


María Julia
Tic, tic, tic, hacía la canilla que no desistía de gotear; por momentos parecía que iba a dejar de soltar las pequeñas partículas que después de media hora me están empezando a volver loca. Pero no, ellas seguían cayendo como si su único objetivo en el mundo fuera hacerme levantar después de joder por horas.
Y es que aunque no toleraba el sonido que producían, más me costaba pensar en tener que levantarme en el medio del frío de mi departamento. Parecía adrede pero el acolchado en ese momento se sentía más suave que nunca, y la cama estaba tan calentita que presagiaba toda una mañana de domingo dentro de ella.
Sin embargo no pude resistirme; mis oídos parecían más agudizados que nunca. Ni siquiera cuando trato de escuchar las conversaciones de las arpías que trabajan conmigo mis oídos funcionan tan bien como lo hacían en ese momento.
Así que pese a mi mal humor por culpa de unas diminutas gotas, me levanté en medias y musculosa y fui corriendo para cerrar del todo la canilla. Con tanta mala suerte que en el apuro por volver a la cama, tropecé con los jeans que habían quedado tirados en el piso después de una noche agitada y me fui como en caída libre a la punta de la cama. Lo que generó para mi desgracia, que en vez de volver a ella a disfrutar del domingo, terminara en la guardia de la clínica con la mano recalcada.


María Carolina
Hace dos días que escucho el continuo golpeteo. No tiene fin, y yo trato de no dedicarle atención mientras estoy en casa. Cuando mi concentración se va tras el sonido, me resulta imposible no acordarme de esos relatos que escuché sobre la tortura china. Dos días escuchando el sonido enloquecedor de la gota de agua me convencen sobre los efectos psicológicos que habrán provocado.
Desarmé la canilla el primer día: la ajusté y nada. Creo que tal vez tenga que cambiarle el cuerito, que es el conocimiento más avanzado que tengo en materia de plomería.
Imagino a mamá si supiera que la canilla pierde hace dos días y no pude resolverlo:
–Pedile a tu vecino, ese de ojos lindos que parece tan amable –me diría, refiriéndose al pesado que juega a la play hasta la madrugada. O empezaría a enumerar a alguno de los hombres que me conoció y afirmaría que es una buena excusa para retomar un vínculo. O llamaría a alguna de mis hermanas, para pedir que envíen a alguno de mis cuñados.
Un mensaje de texto y la gota que vuelve a caer interrumpen mis pensamientos. Mamá pregunta a qué hora cenamos juntas esta noche: ella siempre aparece en el momento justo. Riéndome de mí misma, le escribo: “Dame unos minutos. Arreglo con el plomero a qué hora puede venir por un trabajo y te confirmo”.


María del Pilar
La noche en que la canilla ubicada debajo de la ducha comenzó a gotear sin parar, mi mente débil y exageradamente irascible entró en estado de shock. Era un sonido que retumbaba las entrañas, que no me permitía conciliar el sueño.
Por eso decidí buscar en la guía un plomero predispuesto a salir de la cama a las 03:00 AM para solucionar el inconveniente. Mínimo, dirán algunos, pero para mí era la batucada de Río sonando en mi baño. Estaba dispuesta a pagar lo que sea a cambio de que silencien esa canilla.
Llamé sin éxito a 10 profesionales de la cañería, y cuando me resignaba a pasar una noche de paranoia, logré que un alma caritativa me confirme que en ese momento salía hacia mi casa con la artillería necesaria para combatir esas inmundas gotitas.
Esperé ansiosamente unos 15 minutos, hasta que vi llegar el utilitario blanco. Respiré aliviada, y caminé rápidamente hacia la puerta. Despeinada, en pantuflas, sin maquillaje y empapada en crema de pepinos. Un horror de mujer. Él, en cambio, vestía mi debilidad en prendas masculinas: el overol azul, y una gorrita al tono que le quedaba muy bien.
Cuando me preguntó sobre el problema, comencé a tartamudear, cual adolescente nerviosa. Fuimos hasta el baño y entre tecnicismos y miradas cómplices se abalanzó sobre mi cuerpo. Mi mente pedía resistencia, pero mi sangre exigía entrega, impulso puro, sin miedo al arrepentimiento. Una vez más la segunda valió sobre la primera, se acalló el sonido del agua cayendo constantemente y la noche dejó de ser una pesadilla.


María Guadalupe
Mi marido duerme. Ronca. Ya pasaron las doce de la noche y yo sigo a las vueltas. No sé cómo una puede tener cosas -tan triviales, tan aburridamente domésticas- que hacer a esa hora. Pero sí. Vengo del patio a las corridas porque hace frío. Traigo una pila de ropa que estuvo seca hace unas horas, pero a esta altura está húmeda por el rocío. En el apuro se me cae una media, pierdo una tanga. Aunque de esto me enteraré mañana.
La cuestión es que ahora, que ya solté la ropa sobre una silla, apagué la computadora, le dí de comer a la perra y me lavé los dientes: voy a la cama.
Me acurruco junto a mi marido. Dura poco: “Correte que tenés las patas heladas”, me dice, tan dulce él. Así que giro y quedo como un bollito. Tengo sueño pero no me puedo dormir. Va a ser la una. Y yo empiezo de repente a escuchar todo. Absolutamente todo. Hasta veo sombras imposibles en la oscuridad.
Entre ronquido y ronquido, paro las orejas. No, no puede ser. Sí, ese ruidito lo conozco. No, no puede ser. No lo tengo que escuchar. Ahora meto la cabeza bajo la almohada. Pongo la mente en blanco, tomo aire por la nariz – suelto por la boca, rezo para encontrar doscientas ovejas que contar.
No. Entre ronquido y ronquido escucho un poc-poc. Y pienso en lo niños de África. Y siento que por mi culpa se derrocharán decenas de litros. La obsesión me vuelve exagerada. Ridícula. Entonces digo 1,2,3, me destapo y corro casi en puntas de pies. En dos pasos sé que me odio por levantarme. Pero sé también que no podré dormir si no voy hasta el baño a cerrar esa bendita canilla que gotea.
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domingo, 6 de junio de 2010

H-ADN: la fórmula indescifrable


María Julia
No hay caso, aunque lo intente, aunque a veces deje de lado las preguntas, las preocupaciones y hasta mis intuiciones femeninas, hay algo que aún con mis 30 años no logro responder, y es que: ¡todavía no entiendo a los hombres!
Aunque mis inquietudes no son las que en general preocupan a las mujeres. No me molesta que se vaya de mi casa después de haber tenido relaciones: mejor para mí, por que me encanta dormir desparramada por toda la cama. No me molesta que no me llamen: al contrario detesto esos hombres que no dan respiro. No me preocupa si alguien con quien salgo no se da cuenta si me arreglé más de lo común o tengo un nuevo peinado, porque si lo hago es seguro que estoy buscando cambiarlo a él.
Pero hay algo que no entiendo de ellos y que me produce detestarlos, y es que se crean el ombligo del mundo. Creen tener las claves de todos los secretos; creen ser los mejores amantes, creen poder conquistarte con palabras bobas, que los deja aún más en ridículo; creen ser lo que no son. Y en esta pose de machos y señores se pasan la noche haciéndose los cancheros, y cuando se dan cuenta de que fracasaron en su conquista, nos echan la culpa a nosotras de habernos ido: porque, como dicen ellos, somos unas histéricas.


María Albertina
No entiendo a los hombres, renegaba mi abuela. Y lo que en realidad quería decir era que no comprendía la libido, los deseos sexuales, las caricias apuradas con objetivo definido. Las mujeres no somos así, continuaba la perorata. Y nadie se atrevía a contradecirla. A desandar sus sesenta años de viudez y abstinencia obligada, cargando en el lomo con cinco huérfanos que no tenían edad ni para cuidarse entre ellos. La Iglesia dice que es sólo para tener hijos, afirmaba alzando la voz. Y así educó a las suyas: uniendo sexo a obligación marital, y placer a que te dejen en paz de una buena vez y por cuarenta días después del parto.
Cada tanto, me topo con alguna tipa intransigente que habla de ellos como seres incomprensibles, la escucho decir no entiendo a los hombres y es sólo que no comparte el gusto por el fútbol, no disfruta de los videojuegos, o no concibe que se pueda salir con pantalón rayado y camisa a cuadros, en una burla de desinterés frente a los mandatos con que la moda nos condiciona a nosotras.
En ese momento, pienso en la abuela. Y veo la diferencia de dos vidas expresadas en cinco palabras. Un no entiendo a los hombres que habla de la lucha en soledad, la incomprensión a falta de un compañero que le mostrara la otra la cara. Y otro no entiendo a los hombres, donde lo único que hay es intolerancia, cinismo a lo diferente, obtusidad frente al otro.


María Carolina
Anoche conversé con mi amiga Vero. Diálogo obligado, hablábamos de hombres.
–Y es que cuanto más me empeño en encantar a un tipo –dice “encantar” Vero y los ojos se le encienden–, lo único que logro es que no me de bola. Me pasó con Facundo, ¿te acordás? Le caía de casualidad en los lugares donde sabía lo iba a encontrar, pasaba cerca de su casa, inventaba excusas para verlo… y nada. Me di por vencida y empecé a mirar para otro lado…–y exhala aire Vero, pensando en su novio, Leo.
Ahí recordamos cuando Facundo detectó que existía. De pronto, de la nada, como si nunca la hubiese visto en su vida, él comenzó a hacerle notar su interés. Llegaba de casualidad a los lugares en donde era sabido que encontraría a Vero, le mandaba un “hola” vía MSN cada vez que la veía conectada. La halagaba por la ropa que llevaba, por las cosas que decía, por como sonreía. Buscaba coincidencias todo el tiempo. Tanto fue así que Vero lo notó y lo encaró para saber qué sucedía.
–Y me dijo que siempre había estado enamorado de mí, pero nunca se había dado cuenta… –el celular de Vero interrumpe el diálogo, con su novio avisando que la espera.
–Cuando empezó a verme con menos frecuencia, cuando me vio con otro, se dio cuenta que yo era el amor de su vida… –y mientras abre la puerta para ir al encuentro de Leo se despide, entre risas, como si estuviese anticipándose al destino– ¿Ves que nunca voy a entender a los tipos?


María del Pilar
Mientras viven bajo el ala de sus madres se acostumbran a ser dueños y señores de todo lo que los rodea. No cuelgan el toallón al salir de la ducha, jamás levantan un plato de la mesa y ni siquiera se molestan en saber cuál es el cajón de los cubiertos. Se sientan a almorzar y son servidos con los honores propios de la realeza.
Durante la adolescencia desfilan por la casa con amigos maleducados. Se ríen fuerte, escuchan música a todo volumen, devoran cuanto alimento con harina hay en la heladera, y los viernes a la noche se toman los restos de licores guardados en el mueble del comedor.
Cuando pasan los 20, dejan de lado las amistades por niñas no tan ingenuas, a las que cambian semanalmente, haciendo alarde de esto en los entrenamientos, pubs y cualquier lugar que frecuentan. Comentan entre ellos cuántas “víctimas” han pasado por sus brazos en el último mes, y suelen guardarse prueba de ello (moños de los corpiños, por ejemplo).
Así van transitando la vida. Se casan cada vez más cerca de los 30. Los que fueron “pistolas” durante la juventud, se convierten en maridos sumisos, y los que consiguieron esposa por descarte, en ejemplo de cornudos. Algunos quedan solteros y sin despegarse del cariño materno, otros se van y vuelven porque la vida no es como a los 15.
Es rara la especie masculina, pero no teman amigas, falta mucho para que estén en peligro de extinción.


María Guadalupe
Por esas cosas ridículas de la vida cotidiana por las que me digo a mí misma: “dios te salve María”.
Porque él dice “alcanzame la sal” justo cuando el tenedor me trae el primer ñoqui a la boca. Y lo dice como si fuera así, como si estirando la mano una pudiera agarrar el salero. Claro que no: el paquete de celusal está a cinco metros, en la tercera puerta de la alacena, lado izquierdo, detrás del vinagre.
Porque dice “no está mi cinto negro”. Y la verdad es que miente. Hasta con los ojos cerrados puedo adivinar adonde está. Estoy tan segura de eso como de que si él buscara lo podría encontrar. Claro que es más fácil preguntar.
Porque dice “no te olvides de comprar el pan” como si sería responsabilidad femenina, como si a él no le quedaría tan de paso como a mí entrar a La Cholita y pedir un cuarto de flautas. Claro que no: demorarlo cinco minutos lo haría perder la presentación del noticiero.
Porque dice “¿esa pollera no es muy corta?”. Y la verdad es que casi me toca las rodillas, y que “esa pollera” ya me la he puesto mil veces, y que pregunta como quien no quiere la cosa, como quien no mira piernas ajenas. Claro que no es corta.
Por esas cosas ridículas yo no entiendo a los hombres. Mi marido dice que tampoco entiende a las mujeres cuando se queda sin sal, sin cinto y sin pan. O cuando yo me quedo con mi pollera corta.
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domingo, 30 de mayo de 2010

Amigos no perecederos


María Carolina
Nos quisimos con todo el corazón.
Vivíamos en casas lindantes y, desde la infancia, solíamos optar por juegos muy diferentes. Ella con las tacitas y todo lo que la convirtiera en una excelente anfitriona y ama de casa. Según las opciones, yo podía elegir muñecas, rompecabezas, disfraces o libros de cuentos. En la variedad está el gusto, dicen.
En la adolescencia, ella eligió al primer rubio de ojos claros que la sedujo con su pose artificial de príncipe azul, tipo película de Disney. Se llevó al más lindo del colegio. Yo, fiel a mi proceder, caía siempre en las redes de los más verseros y fabuladores, y no me decidía por ninguno. Pero siempre, ella estaba ahí, dispuesta a acompañarme y demostrándome lo distintas que éramos.
Apenas habíamos pasado el umbral de los veinte, cuando un día Daniela golpeó la puerta de casa. Escuché que preguntaba por mí. Apenas me vio largó la noticia que venía a traerme: “me caso el mes que viene”.
Ya no vivimos en casas pegadas pero la suelo cruzar. La veo venir con el changuito del súper, con los hijitos a ambos lados (rubios y carilindos como sus padres), desarreglada y sin el brillo que siempre irradió. Cuando me ve venir, ensaya su mejor sonrisa de madre de familia feliz. Y yo jamás dejo de sorprenderme ni alcanzo a comprender como pudo ser tan tonta de pensar que la vida era como jugar con las tacitas de té.


María Julia
Entré y la ví; estaba sentada en un rincón con su pantalón escocés rojo y negro; arriba tenía una remerita oscura de mangas largas y en los pies sus inconfundibles zapatillas de colores.
Con la cabeza apoyada en la pared y la mirada media perdida, daba una ojeada a los que entraban por la puerta. Aunque no aparentaba sus casi 33 años hoy, más flaca que nunca, parecía que la vida se le caía encima.
Me acerqué despacio y sólo atiné a abrazarla; no había palabra que pudiera calmar el dolor que tenía y no había forma en la que yo pudiera expresar cuanto lo sentía.
Ella, para hacerme más grato ese momento, me dijo tranquila: -Pensar que el domingo hacíamos planes para salir hoy, a conocer hombres.
Yo sólo pude sonreír y agarrarle más fuerte la mano; no me salían las palabras y el nudo que tenía en la garganta empezaba a aumentar sus dimensiones.
Quería gritar que no era justo, quería poder cargar yo con un poco de todo ese dolor, quería encontrar las palabras justas que calmaran su llanto. Pero sólo pude quedarme ahí, abrazándola y diciéndole que la quería.


María del Pilar
Pueden pasar meses sin vernos. Semanas sin contactarnos, días enteros sin saber nada uno del otro. Nuestras conversaciones en el chat son efímeras, casi frías, en las cuales yo hablo y hablo, y él solo atina a escribir si, no, ja, ups. Siempre fue monosilábico y sacarle una risa es cuestión de estado.
Cuando viene a casa de visitas pasa lo mismo. Yo le cuento vida y obra de los ex compañeros, los vecinos, los conocidos. Él me mira, a veces se sonríe, casi siempre opina distinto, pero prefiere suspirar fuerte y seguir tomando el mate, o concentrarse en el tablero de ajedrez.
Hace años que no nos abrazamos. Es más, creo que nunca lo hicimos. Es raro que nos saludemos con un beso o nos digamos cuántos nos extrañábamos.
Nuestros hijos se llevan mal. Huerto odia que Augusto escuche sus Cds cuando ella no está, y todo el tiempo le recuerda lo molesto que es. Él no le hace caso y sube el volumen al máximo.
Yo me preocupo, no quiero que se peleen, pero después entiendo que la genética es más fuerte que todo.
Cuando estoy con él, me cuestiono cómo una persona que nada tiene que ver conmigo pueda ser a la vez quien más me conozca. Soy vulnerable a su mirada, y él se da cuenta que sus ojos son capaces de convencerme para que cambie cualquiera de mis decisiones. Pero yo sé también que soy una de las mujeres que más lo ha bancado durante 30 años, que aunque se crea autosuficiente me tiene más en cuenta que a muchos, y a pesar de que nunca lo va a reconocer, yo soy su verdadera amiga del alma. Y él es, obvio, mi otro yo.


María Albertina
Alfajor mixto, nos decían. Y no nos importaba, en especial porque era cierto, una blanca, otra negra y todo el tiempo pegoteadas. Juntas, elegimos a qué secundario ir, nos aseguramos de formar parte de la misma división, y llegamos el primer día mutuamente asustadas por los nervios de la otra.
Estaba convencida de que era mi amiga del alma. El espejo en donde podría mirarme toda la vida, y esperar una respuesta sincera.
Pero algo cambió en el camino. Cinco años es demasiado cuando cada día es imprevisible. Y así fue mi adolescencia. En algún cruce de rutas, empezamos a pensar diferente, a querer diferente, a reír por cosas distintas. El cariño estaba, pero algo comenzó a faltar.
Yo me negué a creerlo, pretendí por todos los medios retomar, aceptarnos a pesar del cambio, conocerla de nuevo. Pero resulta que ella no. Nunca entendió que mis ideales fueran otros, que mis sueños habían crecido conmigo y mi objetivo ya no era sólo Bariloche, o que mi futuro no se colmaba con un marido y tres hijitos.
Cuando le avisé que me iba a estudiar, me planteó, serena: “Bueno, veo que la escuela terminó. Fue lindo. Ojalá nos volvamos a ver”.
Me dejó anclada a mitad de la vereda y se largó. Siquiera un abrazo. Mientras yo, sorprendida hasta la médula, repasaba palabra a palabra ese cierre impostado que, hasta entonces, no me atreví a pensar de forma contundente.


María Guadalupe
Cuando levanté la vista encontré sus ojos inundados de esas venitas rojas. Esas que asoman cuando uno hace mucha fuerza por tragarse la tristeza. Cerca. Estaba pálida y le temblaba la pera. Apretaba algo entre sus manos, quizá un rosario o un racimo de santos. Ni siquiera amagó a sonreírme. Sabía que semejante esfuerzo no valía la pena.
Cerca. En ese instante en que uno no piensa, ni siente otra cosa que no sea dolor, ni es capaz de registrar en la mente lo que está viviendo... en ese instante yo lo supe.
Y por eso lo recuerdo.
Ella estaba siempre cerca. Lucía mi amiga del alma.
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domingo, 23 de mayo de 2010

Historias condimentadas: mi suegra y yo

María Julia
-Ay Julia, decí que te encuentro –me dijo, y yo ya sabía que era Ana con alguno de los problemas que le genera su suegra. Y así fue, casi una hora al teléfono escuchándola quejarse de la madre de su esposo, y aunque no me molestaba, el tema me hizo recordar lo que más odiaba de las suegras que tuve a lo largo de mis relaciones.
Sin ninguna duda el primer lugar se lo lleva “la comida de mi suegra” o mejor dicho de la que en ese momento lo era.
No se porqué, pero pareciera que este tema y todo lo que tiene que ver con la cocina, les sirve a las madres como excusa para martillar con preguntas a la mujer que trae a comer su hijo. Desde las "más inocentes" como: ¿Sabés cocinar; porque mi hijo es de buen comer? Hasta esas otras que vienen acompañadas de miradas indiscretas que intentan analizarte por lo que comés y cómo lo hacés.
Así, de una relación a otra, lo que siempre me molestó son éstas mujeres y su fetiche con la cocina. No saben estas madres adorables que existe la liberación femenina; que hoy estudiamos, trabajamos, vivimos solas, y eso nos identifica, no lo bien o mal que cocinamos.
Pese a mis ganas de formar un grupo de facebook, para todas las que como yo detestamos las comidas con las suegras, el reclamo de: ¿Qué hago? de mi amiga, me hizo bajar un cambio y con la voz más dulce que pude hacer, sólo atine a decirle: Tranqui Ana, a todas nos molesta algo de las suegras; pero en el fondo siempre tiene atributos que nos hace quererlas…

María Albertina

Me bastó una sola lección para aprender que nunca más. Ahora, antes de salir, mastico cualquier cosa que haya aterrizado en mi heladera y voy con la panza llena. Así el olor a carne recién horneada no se convierte en un estímulo cercano a la tortura. Así, puedo ver sin lágrimas en los ojos como toman ese corte de lomo –crujiente al morder pero suave al tragar, en el punto justo para producir a quien fuere un ataque de canibalismo- y lo rocían con salsa del más puro chocolate.
La primer navidad que me tocó tragar el tradicional plato festivo de mi suegra, me sentí como quien come el pimiento más picante del mundo. Lloré. Tras una sonrisa a puro compromiso, mi cuerpo y mi lengua se negaron a aceptar. Unas lágrimas discretas –y saladas, siempre bien saladas- me devolvieron la cordura. No iba a ser partícipe de semejante atrocidad. O me plantaba o la próxima no aceptarían un no ante el arroz con leche.
Justo ahí, cuando mi cerebro se acercaba al momento crucial donde la decisión se vuelve una ley personal, una verdad irrevocable, ella, la cocinera, abrió los ojos ante mi plato todavía lleno y arguyó un cómo está todo querida. Y yo, caradura desde que tengo memoria, cometí entonces el error fatal: miré de reojo a mi noviecito recién estrenado y no pude decepcionarlo. Refloté lo mejor de mi hipocresía, arguyé que sí, sí, todo está re rico y sufrí hasta el último bocado.

María Carolina

Fueron cinco meses, largos e intensos, de noviazgo con Sebastián. Ya sé. Cualquiera diría que fue poco tiempo pero con Seba todo era intenso, al punto de sentir que la emoción te quitaba el oxígeno, o no era. Así de sencillo.
Lo conocí por casualidad y todo fue muy rápido. Tanto, que antes del tercer mes yo me estaba probando mi vestido de florcitas lilas para ir a comer a lo de su mamá. Una locura.
En ese momento no pensé que fuese grave: “María Carolina, parece que esta vez vas a tener suerte con los hombres”, me dije. Este pibe me estaba llevando a lo de su mamá, hacía poco que salíamos y todo venía bien. Hasta que ese domingo conocí a Elba.
Adoro la comida y no es ninguna novedad. Mi listado de cosas que no me gustan o me caen muy mal apenas debe llegar a 15. Elba era prodigiosa en la cocina: no sé cómo, pero siempre lograba reunir al menos cinco de ellas en un mismo plato. Imposible convencerla de mi sufrimiento.
Juntaba el ajo, la pimienta negra y el puré de tomate, con la cebolla de verdeo y el hígado: el resultado era mi cara lista para ser mostrada en un programa de rarezas. O armonizaba el puré de tomate con unos aritos de cebolla fritos, lo que me empujaba a mudarme al baño y volverme adicta al Sertal durante una semana.
Inevitable compararla con Yiya Murano. Hasta a Sebastián logró convencer de que lo mío era una total exageración. Y sus platos marcaron el camino hacia el fin de nuestra relación.


María del Pilar
Era un placer verla a esa señora con sus tacos aguja, sus labios pasionalmente rojos, sus collares de perlas y las pulseras a tono. Así de aggiornada los jueves a la noche amasaba una especie de pasta italiana a la que no le faltaba nada. Tomillo, albahaca, hierbas exóticas...todo en un solo y delicioso plato.
La cena de los jueves lograba aplacar el mal humor, las discusiones, los reproches. Nos sentábamos a la mesa y nos disponíamos a disfrutar.
Esa señora fue por mucho tiempo el único sostén emocional de algo que se caía a pedazos. Y en sus comidas se materializaba el amor que sentía por nosotros, sobre todo por su nieta. Disfrutaba al vernos saborear sus tartas de manzana, nos envolvía el alma con el aroma de los tomates recién cortados de la huerta y sus masitas de amoníaco eran una verdadera obra de arte.
El día que la sepultamos todos supimos en el fondo que con ella se iba la poca unión familiar que nos quedaba. Que sus recetas se llevaban algo más que los secretos de la salsa rosa.
A partir de ese momento solté la mano de su hijo, me aferré a su nieta que amamos todos y dejé de comer pastas italianas.

María Guadalupe
La culpa es mía. Por callarme la boca, por darle el gusto, por esa cosa estúpida de querer encajar siempre. No me gusta cocinar y no está mal. ¿O acaso las mujeres nacemos con un manual de cocina incorporado? Parecería natural. Y no lo es. Yo detesto la gastronomía como otras se fastidian con la filosofía.
Así que me tendría que haber importado un comino si la madre de él rehogaba las cebollas con manteca, si le ponía dos hojitas de laurel a la salsa o si pasaba dos veces por huevo las milanesas. Un comino. Pero no. Yo le decía “bueno, mi vida” y trataba de que la comida me saliera igualita a la de mi suegra.
Un esfuerzo inútil que como genial recompensa tenía un: “bastante parecidas te salieron las milanesas”. Era el colmo que él se encargara de hacer de su madre una figura molesta, porque en verdad Rosa era una buena tipa, de esas que no se meten, que no opinan.
Pero él insistía con la comida. Y hacía de la cocina un lugar insoportable donde el cordón umbilical jamás se desprendía. Que mi mamá repulga así, que las papas fritas esas las cortaste muy gruesas, que en mi casa al puré le poníamos queso rallado, que... que si no te callás te voy a partir la cacerola por la cabeza, le dije ayer. Y le solté la puteada esa que incluye a la santa que lo parió -aunque después me arrepentí.
Pero la culpa es mía: no por no saber cocinar sino porque una jamás debe permitir que la comparen con la suegra, porque de antemano esa batalla siempre está perdida. Y una se siente al horno con papas.
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domingo, 16 de mayo de 2010

La peste viene en frasco chico


María Guadalupe
Mamá me había hecho acordar a los cazafantasmas. Sólo le faltaba el mameluco, pero el recuerdo de hoy llega hasta con la musiquita de ese dibujito animado. Estaba con toda la artillería en la mano, lista para actuar.
Quizá le gustaban esas batallas difíciles. Era como una guerra personal donde se liberaba. Esa tarde de marzo fuimos al patio, porque con la luz del sol el enemigo se veía mejor. Y ella aplicó loción, un peinecito que tiraba los pelos hasta arrancar el grito y la botella de vinagre que usaba para cocinar.
Untó la mezcla sobre mi cabeza con guantes de goma color amarillo y luego me envolvió el mejunje con una bolsa de residuos. Esperamos 30 minutos, lo que fue una barbaridad de tiempo: sentía que el cuero cabelludo estaba en carne viva.
Al otro día cuando fui a la escuela con una colita atada -basta de pelo suelto- todavía emanaba un olorcito agrio que mejor ni les cuento. Y el pelo había quedado opaco, grasoso, como si llevara una semana sin lavar.
Todos se dieron cuenta y por unas cuantas semanas me dijeron piojosa.
- Me prestás el lápiz, Piojosa.
- ¿Hiciste la tarea, Piojosa?
- Hoy te lavaste el pelo, Piojosa.
A los 8 años los niños suelen ser más crueles de lo que uno se imagina. Mamá con su filosofía cristiana, me dijo que los perdone, que no sabían lo que decían. Pero excepto el detalle de que esa tarde de sol habíamos combatido 46 piojos, ellos sí sabían.
Desde entonces cada vez que se habla de estos bichos, a mí me pica la cabeza. Es más: ahora, mientras escribo, no me puedo dejar de rascar.


María Julia
No hay peor cosa que un mosquito dando vuelta por tu cabeza en plena madrugada. Justo en el momento en el que vos te disponías placidamente a descansar, ellos aparecen para hacer de tu noche algo parecido a las pesadillas con Freddy Kruger. Es que no sólo debemos soportar su zumbido molesto, sino que también tenemos que cargar al otro día con las ronchas que te dejan, tratando de succionarte un poco de sangre mientras uno pretende a duras penas conciliar el sueño.
Y eso fue lo peor que me pudo hacer uno de estos bichos molestos.
Era pleno enero y yo me preparaba para el encuentro con mis ex compañeros de la secundaria. Tenía pensado en todo lo todo lo que hiciera falta para estar esplendida esa noche. Ya había elegido el vestido rojo que mejor mostraba mis piernas; me había depilado con lujo de detalle, había comprado ropa interior de encaje y un perfume importado, había practicado varias veces el peinado (ni tan armado ni tan desprolijo, cosa que pareciera natural), ya estaba bronceada y lo único que me faltaba era descansar bien para no tener cara de cansada a la noche.
Así de entusiasmada me fui a dormir una siesta; pero para mi desgracia ésta terminó en tragedia. Y a la noche tuve que cargar de maquillaje mi cara para disimular la enorme roncha que el mal parido mosquito me dejó, en medio de la frente.


María Albertina
Son crujientes y puntuales. No pican, no huelen, no alteran el sabor. Están ahí. Caminan en el corazón del pan. Ensucian el azúcar. Y últimamente, he llegado a encontrarlas en la sal, el orégano y hasta muertas de frío en los estantes bajos de la heladera, coladas a través de la goma reseca que sella la Siam que supo ser de la nona.
Sé que llega el verano porque ellas me invaden, en hilera perfecta salen de entre los zócalos y van sin error a la alacena. Aunque me tome el trabajo -y lo he hecho- de cambiarla de lugar.
No respetan repelentes, esquivan todo tipo de polvos y se reproducen hasta en mis sueños. Por ecologista, estoy en contra de más de la mitad de los productos que se usan para eliminar estos bichos molestos, la mayoría son aerosoles que atentan con el aire limpio o veneno para plantas y pulmones, pero, tengo que admitirlo, los he probado a todos. Y lo único que obtuve fue culpa.


María Carolina
Ese verano habían tomado mi hogar. Había una gran invasión, y los malditos bichos cantores se sentían los dueños de la casa.
Teníamos un patio enorme, en el que por las noches se armaban eternas fiestas de grillos. Los benditos bichos, fieles a sus hábitos nocturnos, se la pasaban de joda. Con el amanecer, algún trasnochado quedaba allí como muestra de que la noche había estado sensacional. ¿Tendría resaca?
En la entrada a casa, limpia a más no poder, oficiaban de recepcionistas. Pasadas las siete de la tarde, el lugar se cubría de música ambiental. Todo muy lindo, si no fuera porque el sonido se volvía insoportable después de pasados 15 minutos.
Temí que comieran mi ropa, que arruinaran mis libros y mis muebles. Los odié. Y no hubo forma de echarlos. Hasta llegamos a sufrir un principio de intoxicación de tanto insecticida que utilizamos.
Y nada.
Día tras día, seguían ahí. Por la mañana barríamos cadáveres de grillos, por la noche escuchábamos el concierto aterrador. ¡Malditos grillos!


María del Pilar
Mi terapia alternativa preferida para las deprimentes tardes de domingo es lavar el auto. Me encanta usar mis jeans viejos, las zapatillas más harapientas, atarme un pañuelo en la cabeza y frotar incesantemente cada uno de los rincones de mi querido coche. Lustro las ópticas hasta dejarlas espejadas, el tapizado del asiento que reluzca y que después de tanto trabajo todo huela a limpio y encerado.
Es un gusto verlo brillar, aunque confieso que hay ciertas partes a las que prefiero ni rozar. Particularmente mi bronca es contra esos bichitos casi invisibles que se van pegando a diario en el paragolpes delantero y el parabrisas. Sumado a las mariposas enredadas en la parrilla. Porque verlas volar por el cielo azul es divino, pero cuando se pegan a tu auto, las empezás a odiar.
Y el resto del mini zoo silvestre, alimento de sapos, se complota para hacer de un lavado de auto placentero la peor de las torturas. No hay cepillo de cerda suave que pueda combatir los rastros de estos animalejos. La única receta es frotar con paciencia para que ningún alita arruine el vidrio y que los plásticos no se tiñan de negro y naranja. Además de rogar que no se nos rompa la uña por culpa de rascar sin parar para dejar todo impecable.
Son 3 horas dominicales dedicadas a combatir a esos seres que, solos no hacen notar su presencia, pero en grupo y en mi auto son verdaderamente molestos.
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domingo, 9 de mayo de 2010

Tiempos de sexo seguro


María del Pilar
La cara de espanto de mi pobre suegra cuando, en una de esas charlas inducidas obligatoriamente al tema sexual, le comenté que Miguel no era el “primer hombre” de mi vida. Fue una de las pocas veces que discutí con ella. Pasa que Gloria en ese tema era terriblemente ancestral. No admitía las relaciones antes del matrimonio, y menos aún tratándose de la futura esposa de su creación más preciada, su hijo. Cómo si él también llegara a mi cuerpo libre de culpa y cargo. Ja.
En ese momento opté por no comentarle que hacía varios años ya que tomaba anticonceptivos, que conocía todas las marcas y los secretos de estas benditas pastillas, como así también la variedad de profilácticos que se comercializaban en aquella época. Su nuera no era de las más santas, y eso era para ella un trago difícil de asimilar.
Hoy, 16 años después, sentada junto a mi hija en la sala de espera, aguardando impaciente su primera consulta ginecológica, más que nunca recuerdo cada palabra de Gloria. Entiendo sus cuestionamientos y su visión ortodoxa, pero también sé que las cosas ya no funcionan como hace 30 años atrás.
A veces antes de negarnos a ver la realidad, lo ideal es acoplarse a ella asumiendo que los chicos crecen y que un inicio sexual responsable es lo mejor que les puede pasar. Es nuestra responsabilidad como padres, aunque a veces los miedos no nos dejen ver más allá.


María Guadalupe
Escuchame una cosita: ¿vos me hablás en serio? No, yo no te puedo creer. ¿Qué debería hacer qué? Ni loca. ¿Cómo? Y bue... así te fue. Sí claro, los buscaste a todos. A los cinco. Ajá. Pero qué divino esto de la planificación familiar. Me imagino.
O sea que la idea es que me fije si parece clara de huevo, si tiene olorcito a lavandina, si se estira como chicle. Lindo se pone el flujo al momento de la fertilidad. Sí, entiendo... esos días no. Nada de sexo. ¿Le explicaste a tu hijo que funciona así suegrita? Y no, cómo se lo ibas a decir vos... ¿También? Divino: meterse un termómetro allá bajo para tomarse el calor vaginal. Qué loco, creí que era al revés. O sea que si la cosa está que arde sí se puede. Qué ironía.
Sí, las pastillas anticonceptivas envenenan el cuerpo. ¿Y los forros? Bueno... los preservativos, si sabés de qué hablamos Rosa... Ajá, me olvidaba que la Iglesia no está de acuerdo. Cierto.
Y decime Rosita: ¿el método Billings también evita las enfermedades de transmisión sexual? ¿El sida? No... Bingo que no.
¿Que yo qué? Mirá, me importa un comino ser mujer de un solo hombre. Un comino. Y en todo caso que Dios me perdone. Así que ¿sabés que voy a hacer con tus consejos suegrita? Me los voy a meter en el mismo lugar donde vos te zampas el termómetro.


María Julia
-“¡Cómo que no tenés forro!!!” Fue la última palabra que escucho de mí.
-“¿Y vos no te cuidás con pastillas?” Fue lo último que escuche de él.
Tras la exclamación y la pregunta, sólo se vio mi mano arrojándole su ropa y luego de un silencio se escuchó el ruido que hizo la puerta cuando la abrí y con mala cara lo invité a que se fuera de mi casa.
Ya estaba cansada, era la gota que rebalsaba el vaso y lo peor: ¡era la tercer vez que me pasaba!
No sé por qué; pero parecía que había algo con mis conquistas de menos de treinta. Tenían como lema: vos cuídate, así yo disfruto más. Y con esa excusa no sólo no tenían nunca un preservativo a mano; si no que mucho peor, imponían sus ideas retrógradas y machistas de que es la mujer la que debe cargar con el trabajo de utilizar los métodos anticonceptivos.
Lo más triste es que había optado por buscar en el género opuesto, a los que les faltan unos años para llegar a los 30. Me parecían que se esforzaban más por tener una actuación impecable; sin embargo sus ignorancias alimentaban su machismo.
Así fue, que terminé la noche de un sábado, que había empezado muy bien, sola en la cama: envuelta en una frazada, con una buena taza de té, unas medialunas dulces y viendo en Cinecanal por tercera vez: Orgullo y Prejuicio.


María Albertina
Uno no piensa en esas cosas. Hasta que la idea llega prendida en la viveza de algún compañerito de escuela. Cuando la pregunta se hizo presente, mamá me engañó de tal forma que a mi orgullo no le quedaron dudas. Mis hermanas y yo nacimos porque mis papás nos desearon con todo el corazón. Punto. Final de la historia.
Por lo menos hasta los 13, tal vez 14, cuando la respuesta ya no alcanzó. Ahí vino la charla sobre sexo, con todos los condimentos metafóricos que los padres conservadores usan para no pronunciar palabras como pene.
Entendí la mitad. Alguien me prestó "De donde venimos" y me salvó del mundo de figurativos donde me habían dejado.
Con el tiempo aprendí. Entonces me pregunté cómo carajo, en la época donde el anticonceptivo no era accesible y el forro no lo compraban los hombres decentes, mis padres habían hecho para decidir tener tres, y sólo tres hijas.
La duda se me quedó atragantada entre la vergüenza y el deseo de saber. Junté coraje y le pregunté a una de las primas mayores. Dijo algo de ligadura de trompas y huyó como si me salieran arañas por la boca.
Todavía hoy, no pude hablar del tema. Pero alguna vez me voy a animar. Te amo mamá, le voy a decir, y te admiro por ser valiente y optar por una medida sin vueltas atrás. No me importa si te movió el cansancio o la economía familiar. Fué. Y yo te quiero todavía más por la osadía de actuar en una época donde planificar la vida, casi casi, que era un crimen.


María Carolina
Me enloquecí buscándola. Creí que iba a perder la última gota de razón que me quedaba y que nunca, nunca –pero nunca– iba a volver a estar en un lugar tan cercano a la locura.
Levanté y coloqué en otro lugar de mi habitación la mesa de la luz. Sólo había alguna que otra pelusa. Nada más.
Debajo de mi cama tampoco había rastros. Corrí la silla que estaba junto al escritorio y nada. Desesperada, me fui a buscar el escobillón y, al mejor estilo detector de metales, repasé toda la pieza. ¡No podía creer que no apareciera!
Si, era pequeñita, fácil de esconderse… ¡pero no podía ser que no la encontrara! Tenía una pastillita de menos de 5 milímetros de diámetro ocultos en algún lugar de mi habitación que me estaba volviendo loca.
Y es que culpa de ella, de la del día 4, tuve que salir de mi casa a medianoche en busca de alguna farmacia de turno que me provea de una nueva caja. No sé si se trató de duendes, de enanos, del azar o vaya a saber qué maldición: la cuestión es que en mi intento de desprenderla del blister, la maldita pastilla anticonceptiva se largó por el aire… y desapareció. Justo a mí, una neurótica que respeta cada día, con puntualidad suiza, el horario de toma.
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domingo, 2 de mayo de 2010

Odio, divino placer


María Julia
Bueno dale, nos escribimos... suerte y nos estamos viendo –le dije y empecé a caminar, aunque mis piernas me pedían a gritos que corriera. Es que por más que lo intentara no había caso, lo seguía odiando; desde aquel día en que Esteban me lo presentó como su mejor amigo.
Era obstinado, cabeza dura, machista y no le funcionaban dos neuronas juntas, pero para mi desgracia era “el” amigo de la persona con la que en ese momento salía. Y aunque ya lo había intentado varias veces, no había boicot que los separara.
No tenía ninguna cualidad que me agradara, pero lo que más me molestaba eran esas tontas escenas de celo que le hacía a Esteban (en esa época) por pasar el fin de semana conmigo. ¡Y claro! Él estaba sólo como un hongo, quién le iba a dar bola a un pesado celoso de 27 años; por lo que yo cargaba con la cruz de aguantarme su compañía algún día de la semana.
Esa tarde cuando lo vi no podía sacarme de la cabeza la idea de que, en gran parte, la ruptura con Esteban fue su culpa. Por las discusiones que generaba entre nosotros dos y por los eternos planteos que hacía sobre mi persona, por ser como él decía: “tan liberal y liberada”.
En el momento en que se me acercó a saludarme sentí subir por mi garganta una metralleta de insultos, pero contuve los disparos y muy protocolarmente lo saludé, hablé algunas pavadas y me despedí. Deseosa de jamás volver a cruzarlo.


María Albertina
No quiero verla. Me irrita. Escucharla me avergüenza. Anita, la prima mayor, es quien, al decir de las viejas, debería ser el modelo a seguir, pero que de ejemplar, sólo tiene la a.
Por eso me ofuscó tanto percibir que mis tías y primas, incluso mis hermanas, se erigían en defensoras de turno. Y es que, cuando Ana anunció casamiento, la hipocresía se volvió plaga.
De golpe, toda la familia pareció olvidarse de que Anita ostenta 36 años de eterna adolescencia –casa de papá, plata de mamá-, y una biografía donde abunda la parranda, la pilcha inescrupulosa, decenas de novios, el continuo maltrato verbal hacia su madre, ocho despidos y un reiterado abandono escolar.
Pero no fue esa la causa de mi enojo, si alguien estaba dispuesto a cargar con Ana, suerte y hasta la vista. Lo que me indignó, fue esa frase, pronunciada sin piedad y repetida por todos. “Era hora que asiente cabeza”, inauguró tía Mechi. Y el resto, asintió.
Inocentes o no, esas palabras obraron como un cachetazo que me dio de pleno en el orgullo. Fue una burla sin filtros para el esfuerzo de todas las mujeres de la familia que a los 18 terminamos el secundario, empezamos a trabajar y estudiar, ahorramos, tenemos novios formales, proyectos, e incluso, qué locura, ideas propias.
Yo sé que si abro la boca, van a tildar mis palabras de envidia, en dos minutos seré la celosa, y en diez, una desagradecida que no está dispuesta a compartir la felicidad de su prima mayor. Pero juro que esta vez, tía Mechi logró reavivar mi odio visceral hacia el halo protector con que la familia mistifica a Anita.


María Carolina
Y no. No es un sentimiento grato el sentir que odiás a alguien. O al menos a mí no me hace sentir bien. Pero como no se puede obligar a nadie a sentir… a mí me tocó odiarla.
Todos en mi familia la adoran. Siempre bien vestida, casual pero con cierto toque que la distingue; haciendo gala del dinero que tiene y malgasta. Destacando la familia maravillosa, unida y cómplice, el marido comprensivo y seductor, lo inteligente que son sus hijos. Siempre compartiendo con el mundo su vida sacada de una película (mala) de Disney.
La odio. Y el odio me invade cada vez que la veo o la nombran. Cada vez que la cuñada de mi hermana mayor planea venir a casa, siento que huiría a la isla más remota con tal de no escucharla pavonear sobre sus proezas semanales.
Su absurda hipocresía me abruma. La imagino pensando los relatos de los que va a hacer gala apenas entre en casa. Detesto que nos mire como si estuviera sentada en una nube y esa necesidad de demostrar que sus niños siempre almuerzan provistos de una gaseosa, como si eso fuese sinónimo de buen vivir. Me repugna el alarde que hace por la ropa recién comprada: como si no conociera que su marido comprensivo la lleva de compras para lavar su conciencia, sucia de tanto amorío casual. Y la odio, por intentar venderme su vida en envase de película, de esas por las cuales apagaría el televisor.


María del Pilar
Pasaron 11 años pero yo todavía lo recuerdo como si fuera hoy...
Diciembre de 1999. Huerto cursaba sus últimos días en Salita de 5, con todo lo que eso implica. La familia completa se venía preparando para verla subir al escenario, recibir su diploma, ese que la habilitaba a usar guardapolvo blanco.
Hacía un mes que la Seño Patri no encontraba el cuaderno de comunicaciones de Huerto por ningún lado.
-No te hagás drama, Pili -me dijo la yegua. Mirá si vas a comprar uno por un mes que queda de clases. En todo caso, si hay que notificar algo, te mando el papelito en el bolsillo del delantal.
Y así fue pasando el mes.
Una mañana, Huerto se despertó sobresaltada, recordando que ese día había un acto en el jardín “a las ocho y media”. Preocupada, llamé y la portera me refregó, como si fuera una criminal, que ese acto, el de finalización del ciclo lectivo, “había sido” a las 08:30 horas. El egreso de Salita de 5, al que mi hija nunca fue. Al que nunca me avisaron que debíamos asistir.
El tiempo que transcurrió entre que colgué el tubo y aparecí despeinada en plena reunión de docentes, fue mínimo. Nunca voy a olvidar la lista de insultos que se escaparon de mi boca ante las miradas de espanto de todas las maestras.
Yo no entendía cómo esa mina nos arruinó lo que estuvimos esperando 3 años. Por eso lloré, la maldije y volví a casa con una sensación horrenda. La de odio. La que todavía conservo cada vez que me acuerdo de la Seño Patri.

 
María Guadalupe
A la noche cuando la luz se apaga y ya escupí el padrenuestro como si fuera un chicle que pierde gusto y se vuelve duro, rezo. Suplico. Le pido por favor a la virgencita de Guadalupe que haga honor a que la llevo en mi nombre y que se cumpla. Que se cumpla-que se cumpla.
No lo hago por ella, lo hago por mí. Es que tengo una tía budista-reikista-pacifista que dice que todo te vuelve duplicado. La ecuación es simple: si uno le desea el mal al otro, le termina pasando a uno algo mucho peor.
Sí: lo mío es estrategia pura, y no me voy a golpear el pecho para cantar por mi culpa. Después de todo mi gesto termina siendo noble porque a la única persona que me hizo conocer lo que es el odio se la encomiendo a los ángeles y arcángeles todas las noches.
Es un poder de concentración total, un acto zen, casí místico, pasar de escupir fuego por la boca cuando me la cruzo en el súper o en la cola del banco a desearle lo mejor para su futuro, con paz, amor y toda esa cursilería que suena encantadora.
Así que a ésa, a la que ya ni siquiera nombro y a la que de tanto esfuerzo intelectual finjo perdonar, a ésa... le deseo buena vibra y que se gane el Quini si dios manda. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.
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domingo, 25 de abril de 2010

Un padrenuestro y a dormir. Amén


María Guadalupe
Padre nuestro, que estás en el cielo...me olvidé de pagar el teléfono... santificado sea tu Nombre... y maldito este conjuntito de ropa interior, ay mirá que gastado está este encaje, cómo no me había dado cuenta...venga a nosotros tu reino... mejor apago el velador y juro que mañana tiro este corpiño... hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo... menos en la cama donde hago lo que se me canta.
Danos hoy nuestro pan de cada día... pobre Alicia ella sola en su casa, abandonada, despechada, cornuda y yo tan cerquita de mi marido y este calzón estirado, pobre él conmigo...perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.... sí, tengo que perdonar, tengo que perdonar, tengo que perdonar o en cualquier momento voy a tirarle la primera piedra a esa desgraciada que hoy me trató de hereje.
No nos dejes caer en la tentación... el aborto legal salva vidas y esta estúpida pretende que en las villas las mujeres se cuiden con el método Billings... y líbranos del mal... de la gente ignorante y de estos calzones por favor.
Amén.
- ¿Qué?
- Nada mi amor, dije amén en voz alta, estaba rezando el padrenuestro de todas las noches.
- ¿Todo este rato para el padrenuestro? Creí que ibas por el Misterio. A ver... ¿qué eso? ¿Porqué no tirás al diablo ese corpiño?

 
María Julia
Padre nuestro que estás en lo cielos…. Mmmm… ¿Cómo seguía? No hay caso, el ser hija de ateos es como una condición que me marca y borra toda huella que haya intentado dejar la religión. Hasta esa, que mi tío con tanto ahínco intentaba dejar todas las noches de verano que pasaba en su casa.
“Padre nuestro que estás en el cielo” decía arrodillado al lado de la cama, que por unos días pasaba a ser mía, y junto con mis primas repetíamos como si fuera la tabla del 8. Después venía el ángel de la guarda y otras oraciones más que pasaron por mí, sin dejar ningún rastro.
-Ahora si van a dormir bien, porque las cuida Dios y el Ángel de la guarda -nos remachaba como antídoto para las posibles pesadillas. Yo me sentía un poco más aliviada; pero en el fondo sospechaba que nada tenía que ver Dios con los sueños que me provocaban las películas, que para mis 10 años eran de terror.
Pasaron los años, y el padre nuestro antes de ir a dormir, paso a ser una anécdota graciosa que recordamos con mis primas en las navidades. Y hoy con casi 30 años en la única ocasión en la que intento recordar cómo sigue la oración, es cuando entro a la iglesia porque mis amigas empiezan a casarse.
“Padre nuestro que estás en el cielo”… Mmm… Justo adelante me vine a poner. ¡Se va a ver en el video de bodas que no me sé la oración!


María Albertina
A pura fuerza de voluntad, llegaba a entredormirme. Pero era tal el miedo que, al final, cedía. Y rezaba. Un padre nuestro, tres avemarías. Lo indispensable para el lavado de conciencia antes de caer en el sueño profundo.
No me dieron chance en ningún sacramento. Me criaron bajo estrictas normas cristianas. Todavía conservo la imagen de San Bautista que me hicieron pintar en jardín. También el rosario de pétalos de rosas -por "el compromiso asumido con el Grupo Ecológico de la Institución"- que me dieron en 5º año.
Así que no es tan difícil entender porqué me costó renunciar. Fue una batalla campal entre mi corazón y mi educación. Ángel y diablito, todo el tiempo, sobre mis hombros.
Al final, la decisión estaba tomada, pero igual, cuando tenía que cumplir en las misas obligatorias de la Escuela, tiritaba, sumida por el miedo a lo esotérico, a lo inexplicable, por la sensación de desamparo que me generaba recitar, al impulso de mi mano sobre el pecho, "Confieso ante Dios todopoderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa".
¿Era yo, otra María Magdalena? No por puta, claro. Sino por mi enfermiza necesidad de dudar, de corroborar el dato, de creer en la ciencia. Nadie nunca me había explicado, hasta ahí, que la base de la filosofía y el conocimiento era la pregunta. Y yo, me horrorizaba de todas las que era capaz de crear mi cabeza adolescente.
Por eso, al momento de acostarme, eligiendo mis ideas, me obligaba a dormir sin rezar. Pero al final, era tal el miedo y estaba tan arraigado el hábito, que me escuchaba recitar, un padre nuestro, tres avemarías. Apenas lo indispensable para asegurarme un lugar en el cielo.

 
María Carolina
María Cecilia siempre fue una devota creyente. Todas las noches, antes de dormir, nos obligaba sutilmente a rezar el padrenuestro. Cada una de las tres se ponía de rodillas junto a la cama (al mejor estilo “escena de estampita”) y, desde allí, ella coordinaba el inicio de la oración. Debo decir que las dos menores nos volvimos bastante reacias al tema cuando fuimos creciendo, pero Mariaceci nunca abandonó su fe.
Recuerdo una noche en la etapa previa a mi adolescencia. Habré tenido unos 11 años, mi hermana mayor intentaba poner orden en la habitación y las menores nos resistíamos a dejar de pelear con las almohadas. En un abrupto rapto de nerviosismo por lograr el mando del grupo, Mariaceci empezó a hilvanar las primeras palabras de su oración nocturna. En el medio de almohadas que volaban pude escuchar lo que su inspiración y su enojo le dictaron: “hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo… y que ninguna de las dos consiga novio si no me hacen caso ahora mismo”.
Su frase fue suficiente para que mi hermana del medio abandonase al instante la batalla que manteníamos. Yo, entre estupefacta y apenas entendiendo el alcance de sus palabras, sólo la miré boquiabierta.
Algunas décadas después me pregunto si su fe tuvo algo que ver con mi vida amorosa


María del Pilar
Nuestro padre. Padre nuestro. Tu padre mejor dicho. Este mes aún no depositó el dinero para nuestra subsistencia.
Bendito sea el día 10, cuando ya dispongamos de la miseria de cuota que nos corresponde. Nos merecemos más, ya lo sé. Pero por el momento, tendremos que conformarnos con esto.
Gracias al cielo tenemos un lindo plástico dorado que nunca nos defrauda. Aleluya por eso y por las cuentas corrientes sin fin. Gracias también al coiffeur que nos hace dos cortes al precio de uno, y a la manicure que no nos cobra el limado de las uñas de los pies.
Debemos pedir perdón por los días en que no nos maquillamos. Y confesar con hondo pesar que a veces usamos pantuflas. Pero son detalles, hija mía. El mundo entiende que no se puede vivir sobre taco aguja todo el día.
Hosanna a los perfumes importados y a todo aquello que contenga seda inglesa en su textura.
Aleluya por el whisky escocés y los bocaditos de salmón. Que nunca falten en nuestra mesa. Y que nuestro paladar no nos permita probar alimentos excesivamente calóricos, sería un pecado capital.
Ahora, que nos sacamos las cremas y ya tenemos colocado el antifaz, podemos descansar en paz. Mañana será otro día. Mañana ya es 10.
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